¿Y si el Brexit no fuera una tan mala idea?

Es evidente que la eventual salida del Reino Unido (RU) de la Unión Europea (UE) sería una noticia objetivamente negativa, aunque- por paradójico que pueda parecer de entrada- no cabría descartar  un inesperado efecto acelerador positivo para la integración del resto. El trauma que supondría el primer abandono de un Estado miembro de la UE- un escenario que siempre ha parecido imposible- obligaría en efecto a intensificar el proceso de construcción supranacional europea. Por tanto, un escenario indeseable (el Brexit, contracción de Britain + exit) podría tener una conclusión favorable para la federalización europea.

En todo caso, procede sopesar teóricamente los pros y los contras del Brexit. A corto plazo, los efectos serían negativos para todos: 1) el RU no haría ningún negocio (en contra de lo que creen los euroescépticos) y es probable que muy pronto la mayoría de los ciudadanos constatara el error cometido. Además, el Brexit tendría un muy negativo efecto político interior para los unionistas: aceleraría la demanda de un segundo referéndum de autodeterminación en Escocia que, en esta ocasión, muy probablemente daría la victoria a los independentistas (en Escocia el sentimiento europeísta es mayoritario). En otras palabras, el nacionalismo británico antieuropeo de algunos unionistas pondría paradójicamente en grave peligro al propio RU; 2) la UE perdería a uno de sus tres Estados más relevantes: la segunda economía (el país es contribuyente neto), cerca de sesenta millones de ciudadanos europeos, un Ejército muy sólido y con poder nuclear (caso único junto con Francia), puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y  vínculo europeo clave con los Estados Unidos de América por su famosa (y un tanto mitificada)”relación especial” con la superpotencia. El Brexit crearía además un grave precedente ya que una de las fortalezas de la UE es que, pese a todos sus inconvenientes, ningún Estado desea abandonarla. Por tanto, tal desenlace mostraría una fisura que debilitaría a la UE dentro y fuera y aunque no sería el principio de su disolución, objetivamente no la favorecería.

Ahora bien, si el RU consiguiera sortear  (y no sería nada fácil) las muy graves dificultades económicas que le supondría el Brexit, esto sí que podría amenazar a la UE puesto que un desenlace así tal vez podría animar a otros Estados miembros a imitar tal opción. Con todo, esto es muy improbable porque prácticamente no hay Estados (salvo Alemania y Francia) que tengan la fuerza económica del RU para afrontar mal que bien la globalización en solitario. Por tanto, el Brexit más bien podría acabar beneficiando en parte a la UE ya que, hasta ahora, el RU es una de las tres grandes potencias europeas y la única que obstaculiza de modo frontal y permanente la posible perspectiva de la federalización política, de ahí que su salida podría hacer posible tal desenlace. En efecto, el RU es, en este sentido, el principal problema: pese a no estar ni en el euro ni en el sistema Schengen y tener muchas cláusulas de opting-out en cuestiones sociales, es el adalid del antifederalismo. Es decir, pese a su status privilegiado lleno de exenciones muestra no ya escasa solidaridad paneuropea, sino nulo espíritu europeo constructivo.

Aunque tras el acuerdo alcanzado y pese a la incógnita que todo referéndum siempre suscita , el Brexit es un escenario improbable, pero si finalmente ocurriera, los países del área euro en particular deberían dar paso de inmediato a un auténtico gobierno económico europeo con plena armonización fiscal. Esto sólo podría ser aceptado por los ciudadanos con más democracia- justo lo que ahora no está ocurriendo- y, por tanto, habría que convertir al Parlamento Europeo (o crear una Asamblea específica para los países del euro) en un auténtico parlamento equiparable en todo a los de los Estados nacionales.

Es evidente que los europeos necesitamos al RU, pero no a cualquier precio, de ahí que haber cedido ante el chantaje de Cameron  tenga un peaje negativo. La UE ha cedido vulnerando sus Tratados para evitar un mal mayor (el Brexit precisamente), pero ello ha creado un pésimo precedente: si hay que hacer favores irregulares a todo gobierno que tenga problemas internos con sus euroescépticos y se vea desafiado por los eurófobos (de UKIP en el caso británico) se abre la veda a que cualquier otro recurra a la misma estrategia de presión por estrechos intereses de egoísmo nacional.

Las cuatro demandas de Cameron (que han sido asumidas por la UE, con algunos matices) son inaceptables en sí mismas: 1) autoexcluirse de la famosa cláusula de ir hacia “una unión cada vez más estrecha” puede no tener más que efectos simbólicos, pero revela una desestabilizadora desconfianza en el proyecto europeo, 2) reforzar los Parlamentos nacionales para vetar proyectos europeos que obligaría a la Comisión a enmendarlos, pese a las difíciles mayorías cualificadas requerida (55%), implica deslegitimar en parte al Parlamento Europeo, 3) blindar la City frente al área euro y exigir que la eventual mayor integración de la misma requiera de una especie de visto bueno de Londres (puede solicitar una nueva discusión en el Consejo) carece de sentido porque el RU no forma parte de la misma y 4) el gran problema ha sido ceder  en la cuestión de las prestaciones temporales a trabajadores europeos con menos de cuatro años de residencia en el RU ( cuyo número actual de beneficiarios, por cierto, es muy bajo: apenas llega a las 90.000 personas).

La cesión de la UE en esta última cláusula (la más importante para Cameron) es un grave retroceso ya que “deconstruye” logros anteriores. Con este cambio queda tocado el principio de igualdad de los ciudadanos europeos ya que ahora se podrán limitar tales prestaciones en función de la nacionalidad. Un factor discriminatorio que vulnera frontalmente los Tratados  (art. 45 del Tratado de Funcionamiento de la UE y art. 21.2 de la Carta de Derechos Fundamentales) sin que se haya seguido el procedimiento de reforma de los mismos. Se trata de una típica componenda comunitaria que desvirtúa no sólo el espíritu de los Tratados, sino algo aún más grave, su letra (a la espera de lo que, en su momento, tengan que decir el Parlamento Europeo y, sobre todo, el Tribunal de Justicia de Luxemburgo, del que cabe esperar que acabe con la aberración jurídica cometida a partir de algún caso concreto).

En conclusión, si la UE ya es asimétrica y “a la carta” (incluso en el caso de países del euro, como Irlanda), con estas inauditas concesiones al RU este país va a gozar de una posición privilegiada única y, por cierto, “excéntrica”. La UE ha ido mucho más lejos que nunca en profundizar la asimetría y no parece que éste sea un modo ni muy equitativo ni siquiera muy funcional de “construir Europa” y pertenecer a un proyecto común.

Autoría

1 Comentario

  1. Luis Moreno
    Luis Moreno 02-23-2016

    Lúcido análisis que pone el contrapunto al ‘miedo’ por el Brexit. Quizá para federalizar Europa habría que pensar en nuevas políticas (programas) que lo llevasen a cabo ijcrementalmente. Inmigración y políticas sociales son ámbitos de ‘largo recorrido’…

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