Un súper-PAC contra el asalto iliberal de Bannon

El tema central de las elecciones europeas de 2019 se reduce a un combate entre los defensores de la integración europea, el multilateralismo y los valores liberales y los promotores de una Europa de estados iliberales, frecuentemente acompañados del capitalismo de Estado y el etnonacionalismo.

Hay una multitud de iniciativas en ambos bandos. Cada facción tiene un proyecto y un conjunto de líderes que lo encarna: el presidente francés Emmanuel Macron lidera la profundización de la integración europea y la cooperación supranacional, mientras que la derecha anti-inmigrante tiene al frente una incipiente alianza entre el italiano Matteo Salvini, el austriaco Sebastian Kurz, la francesa Marine Le Pen o el húngaro Viktor Orban. Mientras que el primer bando tiene el apoyo de los principales medios de comunicación, de la patronal y de numerosos filántropos, el segundo ha contado históricamente con el apoyo de más fondos rusos que europeos y ahora espera contar con la fundación que Steve Bannon va a crear en Bruselas, The Movement.

Ante la posibilidad de una gran derrota, el bando pro-europeo se encuentra en estado de emergencia y está impulsando un número de iniciativas sin precedentes. Y aunque son de naturaleza, inspiración ideológica y alcance diferentes, todas parecen compartir la misma voluntad de proteger nuestro sistema liberal y democrático europeo.

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Sin embargo, dado que ninguna de estas iniciativas parece por sí sola capaz de hacer frente al bando anti-UE, que se está organizando rápidamente a nivel transnacional, se enfrentan todas al mismo dilema sobre la mejor estrategia para salvar la UE: ¿sería aconsejable asumir algunas formas de populismo o más bien deben seguir defendiendo la democracia liberal manteniendo las formas y el autocontrol?

Aunque algunos parecen tentados por la primera opción (ejemplificada por el órdago de los de Seehofer sobre los migrantes o la promesa de abandonar Schengen del recién elegido líder del Partido Popular español), asumir el repertorio de los populistas sería un error. Un movimiento populista pro-europeo podría acabar por reforzar las dinámicas de erosión de las normas que permitieron el ascenso del populismo. En resumen, esta estrategia podría reforzar a sus adversarios; debería más bien restaurar las normas de tolerancia y aceptación mutua más que ponerlas en cuestión. En otras palabras, para reforzar las instituciones democráticas el desafío populista debe ser derrotado mediante prácticas democráticas.

¿Pero cómo? Aunque las coaliciones de personas y grupos que comparten visiones sobre la UE que están apareciendo tímidamente en la esfera política y asociativa pueden desempeñar un papel, son claramente insuficientes para defender la democracia liberal europea.

Es sorprendente que en este debate haya una voz que nunca se alza: la de los intereses económicos. A pesar de que las empresas se tienen que mover en un clima político cada vez más caldeado, no están saliendo a defender públicamente su visión de la Unión Europea. A pesar de la amenaza existencial contra los valores liberales de Europa, a sus estructuras constitucionales y legales, el sector privado confirma una de sus líneas históricas de conducta: no intervenir en cuestiones políticas que no se relacionen directamente con su área de negocio.

Sin embargo, en el contexto actual la inacción ya no es probablemente el mismo tipo de refugio que en el pasado para las empresas multinacionales. Los nuevos líderes que surgen en Europa pueden llegar a poner en cuestión no sólo sus líneas de negocio, sino el conjunto del sistema de valores en el que más han prosperado históricamente. Basta con ver los términos de las actuales negociaciones sobre el brexit para entender lo que está en juego para las empresas que se benefician del acceso al mercado único. Además, en la era de Twitter el silencio es noticioso y corre el riesgo de pasar por una aceptación tácita de líderes iliberales como Orban o Kaczynski, cuyos puntos de vista sobre los migrantes, comunidad LGTBI y otras minorías contrasta con las políticas de Responsabilidad Social Corporativa de numerosas empresas. Y aún más grave, estos líderes no han dudado en emplear su éxito a la hora de conseguir inversiones extranjeras para tratar de ocultar su propio iliberalismo. En otras palabras, los grandes grupos industriales occidentales se benefician de las libertades económicas europeas –que les permiten invertir en países como Hungría y Polonia– sin defender por igual los valores políticos en los que se asientan dichas libertades.

Esto debería conducir a algunos líderes de la sociedad civil, de la política y filántropos a diseñar un modelo radical e inclusivo para atraer al sector privado a una coalición pro-democrática en el contexto del debate actual. Dicha coalición debería adoptar el aspecto de un super-PAC (comité de acción política) europeo. Mientras que los PAC en Estados Unidos tienen como objetivo contribuir con fondos a la campaña de candidatos que pueden favorecer los intereses de un grupo, un súper-PAC recauda y gasta cantidades ilimitadas de fondos provenientes de empresas, sindicatos, individuos o asociaciones para influir en el resultado de una elección.

Romper el silencio

Al trasladar la idea al contexto europeo no se trata de proponer un nuevo mecanismo de financiación de campañas –es un área fuertemente regulada–, sino un proyecto instrumental ad hoc que sirva para reunir apoyos y capacidad de organización en torno a un único asunto apartidista: la protección, promoción y encauzamiento del debate público sobre las próximas elecciones europeas de 2019. Esta central pro-democracia se dedicaría a apoyar, orientar y supervisar las numerosas voces pro-europeas en tres áreas concretas: la comunicación de mensajes políticos, la selección de candidatos y la organización de base. Un buen ejemplo pudiera ser el de la campaña People’s Vote, una coalición británica que pide una consulta ciudadana sobre el acuerdo final para el brexit entre el Reino Unido y la UE. Entre otras acciones, el equipo de comunicación de People’s Vote se dedica diariamente a campañas de contra-propaganda en redes sociales para equilibrar la cobertura negativa y corregir las informaciones que quedan para la hemeroteca. Es una forma de reforzar, en lugar de debilitar, la incipiente esfera pública europea.

Una coalición democrática que persiguiera un único objetivo según el modelo descrito tendría varias ventajas. En primer lugar, reforzaría a los defensores de la democracia europea al ampliar su alcance a un espectro más amplio de la sociedad. No olvidemos que, a pesar de su silencio, una amplia mayoría de ciudadanos europeos todavía prefiere nuestro modelo de democracia liberal europea.

En segundo lugar, una audiencia más amplia de la habitual de los movimientos liberales y progresistas pro-europeos puede contribuir a abrir nuevos canales de comunicación entre sectores de la sociedad que han dejado de hablar entre sí, tales como el sector privado y la sociedad civil. Esto ayudaría a superar divisiones entre extremismos partidistas, tal y como la fractura entre pro y anti-europeos que se alimentan no sólo de diferencias entre las políticas preferidas, sino también por fuentes identitarias y conflictos socio-económicos. Estas divisiones son hoy el principal problema que afrontan nuestras sociedades y, desafortunadamente, la competición electoral contribuye a profundizarlas.

Aunque se presenten cada vez más como un momento crítico, lo que marcará históricamente las próximas elecciones al Parlamento Europeo será su carácter de primeras elecciones auténticamente europeas. Europa necesita hacer algo drástico y creativo para sobrevivir y superar esta situación enquistada de hace tiempo y todos tienen un papel en este proceso, incluidos los ricos y poderosos.

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