Uso y abuso de las encuestas en los medios

De un tiempo a esta parte es objeto de comentario el papel que desempeñan las encuestas en los medios de comunicación, su presentación y las repercusiones que tienen en el electorado. A raíz del sorprendente resultado del Brexit, y al calor del más sorprendente de las presidenciales americanas, ha cundido la preocupación acerca del uso (y del supuesto abuso) que hacen los medios de los resultados de estudios demoscópicos. Así, la Cámara de los Lores británica ha creado una comisión de estudio sobre el asunto (podéis consultar las conclusiones aquí), y algunos medios escritos se están replanteando el tratamiento que deben dar a este asunto.

¿A qué viene todo este debate? Por un lado, los errores cometidos por las encuestas en varias competiciones electorales celebradas recientemente (las más destacadas, el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea y las presidenciales ganadas por Trump en Estados Unidos, aunque podrían añadirse unas cuantas más). Lo que más preocupa no es tanto el no acertar en las previsiones, sino su posible efecto sobre los votantes. Y aquí viene el segundo aspecto: el poder de las encuestas que se publican en los medios, su capacidad no tanto de determinar el voto, sino de dirigirlo.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

Hay una contradicción aparente en estos dos elementos. Por un lado, se asume que las encuestas mienten o que se equivocan, y por lo tanto su función como predictores de resultados electorales futuros está muy en entredicho. La gente no se fía de lo que dicen las encuestas.

Pero por otro lado, en un escenario político de volatilidad creciente y en permanente convulsión, las encuestas emergen como la única brújula a disposición del elector para navegar por ese proceloso mar ignoto en que se han convertido las convocatorias electorales. Así, las encuestas y quien las publica tienen en su mano el poder de dibujar el escenario electoral; es decir, de eliminar del tablero de juego aquellos partidos que aparecen como incapaces de competir por la victoria final.

El debate sobre el uso de las encuestas en los medios se centra en diversos aspectos, ligados a aquéllas y a su capacidad de prever los resultados electorales, al uso que de ellas hacen los medios de comunicación, al impacto que tienen en el electorado y en los partidos y, finalmente, a su papel en la configuración de un “complejo electoral industrial”, parafraseando a Eisenhower.

En primer lugar, hay que insistir en que las encuestas no son un instrumento pensado para conocer el futuro, sino para auscultar el presente. Como herramientas de predicción no son muy fiables, y menos aún en un escenario volátil. Pueden apuntar tendencias (sobre todo si se dispone de una serie larga y se tiene un poco de paciencia), pero nunca podrán tomar en consideración todas las variables cambiantes que juegan en una elección; mucho menos si preguntamos sobre una que aún no ha sido convocada, o para cuya celebración aún faltan años.

Con todo, y teniendo en cuenta lo dicho anteriormente, tampoco son tan malas pronosticando resultados. No fallaron en las famosas presidenciales americanas de 2016; lo que falló fue la manera en que se leyeron. Si uno miraba la tendencia de voto en estados como Pennsylvania o Ohio podía ver claramente que era una posibilidad cierta que Trump acabara por delante de Hillary. Y lo mismo puede decirse respecto al Brexit: la diferencia entre el y el no era tan estrecha que podía pasar cualquier cosa, como así ocurrió.

Dicho esto, se impone la necesidad de ir adecuando la metodología de las encuestas a una sociedad que ha cambiado y que ya no responde a la manera de hacer los muestreos. Es posible que tengamos que introducir nuevas variables, perfeccionar los itinerarios y abrirnos a nuevos métodos (ahí está el on-line). Pero, en general, siguen siendo imbatibles como instrumentos de observación social y política (por mucho que se empeñen los publicistas de las virtudes de las casas de apuestas).

Si el problema no es el método, ¿cuál es? Como dicen los lores británicos, reside en el tratamiento que les dan los medios de comunicación. En este caso sí, la culpa es del mensajero.

Siguiendo las conclusiones de los lores, los medios tienden a simplificar los resultados de las encuestas hasta hacerlos aparecer a ojos de sus lectores como una lucha entre las dos opciones mejor situadas (lo que los lores llaman, como no podía ser de otra forma, “the horse race”). Esto provoca que acaben apareciendo como un instrumento banal, que sólo sirve para conocer quién va delante. Presentadas así, tienen un efecto importante en el electorado, favoreciendo el mecanismo del llamado voto útil, el trasvase de apoyos desde los partidos medianos o pequeños hacia las formaciones principales, presentadas como las únicas con posibilidades de ser el caballo ganador.

Otro elemento destacado por sus señorías es la predilección de los medios por señalar los elementos de cambio y novedad sobre los de mantenimiento o estabilidad. Del amplio abanico de resultados que pueden extraerse de una encuesta, acostumbran a destacar los que indican que existe alguna modificación en el escenario electoral, para así poder venderla como noticia. Obviamente, un medio nunca titularía en portada algo del estilo Todo sigue igual a dos meses de las elecciones, sino que intentaría un titular con más punch al estilo Las posiciones se acercan o El partido A se desploma a un mes de los comicios.

Esta predilección por los elementos de novedad provoca en algunos casos auténticas aberraciones estadísticas. Así, pueden venderse como grandes avances cifras que quedan por debajo del margen de error del sondeo, y lo mismo cuando se trata de caídas de un 2% vendidas como sonoros derrumbes (en el informe de la Cámara de los Lores se señala que un conocido periódico tituló un sonrojante “Up 1%” para informar del resultado de una encuesta).

Lo que late en el fondo de todo esto es la idea que tienen los medios de las encuestas. Para ellos, los sondeos no son instrumentos para conocer la opinión o los valores de los ciudadanos, sino que son generadores de noticias. Lo que les importa principalmente de los resultados es si pueden convertirlos en titulares y llenar una cuantas páginas (o unos cuantos minutos), a poder ser durante unos días. Las encuestas para los medios, en definitiva, son una manera barata de generar noticias, como mínimo más barata (y rápida) que las pesadas investigaciones periodísticas. Aun así, existe el riesgo de estar dando una impresión de la opinión de los ciudadanos que no acaba de ajustarse a la realidad.

Si a eso le sumamos la fuerza que en este momento tienen las predicciones demoscópicas (aunque aparentemente nadie se las cree), podríamos tener un cóctel explosivo en manos de editores desaprensivos que pudieran utilizar los resultados de las encuestas en beneficio de una determinada opción política. Y eso sin tener que hacer malabares con la cocina, sino simplemente presentando los resultados de tal manera que la imagen que acaba apareciendo sea la que el supuesto editor quisiera. No sería la primera vez que ocurre: lo novedoso es la fuerza que puede llegar a tener en un escenario en el que cada vez hay más electores sin el voto decidido y son más propensos a reaccionar a este tipo de noticias (a pesar, insisto, de lo que dicen sobre la falta de credibilidad de las encuestas).

Más allá de esta derivada, hay que tener en cuenta los efectos que provoca la publicación continua de encuestas, tanto en los electores como en el conjunto del sistema; especialmente entre la clase política. La aparición constante de resultados demoscópicos somete al conjunto del sistema político a una especie de ducha escocesa, de electroshock permanente, con constantes giros inesperados de guion a los que los políticos deben responder, ya sea para alegrarse o para despreciarlos. Las encuestas, presentadas así, no ayudan a clarificar el panorama, sino que aumentan el ruido.

En cualquier caso, las encuestas se convierten (se han convertido ya) en elementos centrales del debate político, un debate que se vuelve acelerado, que se alimenta, retroalimenta y afecta a la manera en que los electores percibimos la lucha política. La forma en que los medios presentan sus resultados acaba priorizando la coyuntura sobre los elementos de fondo, la rapidez sobre la pausa, el detalle sobre el todo. Todo esto contribuye a que el elector tenga la impresión de que el debate político no es tanto una “horse race”, sino la carrera de un pollo sin cabeza que va dando tumbos sin dirección.

Por todo ello, es interesante la reflexión iniciada en algún medio sobre el tratamiento que quieren dar a las encuestas. También sería positivo que los institutos demoscópicos y los politólogos (como yo) que pueblan tertulias y tribunas (como esta misma) se pararan un momento a pensar cuál debe de ser su papel en todo esto, porque existe el peligro de que acaben alimentando la deriva, más atentos a sus intereses como grupo que a su deber hacia el conjunto de la sociedad.

Autoría

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.