Una Universidad real y legal

Del escándalo de la presidenta de la Comunidad de Madrid y su máster fantasma hemos aprendido algunas cosas sobre la Universidad; no todas buenas, por lo demás. En el camino, se ha sembrado una sombra de duda sobre el conjunto de esta institución y sobre la comunidad de docentes, estudiantes y personal administrativo y de servicios que la conforman. Constituye, sobre todo, además de una indignidad, una falta de respeto no sólo a la comunidad universitaria, sino al conjunto de los ciudadanos. La Universidad es la piedra angular de las actuales sociedades del conocimiento, clave de su progreso económico y social; una piedra especialmente valiosa para la Comunidad de Madrid, donde se concentra aproximadamente uno de cada cinco de los estudiantes superiores de este país. Un diamante que algunos quieren convertir en simple carbón.

Cierto es que la polémica ha servido para poner a la Universidad en el foco de atención política y mediática, pero no para analizar sus problemas, diagnosticar sus necesidades y buscar soluciones, sino precisamente para todo lo contrario, para denostarla y calumniarla. El tan necesario debate sobre su papel y el de la ciencia en nuestro país está aún pendiente, y éste no es el mejor caldo de cultivo para que tenga lugar. Hemos oído cosas como que es práctica habitual que los estudiantes se matriculen fuera de plazo, que se les ajusten las clases a medida, que se realicen pruebas ad hoc para aquellos que estén muy ocupados… Eso, al parecer, es práctica habitual en la Universidad española y, más concretamente, en la madrileña. Bueno, para ser más exactos, en la pública madrileña… ¿o sólo en una de ellas? Pues no, no lo es en absoluto. Y quien lo diga, miente.

Conviene recordar algunas cosas básicas que teníamos por ciertas y seguras, pero que quizá hayan quedado algo desdibujadas tras la aciaga polémica de las últimas semanas. La Universidad es un lugar donde los estudiantes cursan estudios reglados, bajo la tutela de profesoras y profesores que, previo proceso público de acreditación y selección, imparten la docencia y realizan la evaluación de los estudiantes de acuerdo con criterios universales y públicos. Los profesores, finalmente, acreditan la obtención de las competencias y cualificaciones reconocidas oficialmente como parte de la asignatura/titulación, un reconocimiento que queda formalizado mediante la concesión de un título homologado expedido por la universidad correspondiente. Dicho de manera simple, es una maquinaria burocrática –y, por tanto, guiada por una lógica racional y universal– al servicio de la formación de alto nivel de los ciudadanos y ciudadanas, que a cambio del esfuerzo, tiempo y dinero de éstos, expide títulos que acreditan su competencia de cara al mercado laboral.

Es en este sentido en el que se puede decir que la Universidad es legal: se atiene a la Ley en su funcionamiento, ciega a intereses personales o espurios. Pero, además, es real. Lo es por muchos motivos. Primero, porque está llena de jóvenes que se esfuerzan cada día por avanzar en sus aprendizajes, de profesoras y profesores que realizan con ilusión (y un gran grado de altruismo en muchos casos) su trabajo y de un montón de personas que conforman su equipo humano (administrativo, mantenimiento, limpieza, etcétera). Sus vidas, sus ilusiones, su esfuerzo, su trabajo, todo eso es real.

La Universidad es real, además, porque expide títulos reales; no sólo de máster (490 en universidades públicas de la Comunidad de Madrid en el curso 2017-2018), aunque también, y lo hace de acuerdo con procedimientos establecidos formalmente, que abren o cierran opciones para los estudiantes, que les admiten o no para cursar estudios, que les acreditan o no para obtener el título. Todo ello es posible precisamente porque esa comunidad real de universitarios funciona de acuerdo con normas compartidas, legales y reales, sancionadas no sólo por las autoridades de la Universidad, sino también por la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad (Aneca) o la correspondiente autonómica, que primero aprueba, o no, las titulaciones, y luego las evalúa periódicamente para comprobar el cumplimiento y la calidad de la implantación del programa de estudios en todos sus niveles.

Número de másteres impartidos por tipo de universidad y grado de presencialidad de la titulación

Fuente: Ministerio de Educación, Cultura y Deporte

Todos estos procedimientos garantizan la seguridad jurídica de los estudiantes y del conjunto de la comunidad universitaria. También son garantes de su credibilidad. Ni los alumnos se matriculan cuando quieren, ni pueden aprobar sin ir a clase ni obtienen títulos sin examinarse. Hay muchos controles para que todo esto no pase aunque, lamentablemente, parece haber indicios fehacientes de que todas o algunas de esas cosas han ocurrido. Resulta aún más sangrante por tratarse, precisamente, de una autoridad pública, de la máxima autoridad de la que depende la gestión y financiación de las universidades madrileñas. Hechos graves que suponen, como mínimo, una violación de las normas generales que rigen el sistema universitario público, si no un delito. Pero sobre todo, suponen la ruptura del principio básico de confianza de los ciudadanos en una de sus instituciones básicas, pilar del Estado de bienestar y motor de nuestra economía: la Universidad pública. No nos podemos permitir dejar de creer en ella, pero especialmente que la manchen y la desacrediten quienes sólo pretenden su beneficio personal.

Es posible que aun a estas alturas alguien crea que la Universidad pública madrileña es un lugar en el que todo vale. Que sus títulos no tienen valor. Que su personal no cumple con sus funciones con el celo debido. Pues bien, ya lo siento, a quienes crean esto les tengo que decir que vivimos en sistemas universitarios paralelos. Y en el mío, somos la inmensa mayoría. Mientras algunos prefieren pensar en títulos de juguete y académicos títeres, los demás seguiremos, cada día, madrugando y asistiendo a nuestro puesto de trabajo o de estudio con la ilusión de hacer un trabajo digno y maravilloso, que ayuda a crecer a los demás y a nosotros mismos. Somos reales y legales. Nosotros sí, ustedes no.

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2 Comentarios

  1. Eduardo Crespo Suárez
    Eduardo Crespo Suárez 04-07-2018

    Excelente artículo que refleja la indignación de quienes estamos vinculados a la universidad pública. Es una vergüenza que los responsables de gestionar los servicios públicos sean sus peores enemigos. Esta derecha está intentando convertir los servicios públicos en un nuevo nicho de negocio, pero no lo conseguirán mientras haya servidores públicos de la talla de Olga Salido.

  2. Alfonso Fernández
    Alfonso Fernández 04-07-2018

    No caigamos en la autocomplacencia querida Olga, en la universidad hay de todo

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