Una protección mucho menor en la vejez

La lógica de los sistemas de protección en la vejez está basada en el modelo (cada vez menos ajustado a la realidad) de las “carreras laborales normales y continuas” y también de las “familias normales” tradicionales (Brettschneider, 2010). En este modelo la mujer no trabajaba fuera de casa y se dedicaba al cuidado de descendientes, ascendientes, así como al de su cónyuge e incluso familia política. El hombre podía así desentenderse de esta cuestión y dedicarse de forma exclusiva al trabajo remunerado, sin acusar lagunas de cotización derivadas de la necesidad de cuidados.

La consecuencia de esta diferencia de cuidados aplicables a la vida laboral es que las mujeres disfrutan de una protección mucho menor en la vejez: en 2018, la pensión media por jubilación para los hombres es de 1.247,46 euros, mientras que la de las mujeres es de 797,50. En todos los regímenes, las mujeres cobran menos cuando se jubilan.

Cuantía media (€) de pensiones contributivas por régimen y sexo. España, Febrero 2018

Fuente: Elaboración propia a partir de datos Ministerio de Empleo y Seguridad Social.

Este efecto en las pensiones contributivas de jubilación se agrava cuando se trata de las no contributivas. Las personas que sólo tienen derecho a percibir estas últimas son en su mayoría mujeres (más concretamente, el 78%) y la cuantía media es de 357,50 euros.

En este desigual acceso a la protección basado en la cotización influyen otros muchos factores, todos ellos negativos para la mujer: sueldos más bajos, techos de cristal y un largo etcétera. Pero esta desigualdad que vemos hoy en las pensiones no es sólo consecuencia de la que sufrieron en el mercado laboral, sino que esconden también las historias particulares de los obstáculos para acceder al trabajo. Al ver estos datos no puedo evitar recordar las historias que compartieron conmigo algunas mujeres mayores durante mis investigaciones. Por ejemplo María, que trabajó desde muy joven en unos grandes almacenes hasta que se casó, porque su empresa le dijo que allí solo trabajaban señoritas, no señoras. Tuvo que volver cuando se divorció.

O Eulalia, que dejó la peluquería cuando su marido se lo pidió.

O Elena, enamorada de la medicina, carrera entonces de hombres, que tuvo que dejar el trabajo como recepcionista en una clínica porque su hermano (que sí pudo estudiar la carrera) consideró que no era decente para una mujer estar rodeada de hombres (los propios médicos).

Con el tiempo, algunas de estas mujeres consiguieron volver a trabajar. Otras tuvieron que hacerlo cuando el marido, el hermano, el padre, el hombre que decidió por ellas desapareció de la escena y dejó de mantenerlas. Hoy cobran, dependiendo del régimen, hasta 719,43 euros menos que los hombres en su mismo sector.

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