Tres confusiones sobre los referéndums

“Ho perso io, la poltrona che salta è la mia”. Así se pronunciaba Matteo Renzi el domingo por la noche, cuando, visiblemente emocionado, y aún sin datos oficiales definitivos, el Primer Ministro italiano reconocía que había ganado el “no” a la reforma constitucional en el referéndum constitucional por él convocado. Los especialistas en política italiana nos dicen que el domingo no sólo se votaba dicha reforma constitucional, sino que el referéndum había que leerlo fundamentalmente en clave de plebiscito sobre la gestión general del gobierno Renzi. Y así parece haberlo interpretado el propio Renzi, a juzgar por su creencia de que es incompatible esta derrota con la continuidad de su gobierno. Muchos nos dicen que esto supondrá un nuevo avance del populismo, y no pocas cancillerías e instituciones europeas parecen estar inquietas por la incertidumbre que se avecina. No faltan las voces que, de nuevo, culpan a los referéndums de este sindiós.

Vilipendiar los referéndums se ha convertido en un deporte de moda. Los ejemplos recientes del Brexit, el plebiscito colombiano sobre los acuerdos de paz con las FARC, y ahora el italiano, se han convertido en armas arrojadizas en manos de los detractores de los referéndums. Lo que ha sucedido en todos estos casos, según ellos, es un ejemplo obvio de la irracionalidad del pueblo, del peligro del populismo demagógico y de la inconveniencia de la democracia directa. Todos estos males, creen los mencionados críticos, se curarían con una buena dosis de democracia representativa, rociada de instituciones contramayoritarias, y muchos, muchos frenos y contrapesos. ¿Cuántas veces hemos escuchado decir que Cameron se equivocó al convocar el referéndum sobre la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea, y que este tipo de decisiones deberían quedar únicamente en manos de expertos y representantes? ¿Estaba capacitado el italiano medio para comprender el calado técnico de la reforma constitucional de Renzi? ¿Tienen razón estos críticos? ¿Debemos prescindir de los referéndums? ¿O tal vez limitar su uso a aquellos casos en los que, como algunos admiten cínicamente, estemos absolutamente seguros de que “vamos a ganar”? Creo que no, que los críticos no tienen razón y que los referéndums suponen un recurso valioso y absolutamente irrenunciable en nuestras democracias. El error de los críticos se basa, a mi juicio, en tres confusiones lamentablemente muy habituales sobre qué es un referéndum y cómo funciona. Veamos cuáles son.

La primera confusión es conceptual, y tiene nefastas consecuencias. Muchos consideran que el referéndum es una forma de expresión democrática, una más entre muchas otras posibles, por medio de la cuál la ciudadanía es consultada por sus representantes antes de que estos tomen una decisión final. Pero un referéndum, al menos del tipo de los que consideramos aquí, no es una forma de consulta previa en la que los representantes consultan a la ciudadanía como podrían hacerlo a un grupo de expertos. La idea muy extendida de que los referéndums pueden ser no-vinculantes ha contribuido a abonar esta concepción errónea. Un referéndum es un instrumento de democracia directa, una forma de decisión en sí misma, en la que la ciudadanía decide y ordena a sus representantes lo que estos deben hacer. En algunas ocasiones, el referéndum puede ser simplemente un buen complemento al funcionamiento de la democracia representativa. Pero en muchas otras, como justamente en aquellas de los ejemplos mencionados, el referéndum constituye una condición necesaria del ejercicio del autogobierno. Para ciertas cuestiones, sin referéndum no puede haber democracia.

Democracia significa soberanía popular, esto es, la ciudadanía debe tener la última palabra sobre los asuntos públicos que nos conciernen a todos. Esto es compatible, ciertamente, con la delegación de algunos poderes de decisión política a instituciones representativas, como el parlamento y el gobierno. Pero la ciudadanía debe reservarse siempre la última palabra, y algunas decisiones son incluso demasiado importantes como para ser delegadas en primera instancia, sobre todo cuando vemos que nuestras formas de representación son en muchos casos imperfectas y no aciertan a alinearse con la voluntad de la mayoría de sus representados. Pensemos en nuestra vida individual. Uno puede delegar muchas decisiones de la vida diaria en otros, pero algunas decisiones vitales -como la de qué estudiar, en qué orientar nuestra carrera profesional, con qué persona formar pareja, si es que con alguna, o si tener hijos o no, entre otras- son extremadamente importantes para nuestra vida, definen de una forma estructural nuestra identidad y nuestra vida entera. Nunca delegaríamos estas decisiones en un tercero. Si lo hiciéramos, dejaríamos de tener una vida autónoma.

Lo mismo ocurre, en el ámbito político, con aquellas decisiones que consideramos de naturaleza constitucional. Adoptar una nueva constitución o reformar la ya existente, decidir la salida (o ingreso) de un estado en la Unión Europea, firmar unos acuerdos de paz, o decidir sobre la secesión de una parte de un país, son decisiones extremadamente importantes que establecen los valores y objetivos que nuestras instituciones democráticas deben perseguir, y que forman parte estructural de nuestra identidad como sociedad. En nada se asemejan a las cuestiones de política legislativa ordinaria, como cuando regulamos por ejemplo el uso del suelo, los contratos privados o la prestación de servicios públicos. Las cuestiones de naturaleza constitucional, pues, no son delegables. La democracia requiere que la ciudadanía tenga la última palabra sobre ellas. Si no fuera así, el principio de soberanía popular y autogobierno –el equivalente público de la autonomía individual- no podría ser satisfecho. Y la única forma de que pueda hacerlo es precisamente la del referéndum. No hay otra. En este sentido, los referéndums son, al menos en estas ocasiones, necesarios e irrenunciables, como expresión única y última de soberanía popular. Es más, a los que piensen que los referéndums son mecanismos extremadamente temerarios y que la democracia sólo puede arrojar resultados sensatos cuando es fuertemente representativa, hay que recordarles que la victoria de Trump, o antes de Bush, y Berlusconi, y Chávez, y Orban, etc., se han producido en el estricto marco de la democracia representativa.

La segunda confusión habitual consiste en achacar al referéndum lo que en realidad es culpa de un uso indebido de este instrumento. El referéndum es un mecanismo de expresión de soberanía popular. Esto quiere decir que no puede convocarse dando por hecho que el resultado está asegurado o pre-determinado, y que además va a ser el que uno quiere. Convocar un referéndum es dejar la decisión final en otro, en la ciudadanía soberana, y por tanto el resultado no puede predeterminarse. Lamentablemente, a menudo los líderes políticos han pretendido utilizar esta herramienta de democracia directa como un instrumento de legitimación posterior de sus políticas o incluso de sus batallas internas por el poder. Este parece haber sido, al menos en parte, el caso de Cameron y Renzi, y también del caso colombiano, en la medida en que el “no” a los acuerdos de paz estaba liderado por Uribe y los demás opositores al gobierno de Santos. Artur Mas lo reconoció con aparente candor y gran cinismo cuando hace unos años sostenía que convocar un referéndum de independencia de Cataluña era la única forma de dar la última palabra al pueblo, y a la vez afirmaba que no pensaba convocarlo para perderlo, que sólo lo haría cuando estuviese seguro de “ganar”. En efecto, en esta lógica, pero sólo en ella, tiene perfecto sentido que Renzi haya anunciado su dimisión automática el mismo día de su “derrota”.

En democracia nunca puede darse nada por sentado. Es legítimo que uno tenga una opinión preconcebida sobre el tema del que se convocar el referéndum, pero no que desprecie absolutamente y de antemano lo que los otros defienden. Tanto en el caso del Brexit, como en el de Colombia, y ahora en el italiano, muchos han considerado que la opción obviamente correcta era la contraria a la que finalmente se impuso. Es en este sentido en el que consideran que el resultado fue un fracaso manifiesto. Tal vez tengan razón en que esa opción, la perdedora, era la correcta. Ahora bien, no deberían dar por sentado que su corrección era tan obvia. Cuando la mitad de una población compuesta por millones de personas vota a favor de una opción determinada es porque ven razones de peso para hacerlo. No es posible atribuir todos esos millones de votos a la ignorancia, la desinformación y la irracionalidad. Cuando la población se divide al 50% sobre una cuestión es porque dicha cuestión es cualquier cosa menos obvia. Y lo que deben hacer ambas partes, así como sus representantes respectivos, es escuchar atentamente y en serio los argumentos de los otros. Que en democracia a veces pierda la opción que uno considera correcta no es un fracaso de la democracia, ni es culpa del referéndum. Más bien es una consecuencia necesaria del éxito de la misma. Tal vez los recientes referéndums británico y colombiano supongan un fracaso, como de hecho concederé parcialmente en el punto siguiente, pero no lo son en todo caso porque la opción que nos parecía incorrecta resultara ganadora. Lo hubieran sido de todos modos si el resultado hubiera sido el inverso.

La tercera confusión es tal vez la peor de todas. Mucha gente confunde un referéndum con el acto de poner urnas en la calle y permitir que la gente deposite en ellas una papeleta con un sí o con un no. Pero los referéndums son instrumentos mucho más complejos y sofisticados que eso. Son además un instrumento delicado, que debe ser tomado en serio, y deben organizarse con muchísimo esfuerzo y cuidado. En primer lugar, el voto en las urnas no es más que el penúltimo paso en el largo proceso del referéndum –siendo los últimos el recuento y suma de votos, la devolución a la ciudadanía, y el análisis compartido de los resultados. El día de las votaciones es como el recital del pianista en el teatro y frente al público. Ese día se lo juega todo. Pero antes del concierto se ha pasado meses componiendo, estudiando, ensayando, preparándose. La votación en un referéndum equivale al acto de decisión, pero para que dicha decisión tenga valor el decisor –es decir, la ciudadanía- debe haberse preparado concienzudamente, debe haber identificado y evaluado la información relevante, analizado las alternativas, sopesado pros y contras, etc. La fase de deliberación democrática que debe anteceder a un referéndum es, por esta razón, absolutamente clave e indisociable de una decisión verdaderamente democrática. De que dicha deliberación posea la suficiente calidad depende, más que de cualquier otro factor, el valor de la decisión final. Y reducir el referéndum al mero acto de votar impide darse cuenta de ello. Impide ver que un referéndum es, como ya he dicho, un instrumento potente pero delicado, y sumamente exigente en términos de organización del proceso deliberativo conducente a la votación.

Pensemos en el ejemplo del Brexit una vez más. No sólo la deliberación durante la campaña estuvo plagada de mentiras y manipulaciones, sino que venía a sumarse a una historia de décadas en la que la clase política británica contribuyó a desinformar a su ciudadanía sobre el papel real de la Unión Europea. Durante años esa clase política utilizó el tema de la UE como un arma electoralista y no alimentó un debate profundo de razones y bien fundado sobre hechos objetivos. Cómo podía esta clase política pretender, después, que con unas pocas semanas de debate simplista, enconado y también manipulador la ciudadanía estuviera en condiciones óptimas para ejercer su soberanía última. La culpa del resultado del Brexit no la tiene el referéndum, la tiene el no haber hecho las cosas bien desde el punto de vista de la organización de todo el proceso. Lo mismo ocurre con la victoria de Trump. No es culpa de tener elecciones democráticas, sino de un complejo sistema electoral en el que no nos hemos tomado suficientemente en serio lo que significa que la ciudadanía posea la última soberanía.

Los referéndums son herramientas potentes e irrenunciables de soberanía popular, pero son también instrumentos delicados, y su organización es compleja y exigente. De modo que debemos tomárnoslos muy en serio, e invertir grandes esfuerzos en que funcionen adecuadamente. En caso contrario, nos abocamos a una profecía auto-cumplida, en la que el fracaso del instrumento derivará de la falta de compromiso y seriedad de aquellos que han abusado de él sin creer realmente en lo que significa. Pero, dado que no hay alternativa si creemos en la soberanía popular, es compromiso de todos mejorar el uso que hacemos de este instrumento. Y debemos advertir, con letras grandes y llamativas, que dicha profecía desemboca, en caso de auto-cumplirse, atención, en el fin de la democracia misma.    

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4 Comentarios

  1. Lonely Mountain
    Lonely Mountain 12-12-2016

    Excelente artículo. Ya era hora de que alguien defendiera ciertas obviedades democráticas. Algunos parecen saber ya a priori, como ungidos por cierto conocimiento divino, cual es el resultado “correcto” para ciertas cuestiones trascendentales… que siempre es, curiosamente, el que ellos abanderan, aunque millones de otros ciudadanos piensen otra cosa. Y cuando se hace un referéndum y la gente decide otra cosa por mayoría, en vez de asumirlo como un resultado de la libertad, la emprenden contra el procedimiento mismo del referéndum, minando la misma idea de autogobierno.
    Muy bien distinguido además de los peligros del plebiscito y de las “convocatorias chapuza” como el Brexit… no se ha dejado nada, enhorabuena!

  2. jesus alfaro
    jesus alfaro 12-20-2016

    Está muy bien, en efecto, hay mucha confusión en relación con las tres cuestiones que recoges en tu post. Sin embargo, creo que esos temas no son los más específicos del referendum. Lo más específico del referendum – constitucional, no de los locales – es su estructura como mecanismo para adoptar decisiones en el seno de un grupo: un referendum es un acuerdo adoptado por mayoría frente a una propuesta que se plantea a un grupo, de acuerdo con lo previsto en el contrato marco (la Constitución) que rige la vida del grupo. http://almacendederecho.org/la-naturaleza-juridica-los-acuerdos-sociales/
    De manera que un referéndum NUNCA puede plantearse fuera del marco del contrato que constituye la base de que exista el grupo en primer lugar. El referendum no puede servir para definir al grupo. Un referendum sin un grupo previamente definido por otra “norma” es una contradicción en sus propios términos.

    • José Luis Martí
      José Luis Martí 12-20-2016

      Gracias por los comentarios, Jesús. Estoy de acuerdo con mucho de lo que dices, pero no con todo. Primero, la constitución, como regla marco, se puede modificar. Nada más faltaría que no pudiera. Y por tanto un referéndum puede perfectamente ser utilizado para tomar una decisión sobre cómo cambiarla. De hecho, creo que debe ser así. Que un referéndum presupone un grupo es cierto. Presupone el grupo de los que van a votar en él. Pero claro que ese grupo puede, por medio de referéndum, aprobar una modificación de su definición del grupo. Por ejemplo, un estado puede, por referéndum, decidir unirse a otro estado o a una entidad supranacional, como la Unión Europea. No hay ninguna paradoja ni contradicción en ello.

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