Trump, la política exterior y las relaciones con Rusia

Uno de los asuntos más controvertidos y entre los pocos debatidos de la reciente campaña presidencial estadounidense en materia de política exterior, ha sido el del posicionamiento del candidato republicano, Donald Trump, sobre las relaciones que la potencia norteamericana debe tener con Rusia. A lo largo de la campaña y en diferentes discursos en los que ha ofrecido su visión sobre la política exterior estadounidense, Trump ha defendido la necesidad de mejorar las relaciones con el país euroasiático y de cooperar en asuntos de interés común como la lucha contra el terrorismo yihadista en escenarios como Siria. De igual modo, ha expresado su respeto por el líder ruso, en contraposición con sus críticas hacia líderes aliados como la canciller alemana Angela Merkel. Este posicionamiento ha suscitado diversas críticas, tanto desde sus rivales demócratas como de determinados sectores ideológicos del Partido Republicano como son los neoconservadores.

Las críticas arreciaron particularmente a raíz de las revelaciones realizadas por el New York Times sobre las actividades de consultoría y asesoría realizadas por el jefe de su campaña electoral, Paul Manafort, en Ucrania cuando gobernaba el presidente Víktor Yanukovich y por el que recibió diversos pagos, cifrados en un total de 12,7 millones de dólares. Este argumento fue utilizado por la campaña de la candidata Hillary Clinton para atacar a su rival, al igual que hicieron sus adversarios internos, particularmente del sector neoconservador consiguiendo su renuncia al puesto.

Con todo y dados los antecedentes ¿Puede presuponerse la existencia de una influencia decisiva por parte de Rusia en el candidato presidencial Donald Trump y en la política exterior que plantea desarrollar en caso de llegar a la Casa Blanca?

La respuesta a priori parece ser que no, y ello por varias razones. La primera de ellas es planteada por el propio medio encargado de realizar dichas revelaciones. Antes de nombrar a Manafort jefe de campaña, Donald Trump, ya había expresado su opinión positiva sobre el líder ruso. La incorporación de Manafort no implicó un cambio de Trump en sus posicionamientos sobre Rusia, las visiones de ambos convergían y el discurso de Trump en la materia no experimentó grandes cambios.  La visión que parece tener Trump sobre Putin es la del líder de una potencia extranjera con unos intereses propios, que consigue defender de manera enérgica y eso despertaría su admiración.

En segundo lugar cabe destacar la utilización política del caso Manafort en un momento de campaña presidencial y de grandes divisiones internas en el Partido Republicano. Esto se explica por la opinión mayoritariamente negativa existente en las élites y la opinión pública de Estados Unidos acerca del presidente ruso, considerado un rival geopolítico “hostil” a la potencia norteamericana y el líder de un Estado autocrático, que no se caracteriza por su respeto a la democracia o los derechos humanos. Posición ésta que se acentúa en el caso de grupos ideológicos de la política exterior estadounidense como los liberales intervencionistas demócratas –con los que Hillary Clinton ha sido vinculada por su apoyo a la intervención en Libia o la defensa de una política más enérgica que la de Obama en casos como Siria- o los neoconservadores republicanos, partidarios de una política enérgica e intervencionista en favor de los valores e ideales del pueblo estadounidense, que son precisamente los más críticos con el candidato republicano en política internacional. De hecho y en este sentido el propio Trump ha utilizado la imagen de Putin como adversario de Estados Unidos cuando le ha interesado, como ha sucedido en algunos anuncios de la campaña presidencial donde se critica el liderazgo de Hillary Clinton y su incapacidad de imponer respeto en los adversarios de Estados Unidos.

Finalmente y en tercer lugar, Trump no ha sido el único en intentar una mejora de las relaciones con Rusia. La propia Administración Obama a través de la conocida estrategia del Reset, implementada cuando Hillary Clinton ocupaba el puesto de secretaria de Estado, trató de mejorar unas relaciones que se habían enfriado notablemente después de la intervención rusa en Georgia. La presencia de Dmitri Medvedev, al que se consideraba un líder más razonable que el propio Putin, al frente de la presidencia rusa era uno de los elementos que para la Administración Estadounidense pesaron a la hora de llevar a cabo dicho movimiento estratégico. Sin embargo, el retorno a la presidencia de Putin, las crecientes desavenencias en torno a la cuestión siria y el conflicto de Ucrania llevaría a una situación de creciente tensión. Esto no ha obstado para cooperar de manera puntual en aquellos asuntos que ambas potencias han considerado de interés común como el plan nuclear iraní o la lucha contra el terrorismo yihadista. Algo razonable teniendo en cuenta que la colaboración de ambas potencias es necesaria para buscar una solución a diferentes desafíos surgidos en el marco del sistema internacional.

En definitiva, los planteamientos en relación a la posición de Trump en relación a Rusia vienen marcados más por el desarrollo de la campaña electoral con su consiguiente utilización de carácter instrumental como resultado de las percepciones de ciertas elites y de la opinión pública en torno a la figura de Putin, que al desarrollo serio de una doctrina de política exterior que pudiese acercar los posicionamientos de ambas potencias. Algo que Donald Trump todavía no ha sido capaz de elaborar de una manera coherente y que resultaría muy difícil de evaluar teniendo en cuenta sus continuos cambios de posición y rectificaciones, así como su escasa experiencia en la materia de cara a una hipotética presidencia.  Estos son, de hecho, los verdaderos puntos débiles de sus propuestas en política exterior. Tal y como ha recogido recientemente The Economist, incluso los funcionarios rusos afrontan cierta incertidumbre a la hora de tratar con las propuestas de Trump, además de ser conscientes de la menor experiencia del candidato republicano respecto de su rival, aun cuando el presidente ruso prefiriese la victoria del primero.

Lo que sí ha marcado este posicionamiento de Trump es una evidente diferencia ideológica sobre los presupuestos de cómo debe ser una política exterior entre los dos candidatos y la conveniencia o no de seguir algunas de las líneas maestras, especialmente en lo que respecta al intervencionismo militar, que han marcado el debate sobre la política exterior estadounidense de las dos últimas décadas. Teniendo en cuenta las debilidades de ambos candidatos y la incertidumbre que rodea a estas elecciones, el resultado final sobre este punto  no se conocerá hasta noviembre.

Autoría

1 Comentario

  1. Fernando
    Fernando 09-16-2016

    Y digo yo, hay algo de malo en que se mejore las relaciones entre Rusia y EEUU? Seria beneficioso para los dos paises, y para todo el mundo.

    En este sentido, Rusia es receptivo a unas buenas relaciones. Putin dijo hace poco preguntado sobre Trump: “El esta a favor de mejorar las relaciones entre los dos paises. Acaso debemos estar en contra de eso? Nosotros siempre estaremos a favor de que se reestablezcan las relaciones”.

    Dicho esto, dejando al margen las elecciones, por que esa mania de rodear a Rusia con bases de la OTAN? No es raro que Putin y Rusia esten mosqueados por tener radares y misiles a pocos kilometros de su frontera. Que opinaria la gente si Rusia despegase radares y misiles en Mexico a 30 kilometros de la frontera con EEUU?

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