Una Europa fragmentada: el desplome de los partidos tradicionales

El 15 de agosto de 2011 murió repentinamente el influyente politólogo Peter Mair. Con ello se truncaba la posibilidad de culminar la obra que, desde una perspectiva crítica, iba a sintetizar todo su trabajo académico en torno a los partidos políticos: Gobernando el vacío. Por fortuna, su ensayo no cayó en saco roto y, aunque inconcluso, llegó a ver la luz.

Durante años se mantuvo vigente la tesis de Lipset y Rokkan sobre la “congelación de los sistemas de partidos”, según la cual las fracturas sociales existentes en el periodo de entreguerras (religión, clase social y lengua, entre otras) continuaban explicando los sistemas de partidos de los países de Europa occidental de los años sesenta, los cambios políticos acaecidos a principios de los noventa pusieron en cuestión estas premisas. Sirva de ejemplo el caso del partido tradicional irlandés, el Fianna Fáil, quien daba el primer paso hacia su progresiva caída, mientras irrumpía en la arena política una nueva fuerza, el Partido Progresista Democrático. Y similares síntomas experimentaba Gran Bretaña, con el Partido Laborista atravesando serias dificultades para consolidar su electorado y un tercer partido, el Partido Liberal Demócrata, adquiriendo cada vez más relevancia. Al mismo tiempo, emergían nuevas fuerzas políticas y se consolidaban otras, como es el caso de partidos ecologistas y verdes en Alemania o Austria. Este proceso de realineamiento electoral pronto desembocó en un cambio en el sistema de partidos.

Hoy, tras la Gran Recesión, pautas parecidas a las ocurridas hace tres décadas se están observando en los países de Europa occidental. En los últimos comicios se ha incrementado el número de nuevos partidos presentes en los parlamentos, lo que, sumado a una progresiva caída en el porcentaje de votos que reciben las fuerzas políticas tradicionales, supone que la fragmentación partidista se haya extendido de manera vertiginosa. Por ejemplo, en las elecciones presidenciales celebradas en Francia en el año 2012, la victoria del Partido Socialista francés en la segunda vuelta no oculta la realidad del éxito electoral del Frente Nacional, un partido populista de extrema derecha, que obtenía el 18% de los votos. En Italia, en las elecciones de 2013, el Movimiento 5 Estrellas, una fuerza populista con propuestas anti-austeridad, se hacía con 109 escaños en el Congreso. Igual fortuna ha corrido España, donde los dos principales partidos han perdido el apoyo de los votantes de forma significativa, pasando de acaparar el 84% de escaños en 2011 al 61% en las últimas elecciones generales de 2015. Aunque quizás lo más destacado haya sido la irrupción de dos nuevas formaciones políticas, Podemos y Ciudadanos, determinantes ahora para la gobernabilidad del país.

Y lo mismo puede decirse en otros tantos casos. Es bien conocida la historia de Grecia, donde el éxito electoral cosechado por SYRIZA -y en parte también por la extrema derecha representada por Amanecer Dorado- ha supuesto la ruptura del estable sistema de partidos griego, en el que el PASOK -hoy casi desaparecido- y Nueva Democracia se alternaban en el gobierno. También son reseñables los cambios producidos tras las recientes elecciones de 2016 en Irlanda, o las de 2015 en el Reino Unido. En este último caso, el Partido Nacionalista Escocés se hizo con 56 de los 59 escaños que se reparten en Escocia, debido en parte al declive del Partido Laborista en ese territorio. Más aún, UKIP, movimiento que hace del euroescepticismo su principal bandera, entró por vez primera en la Cámara de los Comunes.

La siguiente tabla resume el notable aumento de la fragmentación partidista de los últimos años en los países de Europa occidental. En ella se muestra el número efectivo de partidos electorales (un índice que tiene en cuenta tanto el número de partidos como su peso relativo), anterior y posterior (el más reciente) a la gran crisis económica.

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La tabla ilustra una estampa política extraordinariamente fragmentada. Si con anterioridad al desplome de la economía los partidos tradicionales del centro-izquierda y centro-derecha sumaban en torno al 40% de los votos, hoy en día el porcentaje se reduce a la mitad.

Así las cosas, la  pregunta que surge es ¿qué está detrás de este fenómeno de caída de los partidos tradicionales y aparición de nuevas fuerzas políticas? En Gobernando el vacío, Peter Mair nos aproxima a la respuesta. Según el politólogo irlandés, las razones de este cambio en los sistemas de partidos de los países de Europa occidental no se encuentran únicamente en la falta de confianza de los votantes hacia los partidos mainstream, sino también en su falta de interés general por la vida política. Se detecta un descenso generalizado de la participación electoral y cierta apatía hacia las fórmulas clásicas de representación política. Esto ha dado lugar a respuestas alternativas que cuestionan el funcionamiento tradicional de la democracia de partidos. Por un lado, han emergido fórmulas populistas, con un discurso construido en torno al rechazo a la inmigración y a la defensa cultural. Y por otro, se ha extendido entre los ciudadanos la aceptación de las llamadas “instituciones no mayoritarias” (las propias de la Unión  Europea, como el Banco Central) en las que las decisiones sobre bienestar social, política económica o fiscal, son tomadas por tecnócratas, personas no electas y ajenas a los partidos. En sí, esta realidad constituye, como apostilla la obra de Mair, la “banalización de la democracia occidental”.

Este cambio ha venido acompañado de la caída de la filiación a partidos y la identificación partidista. Las lealtades partidistas se han diluido, como evidencia el aumento de la volatilidad electoral desde hace décadas. De esta forma, las fuerzas políticas tradicionales habrían dejado de cumplir satisfactoriamente su función de movilizar a las masas para su participación e integración en el proceso democrático, convirtiéndose en estructuras cada vez más esclerotizadas y autorreferenciales.

El concepto de cartelización de los partidos, cobra así sentido. En esencia, la idea apunta hacia un proceso según el cual los partidos políticos, que tradicionalmente han sido los encargados de trasladar las demandas de la sociedad civil al Estado, estarían cada vez menos pendientes de la ciudadanía y más orientados hacia las estructuras estatales. Buena prueba de ello es su excesiva dependencia de los recursos y subvenciones públicas o su propensión a controlar todos los resortes de poder y a tratar de colonizar todas las instancias de decisión, incluidos los tribunales y los organismos reguladores. Esa simbiosis entre los partidos del establishment y el Estado, tiene como contrapartida una brecha cada vez mayor entre partidos y electores, que agrava la crisis de representatividad crónica que, con altibajos, aqueja a nuestros sistemas democráticos.

La consecuencia inmediata de este mapa notablemente más fragmentado (ver figura) es una mayor ingobernabilidad e imprevisibilidad de los sistemas políticos. La atomización de la representación política puede acarrear legislaturas más complejas, coaliciones de gobierno inestables y gobiernos endebles de corta duración. Algunos de los recientes fracasos de los partidos españoles como la imposibilidad de formar gobierno y la consiguiente repetición de los comicios o la falta de acuerdo para reducir los gastos del proceso electoral que se avecina, constatan que los escenarios fraccionados no son los más propicios para tomar decisiones políticas relevantes.

En definitiva, Europa asiste perpleja a cómo los nuevos partidos consiguen cada vez más atraer a un mayor número de ciudadanos desencantados, mientras las fuerzas establecidas se hallan desconcertadas, gobernando el vacío.

Figura 1. Fragmentación de partidos antes y después de la Gran Recesión

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En este artículo también ha participado José Rama Caamaño, Investigador en el Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid.

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