¿Por qué es tan difícil la predicción del riesgo en violencia de género?

Convivimos con la violencia de género. Una afirmación dura pero real. De ahí que resulte tan complicado la percepción del riesgo, incluso, para las propias víctimas y su entorno. Y, de ahí, que la identificación del mismo por parte de las y los profesionales que trabajan en este ámbito no resulte fácil. Y es que la predicción del riesgo – identificación y detección del riesgo objetivo – en materia de violencia de género se ha articulado (y se articula) bajo las premisas de un modelo normativo de lo humano ‘varón’ que no ve amenazada su integridad física y moral ni su vida a través de actos que, normalmente, se suelen concretar en empujones, insultos, vejaciones, humillaciones, ridiculizaciones, amenazas, etc. Actos que si bien en cualquier otro tipo de violencia interpersonal no cabría prestar mayor atención, en el ámbito de la violencia de género, resultan cruciales ya que forman parte de un contínuum cuyo objetivo es el dominio y control de la víctima en su dimensión personal, familiar y laboral/profesional por parte del agresor. Por tanto, es importante precisar y entender que la violencia de género en el ámbito relacional de la pareja o expareja excede del hecho y/o agresión puntual porque se está ante un tipo de violencia que – con mayor o menor intensidad – es continuada en el tiempo y se basa en un modelo afectivo/relacional asimétrico y desigual. Los datos vienen a corroborar estos extremos cuando se observa cómo un 57,5% de los delitos instruidos por parte de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer en el tercer trimestre de 2017 (23.677 sobre un total de 41.194) han sido por lesiones y malos tratos englobados en el art. 153 CP. Esto es, ante lesiones leves, golpes o maltrato de obra sin causar lesión, etc. La Memoria de la Fiscalía General del Estado presentada en septiembre de 2017 en donde se recogen datos relativos a 2016 viene a corroborar estos extremos cuando señala que el delito por el que más se ha condenado en 2016 ha sido el de maltrato ocasional del artículo 153 CP (46,43%), seguido por el de amenazas leves del artículo 171.4 CP (18,77%). Con respecto a delitos como el stalking u hostigamiento son de reseñar las 150 sentencias condenatorias dictadas en 2016. En los mismos términos cabría aludir a los datos recogidos en el Informe del Consejo General del Poder Judicial sobre víctimas mortales de la violencia de género y de la violencia doméstica en el ámbito de la pareja o expareja correspondiente al año 2015 cuando en el análisis de casos y, en concreto, en el análisis del historial de denuncias previas antes del asesinato u homicidio se correlacionan las formas de violencia referidas por las mujeres en sus declaraciones. En este punto conviene prestar especial atención a los siguientes ítems:

  • En relación a la violencia física denunciada: a) En un 69% de los casos, las mujeres que posteriormente fueron asesinadas, denunciaron puñetazos y golpes; b) En un 15% de los casos denunciaron mordeduras, pellizcos y escupirlas; c) Por último, en un 8% de los casos la denuncia se circunscribió a empujones por las escaleras.
  • En relación al maltrato psicológico (amenazas e intimidación): a) En un 46% de los casos, las mujeres que posteriormente fueron asesinadas por sus parejas o exparejas, denunciaron amenzadas no específicas. Algunas refirieron amenazas de muerte; b) En un 38% de los casos denunciaron acoso a través de continuas llamadas telefónicas u otros medios; c) Finalmente, en un 54% de los casos las mujeres denunciaron insultos, desprecios y vejaciones.
  • Con respecto a la violencia económica, en un 15% de los casos las mujeres denunciaron el no tener acceso al dinero familiar y, por ende, la necesidad de tener que pedir dinero al agresor para cualquier compra.

Lo sucintamente expuesto evidencia la importancia – como pone de manifiesto el propio Consejo General del Poder Judicial en su informe – de “conocer la naturaleza de los hechos que las mujeres denuncian, para comprender que el maltrato – la violencia de género – es una cuestión de dominio y control”. Dominio y control que da sustento a un tipo de relación afectivo/convivencial desigual y discriminatoria para las mujeres pero naturalizada, en líneas generales, a nivel social salvo en los casos de agresiones más graves en donde la sanción y el reproche social es incuestionable. Dominio y control que refuerza el posicionamiento social del agresor en el sistema sexo/género y que no está dispuesto a ceder y/o perder. De ahí la importancia del replanteamiento de los mecanismos arbitrados para la predicción del llamado ‘riesgo objetivo’ en violencia de género puesto que los datos son contundentes y evidencian que en violencia de género no existe el riesgo bajo o no apreciado para las víctimas y tampoco el riesgo medio. En violencia de género el riesgo siempre es alto.

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