Washington no quiere una Europa unida en su acción exterior

A estas alturas de la Administración Trump, semejante afirmación corre el riesgo de resultar intrascendente por obvia. Pero lo es menos si se le confiere un carácter atemporal: ninguna Administración norteamericana va a favorecer el proyecto de construcción política de la Unión Europea, y menos de su acción exterior y de defensa. De hecho, Estados Unidos no solo mostrará falta de entusiasmo al respecto, sino que hará todo lo posible para evitarlo, sea quien sea el ocupante de la Casa Blanca.

En Ciencia Política es muy arriesgado lanzar predicciones como la que acabo de proponer. Para aplicar el método científico precisamos de material empírico, y el futuro no nos lo proporciona hasta que se convierte en presente. Una alternativa con rigor es recurrir a teorías que, tras ser validadas repetidamente, ofrecen cierto grado de confianza predictiva.

Por ello, para respaldar mi argumento utilizaré la teoría realista ofensiva, elaborada por John J. Mearsheimer, Distinguished Professor de Ciencia Política en la Universidad de Chicago. De manera muy resumida, dicha teoría explica el comportamiento internacional de las grandes potencias basándose en los siguientes principios:

  • En un mundo carente de autoridad centralizada, los estados deben ser capaces de valerse por sí mismos en último término a la hora de garantizar sus intereses vitales.
  • La competencia por acumular más poder en comparación con otras potencias (poder relativo) lleva a que en ocasiones, excepcionales, surjan estados hegemónicos a escala regional.
  • Cuando esto ocurre, dicha potencia intentará evitar que en otras regiones del planeta aparezcan nuevas potencias hegemónicas. Y ello por tres razones: 1) porque se convertirían en pares globales; 2) porque dificultarían la intromisión de la primera en los asuntos de aquella región; y 3) porque esas otras grandes potencias podrían inmiscuirse en los asuntos de la propia esfera de influencia, del patio trasero.

Según Mearsheimer, estos principios explican las grandes líneas de la acción exterior norteamericana a lo largo de su Historia. Una vez conseguida la independencia, Estados Unidos intentó expandirse de manera fallida en Canadá contra los británicos, y de modo exitoso en el oeste frente a los nativos y en el sureste a costa de México. Más tarde, afianzó su poder a escala regional expulsando a las potencias europeas (doctrina Monroe), culminando con la victoria sobre España en 1898. Posteriormente, y alcanzada la primacía en el continente americano, la política exterior norteamericana venció su tradicional aislacionismo a fin de impedir que otras potencias se convirtieran en hegemónicas en otros lugares del mundo: la Alemania imperial en Europa a finales de la Primera Guerra Mundial; el Japón imperial en Asia Pacífico y la Alemania nazi en la Segunda; la URSS en Europa, Oriente Medio y Asia, y China en el Sudeste Asiático durante la Guerra Fría.

La interacción de esos tres principios también explica la creciente rivalidad entre Estados Unidos, Rusia y China a día de hoy. Tanto Moscú como Pekín tratan de afianzar su poder en su vecindario más próximo, mientras que Washington apoya a su vez coaliciones regionales de contrapeso (offshore balancing), respaldando a los países vecinos que temen tales aspiraciones: Europa central y países bálticos frente a Rusia; y Japón, Corea del Sur e India –más otros aliados menores como Filipinas, Singapur o Vietnam– frente a China.

Ciertamente, hay diferencias de estilo entre unas administraciones norteamericanas y otras, reflejadas por ejemplo en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, que emplea 25 veces el término competition en comparación con las cuatro ocasiones de la Estrategia de la Administración anterior. Pero más allá de lo retórico, lo cierto es que el ‘Pivot to Asia’ (de la Administración Obama) y la invitación a Ucrania y Georgia para sumarse a la OTAN en la Cumbre de Bucarest de 2008 (Administración George W. Bush) se insertan plenamente en ese deseo de evitar la aparición de otras potencias regionales hegemónicas.

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En los últimos años, Mearsheimer ha dedicado numerosos escritos y conferencias para explicar por qué el ascenso económico de China –en caso de continuar– no será pacífico. O dicho de otro modo: por qué tal incremento de poder relativo generará una intensa competición de seguridad entre Pekín y Washington. Según Mearsheimer, China intentará aplicar paulatinamente su propia doctrina Monroe a Asia Pacífico –como hicieron los norteamericanos en América Central y el Caribe– y Estados Unidos se opondrá con vehemencia a ser desplazado de la región. De hecho, todo esto no son meros futuribles. Las desmesuradas reclamaciones de Pekín sobre su zona económica exclusiva en las aguas del Mar Oriental y del Sur de China, la construcción de islotes artificiales y la presencia intimidatoria de buques de la US Navy como respuesta en esos espacios de disputa, reflejan a las claras el incremento de esta rivalidad.

Aunque Mearsheimer no suele dedicar atención al proceso de construcción de la Unión Europea, su teoría permite interpretar la actitud norteamericana al respecto; como decimos, no la política exterior de una Presidencia u otra, sino la corriente de fondo, los impulsos estructurales que orientan la gran estrategia de Estados Unidos.

Desde la perspectiva del realismo ofensivo, una Unión Europea con elevado nivel de integración política en su acción exterior, con una estrategia global clara y verdadera voluntad de implementarla, y con un auténtico ejército europeo, representaría un competidor geopolítico de primer orden. Además, reduciría la capacidad de Washington para influir sobre los gobiernos europeos uno a uno, daría mayor margen de maniobra a Bruselas en su relación con ciertos rivales de Estados Unidos –como, por ejemplo, China o Irán–, y fortalecería la influencia política y económica de Europa en América Latina cuando los lazos de Rusia y, en particular, los de Pekín con algunos países del patio trasero es ya suficiente motivo de preocupación para los estrategas norteamericanos.

Estados Unidos desea una Europa próspera y estable, un mercado abierto a sus empresas y productos, una Europa con suficiente poder militar para que sirva de contrapeso a Rusia y a acompañe a Washington en sus coalition of the willing; pero no quiere una Unión Europea con política exterior concertada y, sobre todo, con capacidad efectiva para competir y defender sus intereses a escala global al margen de Estados Unidos.

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