Universidad e investigación vs. deporte y olimpismo en España

La finalización de los Juegos Olímpicos puede servir para reflexionar sobre algunas cosas que hacemos bien en España y otras que, desgraciadamente, no hacemos tan bien. Por ejemplo, si comparamos nuestros resultados a escala internacional en el campo de la ciencia y de la investigación con los que obtienen los deportistas españoles quizás eso nos sirva para identificar cómo de bien, o de mal, estamos.

Hay cierto consenso en nuestro país respecto a que nuestro deporte vive desde hace unos años lo que ha sido dado en llamar una “edad de oro”. Más allá de éxitos individuales, que también los ha habido, el crecimiento económico y desarrollo del país en las últimas décadas ha permitido una mejora general del nivel de nuestro deporte de base y para ensanchar la base más allá de la elite, en la línea de lo que es habitual en aquellos países más avanzados que suelen copar medalleros muy por encima de lo que debieran si atendiéramos únicamente a su población. Así, y desde los Juegos Olímpicos de Barcelona, los resultados de nuestro país en las últimas 5 citas olímpicas han estado por encima de lo que le habría correspondido únicamente por su población (España está en torno al lugar número 30 en el ránking de los países más poblados del mundo): 13º, 25º, 20º, 15º, 21º en las citas, respectivamente, de Atlanta, Sidney, Atenas, Beijing y Londres. En los Juegos recién concluidos, entre el unánime reconocimiento del éxito obtenido, el resultado final ha sido el segundo mejor de la Historia, con una 14ª posición juzgada como la mejor prueba de la buena salud del deporte español. Aunque todavía lejos de países como Alemania, Italia, Reino Unido o Francia, la mejora es evidente respecto de años anteriores. El deporte español es considerado casi unánimemente como uno de los ámbitos en que España ha sabido superar el atraso respecto del resto del mundo occidental que fue la norma a lo largo de casi todo el siglo XX hasta el punto de ser tenido por un ejemplo. Si en otras áreas nos fuera tan bien como en nuestro deporte, se suele decir, estaríamos entre los primeros países del mundo.

Por el contrario, el consenso respecto de nuestras Universidades y, en general, respecto de nuestro sistema de educación superior y de ciencia e investigación es más bien el contrario. Suele considerarse que en este campo no hemos logrado recuperarnos del “retraso secular” que el franquismo nos legó, cuando no se escucha en ocasiones incluso, que hemos retrocedido. Por ejemplo, periódicamente se nos informa del drama que supone que no haya ninguna Universidad española entre las 10 mejores del mundo. Ni entre las 100 mejores. ¡Ni siquiera entre las 200 mejores! (aunque quizás haya una, aunque eso tampoco sea suficiente para entrar en el Top 50 europeo). Y es cierto que da la sensación de que no contamos con Universidades que individualmente consideradas sobresalgan singularmente. Pero la evaluación global del sistema quizás debiera tener en cuenta que, en cambio, hay muchas Universidades situadas en el escalón inmediatamente posterior, un escalón que quizás es el que corresponde a España por su peso poblacional y económico. La publicación reciente de los últimos resultados del ranking de Shangai confirma, de hecho, que el 80% de las Universidades españolas, es decir, la práctica totalidad de nuestro sistema universitario, está entre la clase media-alta de las instituciones de enseñanza superior del mundo. 

Si analizamos los resultados a partir del “medallero” que suele ser tenido como relevante en estos casos, y con las limitaciones y reduccionismo de todo listado que hace una foto fija a partir de pocos elementos fácilmente mensurables, la producción científica española tampoco se antoja tan insuficiente. Siendo como es España el undécimo o duodécimo país por Producto Interior Bruto según diversas estimaciones, no es descabellado suponer que una posición equivalente a ese potencial debiera ser tenida por suficiente, por mucho que siempre se pueda aspirar a más. ¡A fin de cuentas unos resultados olímpicos mucho menos honrosos suelen ser tenidos como reflejo de un deporte muy sano y exitoso!

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Pues bien, y al parecer, nuestras Universidades, lo que es producir, producen. Lo hacen, de hecho, por encima de lo que nos correspondería por población… y también por encima de lo que nos correspondería por PIB. Si tenemos en cuenta, además, que España dedica un porcentaje menor de su PIB que la mayor parte de países de la OCDE a educación e inversión en investigación científica, los resultados que vemos ahí arriba son todavía más meritorios. ¡Más aún para un sistema que es juzgado casi unánimemente como muy deficiente!

Ahora bien, si queremos ser rigurosos, es cierto que estos datos en bruto son quizás en exceso cuantitativos (lo que, por otro lado, no deja de ser normal) y que conviene descartar la posibilidad de que en España se esté haciendo mucha investigación pero, a la hora de la verdad, muy mala o no del todo buena.  En efecto, al corregir los daros por el factor de impacto, la producción científica española es algo menor a lo que era la producción en bruto estrictamente cuantitativa. Pero, aun así, esta producción científica de alta calidad sigue estando estrictamente en línea con lo que sería de esperar dado cuál es el PIB español… y bastante por encima de lo que sería de esperar si matizáramos ese PIB en bruto teniendo en cuenta el rácano porcentaje que dedicamos a investigación superior e investigación en nuestro país.

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La imagen que nos proporciona este peculiar “medallero” de la ciencia e investigación no transmite la foto de un país que lo haga tan mal como nos suelen decir. Curiosamente, podría decirse que, de hecho, nuestra ciencia es de hecho bastante mejor y más consistente que nuestro deporte… a falta de que una actuación esplendorosa en Río de Janeiro este verano pueda alterar la ecuación.

Comparado con el deporte, nos faltan personalidades de primerísima fila (la famosa ausencia de Premios Nobel) que en ciertas disciplinas aparecen porque en el mundo del deporte el esfuerzo individual puede en ocasiones ser suficiente para conseguir la excelencia. En ciencia e investigación los resultados tienen más que ver con una labor colaborativa y de mucha gente, dificultando que aparezcan estas “excepciones”.  Pero no son éstas las que nos informan del nivel general del desarrollo del deporte de un país, como tampoco en el caso de la investigación.

Tampoco tenemos en nuestras Universidades un equivalente a un Real Madrid CF o a un FC Barcelona, por varias razones. En primer lugar, porque nuestro tejido universitario y científico es más plural y policéntrico, en lugar de concentrar esfuerzos en pocos centros (caso de hacerlo así, no duden que tendríamos en los ránkings alguna Universidad mejor situada). En segundo lugar, porque tampoco generan nuestros centros de investigación el entusiasmo político e inversor de nuestros clubes de fútbol. Así, mientras la financiación de la ciencia en España está por debajo de lo habitual en el resto de países con los que nos queremos comparar, somos líderes en la inyección de fondos públicos para el fútbol profesional, hasta el punto de que ha merecido una investigación absolutamente única por parte de la Comisión Europea. No cabe duda de que un entusiasmo semejante por otras actividades las propulsaría a resultados aún más honrosos en la escena internacional.

Mientras ello no ocurra, y contando con lo que contamos, no parece que nuestro sistema de Universidades e investigación sea particularmente ineficiente. Lo cual no significa que no tenga defectos ni sea susceptible de recibir mejoras. Pero para tener una mejor comprensión de los primeros y poder poner en marcha las segundas conviene saber dónde estamos exactamente. Y muy probablemente no estamos tan mal sino tan bien, o incluso mejor, como nuestro deporte.

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