Trumpeando entre israelíes y palestinos

El Presidente Donald Trump ha iniciado recientemente una revisión interna de los fondos que Estados Unidos dona a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Medio, primer paso para una eventual retirada de los mismos. La agencia, establecida en 1949 en respuesta a la crisis humanitaria que siguió  a la creación de Israel un año antes, tiene por objetivo proveer de bienes básicos a los algo más de cinco millones de palestinos refugiados en los países de la región. Independientemente del impacto sobre la realidad de todas esas personas, en el terreno de lo simbólico la decisión de Trump supone un cuestionamiento de la misma condición de refugiado de las generaciones de exiliados nacidas fuera de Palestina de 1948 en adelante. El reconocimiento de tal condición está indisolublemente ligado a la aceptación del derecho de retorno de estas personas a sus lugares de origen una vez el conflicto llegue a su fin, algo que Israel se ha negado históricamente a aceptar. La decisión norteamericana se suma al polémico reconocimiento de la capitalidad de Jerusalén y el anuncio de traslado de la embajada desde Tel-Aviv, alineando los planteamientos norteamericanos con los israelíes en materia de anexión de territorio por medios violentos. El horizonte de una posible suspensión del acuerdo nuclear con Irán en 2018 (obsesión del Primer Ministro Netanyahu y escollo central en sus relaciones con la extinta Administración Obama) contribuye a la sensación de que las prioridades y la agenda de EE.UU. están cada vez más supeditadas a las de Israel.   

Las razones detrás de estas decisiones son múltiples. La fundamental tiene que ver con revertir el deterioro en las relaciones con Israel de los últimos años, que tanto preocupaba a determinados sectores de la opinión pública norteamericana y a parte del partido republicano. Las decisiones recientes se explican mucho más por satisfacer a una audiencia doméstica muy descontenta con la política de Obama hacia el conflicto que por cualquier cálculo geopolítico per se. Aun así, una de las lecciones aprendidas en este primer año de mandato del Presidente Trump es que no hay que buscar siempre en sus decisiones y acciones una estrategia a largo plazo de fondo. Sobredimensionar el cálculo estratégico puede ser un problema si de verdad queremos entender el porqué de determinadas decisiones. Todavía se observa cierta torpeza e improvisación, especialmente en política exterior, por parte de una nueva administración tomándole las medidas al poder de mando y muy centrada en el ámbito doméstico.

Pero que las decisiones pueden ser fruto de cierta improvisación no quita que tengan consecuencias reales. En este caso, en su rol histórico como intermediario en las negociaciones de paz.  Estados Unidos no ha sido nunca un mediador equidistante en el conflicto entre Israel y Palestina. Aun así, los palestinos y el resto de estados árabes han aceptado tradicionalmente que Washington asumiese ese rol al entender que era el único actor capaz de forzar a Israel a hacer concesiones en cualquier negociación. Acuerdos históricos como los de Camp David (1978) –el inicio de la fórmula de “paz por territorios”- u Oslo (1993) –la creación de la Autoridad Nacional Palestina y la Hoja de Ruta– sólo fueron posibles gracias a renuncias israelíes fraguadas en EE.UU., contrapartidas mediante. Más allá de la renuncia total a la neutralidad, la supeditación de la Administración Trump a las prioridades de Tel-Aviv marca un cambio de dirección en la relación de fuerza. Si EE.UU. ya ni siquiera tiene capacidad de forzar a su socio privilegiado en una negociación su valor como mediador está más en entredicho que nunca.

La pérdida de capacidad norteamericana frente a los israelíes tendrá dos consecuencias directas. Por un lado, dificultará cualquier nueva ronda en las negociaciones ad eternum. El liderazgo palestino tendrá mayores dificultades domésticas para aceptar a Estados Unidos como mediador en estas condiciones. Los israelíes no aceptarán a nadie más. Sin alternativas visibles, el diálogo seguirá congelado. Por el otro, la nueva política de EE.UU. será un elemento muy presente en las elecciones en Palestina previstas para este año. Ante la pérdida de esperanzas en la vía diplomática no sería extraño que el voto palestino optase por las opciones más beligerantes. Si esto acaba ocurriendo la nueva dirección de la política norteamericana frente al conflicto se habrá demostrado contraproducente: contribuyendo a una mayor inestabilidad y coartando más si cabe la ya difícil posibilidad de una solución justa y duradera, el negociador tradicional por excelencia se habrá convertido en un mediador pirómano.

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