Una crítica formal a la reforma Renzi-Boschi

Los italianos acudirán este domingo a las urnas para participar en el referéndum sobre la propuesta de reforma constitucional aprobada hace algunos meses por su Parlamento. Nos encontramos ante la más amplia y compleja de todas las reformas planteadas a la Constitución italiana de 1948. La misma afecta nada más y nada menos que a 47 de los 139 artículos de que se compone el texto. No pretenden ser estas líneas un repaso al contenido material de la reforma impulsada por el Partito Democratico con Matteo Renzi a la cabeza (lo que sería, vista su amplitud, un reto sobresaliente), sino un recordatorio de tres aspectos formales que vienen a minar sus bondades.

En primer lugar, conviene recordar que en el año 2005 el gobierno Berlusconi sacó adelante una ley electoral francamente controvertida, cuyas notas principales eran el bloqueo de listas y la previsión de un premio de mayoría. Aquella ley fue definida por su creador, el Ministro Calderoli, como una “porcata”, lo que bien podríamos traducir como una cerdada, una porquería o, siendo más recatados, una obscenidad. A raíz de aquella calificación, la ley recibió el nombre de ley “porcellum”. La Corte Constitucional italiana examinó aquella ley y terminó por considerarla parcialmente inconstitucional en 2014. Los motivos de su pronunciamiento no fueron menores, sino que la Corte destacó que la ley no permitía la adecuada representación de los ciudadanos y limitaba la representatividad de la asamblea parlamentaria.

Pues bien, el Parlamento italiano actual fue elegido con arreglo a aquella ley. Aunque la Corte precisó que el pronunciamiento no implicaba la nulidad de los actos legislativos pasados y futuros de las cámaras, resulta difícil negar el problema. No parece que un Parlamento elegido con arreglo a una ley declarada inconstitucional por no reflejar fielmente la voluntad ciudadana deba emprender una reforma constitucional de semejante amplitud y complejidad. La legitimidad política, en definitiva, se ve resentida.

En segundo lugar, debe destacarse que esta es una reforma implementada exclusivamente por las fuerzas de la coalición de gobierno, y con una fuerte rechazo de los partidos de la oposición. La reforma se aprobó en un ambiente de profunda y tensa división, con los diputados del Movimento 5 Stelle, Lega Norte, Forza Italia y Sinistra Italiana abandonando el pleno en el momento de la votación. Ya en 2001 y 2005 fueron planteadas reformas constitucionales de mayoría (la primera del centroizquierda contra el centroderecha, y la segunda a la inversa). Mientras que la reforma de 2001 fue aprobada en referéndum (aunque con una participación de sólo el 34% de los votantes), la de 2005 fue contundentemente derribada por los electores. De aquella experiencia se extrajo tanto por la doctrina constitucionalista como por la clase política el convencimiento de que las futuras reformas constitucionales deberían ser consensuadas. Este espíritu ha sido traicionado con la reforma Renzi, que de nuevo ha decidido imponer una visión constitucional en lugar de intentar pactarla con las diversas fuerzas políticas.

Finalmente, y como ya se ha indicado, la reforma es de una profundidad muy notable. Se tratan muchos y muy diversos aspectos (organización parlamentaria, referéndum abrogativo, capacidad normativa del gobierno, presidencia de la República, administración pública, cuestión territorial, Corte Constitucional…) lo que puede dificultar la formación de un juicio único al elector. ¿Qué ocurre si un votante es favorable a la racionalización parlamentaria pero no a la reforma territorial? Para evitar estos dilemas, algunas voces propusieron parcelar la consulta en tres (“spacchettamento”). Así, se planteó realizar una consulta sobre la cuestión parlamentaria, otra sobre lo relativo a los cambios en la administración, y finalmente otra centrada en la revisión territorial. Como es conocido, la propuesta no prosperó.

Cabe decir que cuanto más heterogénea es una consulta, más fácil es llevarla al terreno de lo plebiscitario. Mención especial hay que hacer aquí de la importante politización que el Primer Ministro Renzi ha hecho de la cuestión, recalcando constantemente que un voto negativo a la propuesta implicaría su dimisión. Aunque deba verse con buenos ojos la asunción de responsabilidades políticas ante un fracaso de este tipo, el lanzamiento insistente del mensaje antes de la votación no ayuda a la formación de una opinión ciudadana centrada solo en los méritos de la reforma.

Ya para finalizar este escueto repaso formal de la cuestión, es oportuno señalar que para el referéndum constitucional no está previsto quórum alguno de participación, por lo que sea cual sea el grado de movilización ciudadana que veamos el domingo, solo importará qué opción logre hacerse con más votos. Buona fortuna.

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