Trump en Naciones Unidas: entre las elecciones y la ideología

Tal y como sucede todos los años, los representantes de los diferentes estados participan en la reunión de la Asamblea General de Naciones Unidas, que se celebra en septiembre durante una semana. Entre ellos cabe destacar una nutrida representación de jefes de Estado y de Gobierno. Dadas las repercusiones y difusión de dicho evento, los dirigentes aprovechan la oportunidad para lanzar discursos, en ocasiones de cierta vacuidad, en los que presumen del éxito en su política internacional e incluso nacional, critican a sus rivales, se plantean a sí mismos como un modelo alternativo a seguir (al modo de Macron), intentan ganar puntos en caso de aspirar a algún puesto de representación importante para su Estado en un organismo internacional y, en ocasiones, desgranan sus estrategias de política exterior.

En 2013, por ejemplo, el presidente estadounidense Barack Obama aprovechó la ocasión para anunciar una estrategia de mínimos orientada a la defensa de los intereses vitales de Estados Unidos en la región después de renunciar a intervenir en Siria. Con todo, suelen ser más comunes los discursos de presidentes estadounidenses en los que tienden a desgranar los éxitos y se plantean los principales desafíos de seguridad a los que se enfrentan.

El discurso anual de Donald Trump ha sido una mezcla de ambos, a los que sumó un toque relevante de ideología y se dirigió no sólo a una audiencia internacional, sino también a la doméstica, a mes y medio de la celebración de las elecciones conocidas como ‘midterms’, donde se elige a la práctica totalidad de los representantes, a un tercio de senadores y a buena parte de los gobernadores de los diferentes estados que componen la Unión. Diversos analistas han planteado la relevancia que estos comicios tienen para el desarrollo futuro de la Administración Trump.

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Esta dimensión interna pudo observarse de manera clara en su discurso ante Naciones Unidas, donde si bien gran parte de los temas que sacó a colación tienen una indiscutible relevancia internacional, algunos la tienen también por su impacto en la opinión pública doméstica y, además, conectan con el discurso electoral del presidente estadounidense, muy crítico con fenómenos como la globalización o los acuerdos comerciales multilaterales, así como con diferentes organismos internacionales. Esta crítica es compartida en buena medida por su base electoral y se contrapone a las preferencias de las élites tradicionales de la política exterior estadounidense, en parte desprestigiadas por los graves errores cometidos en las décadas recientes. Estas élites ya fueron denominadas The Blob por Ben Rhodes, viceconsejero de Seguridad Nacional de Obama y uno de sus asesores de mayor confianza.

Los posicionamientos ideológicos de Trump se conocen en la jerga de la política exterior estadounidense como ‘jacksonianos’. Es esta una corriente, recogida entre otras por el historiador de las relaciones internacionales Walter R. Mead, que aúna determinados posicionamientos en política internacional como la defensa del unilateralismo, la desconfianza en las instituciones internacionales, el desarrollo de una política exterior enérgica frente a los adversarios de Estados Unidos, y se identificarían con cuestiones identitarias como una forma de vida y un código de honor, presentes tradicionalmente en las comunidades rurales estadounidenses. Estas comunidades son las principales defensoras de esta visión
ideológica y constituyen, al mismo tiempo, una parte relevante de la base electoral del presidente Trump.

Esto se reflejó claramente en el discurso presidencial, del que fueron una parte importante las críticas a la globalización, ciertas organizaciones internacionales, los acuerdos comerciales multilaterales, el crecimiento del déficit, la inmigración ilegal o los adversarios de Estados Unidos. También el uso del término peyorativo globalista, que enlaza las críticas de la alt-right estadounidense y europea con el discurso jacksoniano de su política exterior. Dentro del escepticismo de Trump, y en referencia a los errores pasados cometidos por las élites de la política exterior estadounidense, también hizo referencia al rechazo a imponer la forma de vida estadounidense a otros países. Sus críticos han tendido a interpretarlo como una defensa o muestra de simpatía hacia estados autocráticos con los que se le relaciona, o como la renuncia a expandir los ideales y valores de EE. UU., pero también puede verse como una crítica hacia la política exterior desarrollada en el pasado y que se materializó en intervenciones, con negativos resultados, desde Somalia o los Balcanes hasta Irak o Libia. Éste es un aspecto que supone un punto de continuidad y no de ruptura con su predecesor.

La crítica a los adversarios también estuvo presente. Tanto China como Irán o Venezuela aparecieron en su discurso, aunque por razones diferentes. En el caso chino, criticó un comportamiento “desleal” que ha tratado contrarrestar mediante la imposición de aranceles y del objetivo declarado de reducción del déficit. La cuestión del ascenso chino y de su creciente asertividad (que, en todo caso, supone en último término un problema vital de seguridad) tampoco puede ser descartada. En el caso iraní, arremetió contra su intervención en crisis regionales y el apoyo a grupos considerados “terroristas”. Además, reconoció el problema para la seguridad y estabilidad regionales que supone la gestión del Gobierno venezolano.

Algunos aliados de Estados Unidos estuvieron selectivamente presentes. Su mención a países como Israel o Arabia Saudí refleja una nueva política regional que rompe con la del presidente Obama y en la que opta por acercarse a sus aliados tradicionales, descontentos con la política de su predecesor por la firma del acuerdo nuclear con Irán. También a estados como Polonia, en tanto se critica a otros como Alemania por su dependencia energética de Rusia en virtud de decisiones recientes. La mayor parte de los estados europeos estuvieron ausentes de su discurso.

También mencionó los supuestos éxitos de su política exterior; desde los que pueden ser objeto de mayor reconocimiento (como el de las negociaciones en marcha con Corea del Norte sobre su programa nuclear y su comportamiento disruptivo,  usando un lenguaje totalmente contrapuesto al del discurso de 2017), el incremento del gasto en defensa por parte de sus aliados o la renegociación de algunos acuerdos comerciales bilaterales, hasta las decisiones más cuestionables como el abandono del Acuerdo Nuclear con Irán o no postergar el traslado a Jerusalén de la embajada estadounidense.

En definitiva, su discurso combinó auto-reivindicación e ideología a partes iguales. E, independientemente de la fotografía fija de los medios en torno a las carcajadas provocadas por las exageraciones del presidente estadounidense, tiene importantes implicaciones a la hora de analizar los fundamentos de la política exterior desarrollada por esta Administración, además de constituir un evento electoral más en la importante cita de las midterms y lanzar a nivel global el importante debate intelectual entre soberanía estatal y globalización que ya estaba presente en el espacio transatlántico.

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