Un PDeCAT de lo más ‘convergente’

El PDeCAT surgido de la primera Asamblea celebrada este fin de semana parece haber renunciado a todo lo novedoso por lo que apostó en su asamblea fundacional de hace dos años y, protagonizando una vuelta a los orígenes en toda regla, ha acabado por convertirse en lo más parecido a la vieja Convergència. Y no precisamente por la impericia, la dejadez o la falta de ganas de la nueva hornada de dirigentes que, con Marta Pascal y David Bonvehí al frente, tomaron las riendas del partido, sino por culpa de la perturbadora influencia ejercida por Carles Puigdemont, que esta última semana se ha dejado sentir con toda crudeza.

Como en su día explicamos, el PDeCAT, concebido como una mutación de una CDC lastrada por los escándalos de corrupción, hizo todo lo posible por distanciarse del original. Cambió de nombre, adaptó la organización, modificó el método selección de candidatos y diseñó un nuevo modelo de liderazgo. Distanciándose de CDC, que siempre había aspirado a ser más el todo que una parte, optó por autodenominarse partido en un accidentado proceso. En vez de una organización interna centralizada y opaca se decantó, tras haber puesto en marcha la iniciativa Torn Obert,  por un modelo de partido más participativo y transparente, y en vez del tradicional método dactilar en la selección de candidatos se inclinó por celebrar elecciones primarias. Alejándose del clásico liderazgo personalista, adoptó una dirección colegiada y sólo in extremis creó figuras de dirección unipersonales. Seguramente, en lo que más se siguió pareciendo el PDeCAT a la vieja CDC fue en su indefinición ideológica, porque más allá de resguardarse bajo el paraguas del nacionalismo mutado en independentismo, seguía haciendo gala de una notable inconcreción. Consciente de ese déficit, el propósito de la primera asamblea no era debatir en torno al liderazgo ni acerca de la ‘opa’ de Puigdemont, como ha acabado sucediendo, sino concretar el contenido ideológico del nuevo partido, situándolo claramente a la izquierda.

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Pero la evolución del proceso independentista ha impedido al PDeCAT desarrollarse tal y como había previsto. El 1 de Octubre, la declaración de independencia, la aplicación del artículo 155 y la huida de Puigdemont han acabado por convertir los cambios del PDeCAT en papel mojado. La decisión de Puigdemont de presentarse a las elecciones y la constitución de Junts per Catalunya lo dejó fuera de juego, algo que ante las malas expectativas electorales, como aquí sosteníamos, no parecía ser tan mal negocio aunque implicase la renuncia a seleccionar candidatos para las elecciones del 21-D y a la presencia de la propia coordinadora general en las listas. Descargado el partido de la gestión parlamentaria y del Gobierno –primero por el 155 y, más tarde, por su absoluta marginación–, se pudo consagrar a la preparación de las elecciones municipales,  que como bien se sabe son el terreno en el que se disputa la implantación territorial, el control de la organización y el acceso a los múltiples incentivos selectivos que proporcionan las instituciones locales. Así, el PDeCAT, pese a todo,  hizo lo que tocaba y fue eligiendo los alcaldables a través de primarias y ha registrado el partido Junts per Catalunya la espera de lo que pudiera suceder en el volátil campo independentista. Pero fue la pérdida de protagonismo de Puigdemont desde la investidura de Torra y el  determinante papel de Pascal en la moción de censura de Pedro Sánchez, haciendo gala de un posibilismo que ya se había expresado bastantes meses antes, lo que verdaderamente pareció  abrir una ventana de oportunidad para el PDeCAT.

Pero el independentismo parece estar destinado a protagonizar súbitos cambios de guion como el que ha tenido lugar esta última semana. Un Puigdemont muy reforzado tras la decisión de la Justicia alemana de no extraditarlo por el delito de rebelión lanzó el pasado lunes la iniciativa Crida Nacional per la República, por medio de la cual se pretende construir un movimiento nacional fagocitando al PDeCAT y a todo independentista que se deje. Ante la resistencia de Pascal, sintiéndose también muy reforzada, el ex presidente la amenazó con romper el carnet del partido si ésta mantenía su aspiración a seguir liderándolo. Ante la falta de apoyos suficientes, la coordinadora general ha optado por abandonar y el partido ha aceptado diluirse en el nuevo movimiento, no sin una notable contestación interna que ha quedado reflejada en la votación de la dirección. 

Con ello se ha esfumado todo lo que de novedoso tenía el PDeCAT y ha resucitado lo peor de la vieja Convergència:  la vocación de ser más un movimiento que un partido, que si antes era un ‘rassemblement’ ahora es un ‘appeal’, pero sin faltar a las referencias ‘gaullistas’: menos participación y transparencia y más centralismo; de nuevo, un líder monocrático;  y, otra vez, vergonzantemente, un absoluto menosprecio al liderazgo femenino. Y como sucedía con la vieja Convergència, quien osa desafiar al líder supremo es apartado. Le pasó a Roca con Pujol y le ha pasado a Pascal con Puigdemont; y, en ambos casos, por  diferencias en cuanto a la implicación catalana en la política española. El ex presidente no ha perdonado a Pascal que hiciera valer la autonomía del partido para contribuir a un cambio de aires en la política española, lo que ha puesto en entredicho su estrategia de la confrontación. Por ello, y a modo de aval, el PDeCAT ha aprobado no renunciar a la vía unilateral, aunque ésta no se aplique inmediatamente. Pero habiendo resultado un PDeCAT de lo más convergente, cabe recordar que en 1980 CDC se comprometió a reformar el Estatuto de Autonomía. Y tardaron 23 años en hacerlo. Todo un exilio.

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