¿Vox llena Vistalegre con perdedores económicos o culturales?

El pasado fin de semana nos trajo otras dos confirmaciones del avance de la extrema derecha. En el plano internacional, Bolsonaro ganó la primera vuelta de las elecciones brasileñas con un 46% de los votos; en el doméstico, Vox reunió a más de 9.000 personas en el Palacio Vistalegre de Madrid, con propuestas como la deportación de los inmigrantes que vienen a España “para recibir prebendas” y gritos de “Puigdemont a prisión”. ¿Por qué los partidos de ultraderecha están ganando músculo electoral en Europa, Estados Unidos y América del Sur? ¿Qué es lo que explica su auge reciente? Voy a dar un pequeño rodeo teórico, pero os prometo que nos servirá para, en la última parte del post, arrojar algo de luz sobre el fenómeno de Vox.

Las explicaciones que encontramos en la mayoría de los artículos académicos y de prensa han tendido a ofrecer dos relatos más bien excluyentes entre sí: el económico de “los perdedores de la globalización” y el cultural de “la revuelta del nativismo”. De acuerdo con el primero, la globalización ha provocado el declive de regiones enteras de los países ricos, porque los barcos gaseros ya no se construyen en los astilleros de La Naval de Sestao sino en Corea, y los iPhone no se ensamblan en Estados Unidos sino en las fábricas de Foxconn en China. Ante la falta de expectativas laborales, los perdedores de la globalización han vaciado el centro político atraídos por los cantos chamánicos de izquierda que ofrecen más pensiones a los mayores y un empleo garantizado a los jóvenes, o los de derecha, que proponen devolver la grandeza a sus países con las pócimas de las guerras comerciales y el retorno de los empleos manufactureros a casa.

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Pero como dice Milanovic, la globalización, por definición, conduce además a cierto desarraigo. Lo hace porque es lo opuesto al cierre de fronteras y la preservación de las esencias culturales. La globalización implica movilidad laboral y geográfica, aprender nuevas habilidades y acostumbrarse a nuevas modas y formas de pensar. Debilita, así, los lazos identitarios que habían mantenido unida a la población y crea sentimientos de amenaza y ansiedad.

En ‘The Authoritarian Dynamic’, Karen Stenner sugiere que, aunque es verdad que algunos sujetos presentan una “predisposición” hacia actitudes intolerantes, éstas requieren de algún estímulo exógeno que las transforme en actos. Un motivo que suele accionar ese ‘botón de la intolerancia’ es que los individuos sientan que el grupo al que pertenecen está amenazado. Un artículo de Psychological Science encontró que el mero hecho de informar a individuos estadounidenses de raza blanca de que en breve van a ser una minoría incrementa su propensión a favorecer a su propio grupo y a desconfiar de los que no pertenecen a él.

En efecto, lo que estamos viendo es que en muchos países ricos se ha extendido una especie de etno-nacionalismo ‘soft’ o descafeinado entre algunos votantes. Para que quede claro: muchos de ellos no sueñan con una España, una Italia o una Alemania (exclusivamente) blancas. Es probable incluso que muchos de ellos se opongan al racismo y toleren sin demasiados problemas la imagen de una España o una Italia diversas. Pero, al mismo tiempo, son nostálgicos de un tiempo en el que las minorías no eran tan numerosas, no tenían tanta voz y, sobre todo, no tenían tantas demandas. Ante la imposibilidad de continuar definiendo la médula identitaria de sus naciones, los perdedores del cosmopolitismo han vaciado el centro político atraídos por los cantos xenófobos del nativismo político.

Incluso si aceptamos que, en la realidad, las fronteras de las causas económicas y culturales son más bien difusas y es de todo menos infrecuente encontrar perdedores que lo son en los dos ámbitos, el problema de esa forma de analizar el auge de los extremismos políticos es que deja sin aclarar las relaciones entre las razones de tipo económico y las de carácter cultural. Así pues, ¿qué hay, si es que hay algo, que tengan en común las demandas de los perdedores económicos y culturales?

En un libro publicado en 2003 titulado ‘Redistribution or Recognition’?, Nancy Fraser y Axel Honneth sostienen un intercambio polémico que, sin embargo, parte de la comprensión compartida de que la justicia es bi-dimensional. Por una parte están las demandas de redistribución, que aspiran a una distribución más equitativa de recursos tales como los ingresos y la riqueza. Las injusticias que dan lugar a estas reclamaciones tienen su origen en la estructura económica de la sociedad –situaciones como la privación material o la explotación laboral–, mientras que los remedios que se proponen suelen consistir en una redistribución de recursos económicos para reparar ex post esas injusticias. La justicia como redistribución tiene como objetivo eliminar las diferencias.

Por la otra parte están las demandas de reconocimiento, que aspiran a una sociedad más tolerante con la diferencia, donde la asimilación a las normas culturales mayoritarias no sea ya nunca más el precio a pagar por ser tratado con igual dignidad y respeto. Las injusticias que dan lugar a reclamaciones de reconocimiento tienen su origen en patrones de representación, comunicación e interpretación social, mientras que los remedios que se proponen suelen consistir en la revalorización de las identidades de los grupos preteridos. En efecto, la justicia como reconocimiento afirma con frecuencia no sólo que las diferencias no han de ser eliminadas, sino que incluso han de celebrarse.

‘Muy bien, Borja, estupendo esto que nos cuentas, ¿pero qué tiene que ver con Vox?’

A las pocas horas del acto de Vox en Vistalegre, en Twitter ya había quien de forma más o menos elíptica se adhería a la explicación de los perdedores económicos: el electorado de Vox está compuesto por “gente de barrio” y la receta para combatir sus propuestas desde la izquierda no es, precisamente, más marxismo cultural y más política de la identidad. Hay quien piensa que si una explicación funciona bien para explicar el voto a Trump en Flint, Michigan, ¿por qué no iba a funcionar para el crecimiento de la extrema derecha en España?

En realidad –os va a pillar por sorpresa esto que os digo, lo sé–, las cosas son un poco más complicadas. Puede que lo que subyace al auge de Vox en España no sea un malestar con las consecuencias económicas de la globalización, sino que una parte del electorado se ha sentido amenazada culturalmente y esa amenaza ha activado el botón de las demandas de defensa de nuestro grupo. Pero entonces, ¿qué ha llevado al 1% de los españoles a sentirse amenazados en el plano identitario? Mis cinco centavos van para la inmigración y el ‘procés’ catalán. Lo primero seguramente no requiere mucha explicación, pero lo segundo sí.

En los comienzos de la escalada procesista, algunos os acordaréis, todo eran balanzas fiscales. De las balanzas pasamos a las previsiones de cuántos puntos del PIB le costaría a España y cuántos a Cataluña una eventual separación. Algunos escenarios eran bastante dramáticos para la economía catalana, pero el independentismo parecía inmune a ello, de forma que se extendió la opinión de que el independentismo apelaba a razones del corazón que la razón no entiende. Que era una cosa más bien emocional o sentimental, vaya.

Una forma alternativa de explicarlo, elaborando sobre todo lo que acaba de decirse, es que una parte de la sociedad catalana, quizá, no se sentía lo suficientemente reconocida por parte del Gobierno central porque su voz no era escuchada, no contaba. El problema es que una parte de las sociedades catalana y española no se sienten reconocidas hoy por parte del Gobierno autonómico catalán porque su voz no es escuchada, no cuenta. Y es que, como dice Amy Chua en su ‘Political Tribalism’, cuando todos los grupos se sienten atacados y sienten que les ha sido hurtada la posibilidad de definir el núcleo identitario de su nación, la democracia deviene en una competición inter-grupal de suma cero.

La cuestión de si hay que dar voz a la gente de Vox que dice no tener voz es ya materia para otro post.

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