¿Son (im)posibles los Estados Unidos de Europa?

La UE está atravesando actualmente el momento más crítico de su historia ante la tan difícil negociación del Brexit, el interminable drama griego y la amenaza eurófoba protagonizada por la extrema derecha en tantos Estados nacionales. Ante este panorama es muy decepcionante la escasa capacidad de liderazgo propositivo de las autoridades comunitarias, aferradas a una inercia que es letal a medio plazo. La UE parece incapaz de renovar unas instituciones cada vez más disfuncionales, de revertir unas políticas económicas erróneas y de fomentar un sentimiento cívico paneuropeo. En lo esencial, si el neoliberalismo es intocable y el intergubernamentalismo tiene siempre la última palabra decisional, la UE no está a la altura de las circunstancias.

Es frustrante seguir con un confuso modelo de integración europea que no culmina nunca: no hay colapso total (puesto que la red de fondo de intereses compartidos es demasiado tupida para ser desmantelada por completo), pero sí parálisis o, en el mejor de los casos, políticas cortoplacistas y poco coherentes de sucesivos “parches”. Con los instrumentos que tiene, la UE sólo es capaz de gestionar de modo muy deficiente la inacabada crisis del euro, lo que plantea- una vez más- el debate sobre sus límites institucionales. Mientras la Comisión sea fundamentalmente un órgano tecnocrático, el Consejo Europeo un directorio de los Gobiernos nacionales y el Parlamento Europeo un foro fallido de representación popular con poderes limitados, el futuro inmediato es muy preocupante. No hay muchas razones para el optimismo pues la eventual reforma de los  Tratados no sólo es muy compleja en sí misma, sino que hoy es de hecho descartable por falta de suficiente consenso. El Brexit podría ser una oportunidad para intentar dar un salto cualitativo en la integración, pero apenas se vislumbran propuestas mínimamente ambiciosas, más allá de alguna sugerencia de reforzar la coordinación en asuntos de defensa y seguridad.

Además, muchos Estados no sólo no quieren ir más lejos en la integración, sino que desean renacionalizar competencias. Ante este panorama, parece abrirse camino el escenario de la institucionalización fáctica de la Europa de “dos velocidades”, algo que tiene pros y contras. Formalizar un “núcleo duro” podría impulsar la integración y, si funcionara, tal vez arrastraría a Estados más reticentes. Sin embargo, el principal riesgo es el de agravar el foso entre países europeos, unos “de primera” y otros “de segunda”, que acabarían descolgados y podrían caer en manos de los populistas. Consolidar las “dos velocidades” haría casi imposible la eventual mutualización de la deuda, obtener garantías bancarias comunes, dotarse de un presupuesto comunitario en serio o gestionar políticamente el euro.

Como la UE ha ido mucho más allá de la antigua CEE, la solución exige reformas estructurales profundas y radicales que impliquen regulaciones fiscales, redistribución social, ampliación de derechos políticos y mucha más transparencia. Puesto que ni el neoliberalismo, ni los populismos, ni la vuelta a la mítica  (e irreal) soberanía nacional pueden ser la respuesta, hay que atreverse a hacer propuestas más audaces, por utópicas que puedan parecer, al menos para intentar suscitar un debate público pluralista lo más participativo posible.

No deja de ser un tanto paradójico que algunos notables académicos realmente europeístas no dejen de insistir en que el proyecto de los federalistas europeos- los Estados Unidos de Europa (EUE)- es imposible e irrealizable, una quimera anacrónica e ingenua, un sueño muerto en 2005 (al fracasar la Constitución Europea) o- como máxima concesión- algo muy improbable (Chris Terry, Pol Morillas, José Ignacio Torreblanca). A mi juicio, no ayudan en nada con tan contundentes afirmaciones, por muy realistas que hoy sean. Los federalistas europeos ya sabemos que hoy no se dan condiciones ni objetivas ni subjetivas para aquel escenario, no hace falta que nos lo recuerden ni nos desanimen.

“Más Europa” y una “unión cada vez más estrecha”, si no son frases vacías y retórica insustancial, implican a largo plazo un escenario federal y- tomadas en serio- deberían desembocar precisamente en los EUE que, en el fondo, son la opción más racional, a la vez que la más difícil. Creo que los federalistas europeos deben ser más visibles y más concretos en su propuesta para difundirla y suscitar- al menos- un amplio debate teórico al respecto: es lo que está intentando Yanis Varoufakis con su proyecto (Democracy in Europe Movement 25) favorable a impulsar un período constituyente paneuropeo.

Admito que un proyecto federal europeo articulado está por hacer, pero se pueden trazar ya algunas líneas: 1) en el plano político se trata de reforzar las instituciones comunitarias supranacionales para hacerlas más representativas, más participativas y más garantistas, por tanto, más democráticas, 2) en lo económico, habría que dar paso a un Tesoro Europeo, la mutualización de la deuda (los “eurobonos”), ir hacia la unión fiscal, atribuir al BCE competencias en crecimiento y empleo y ampliar notablemente el presupuesto comunitario y 3) en lo social, además de recuperar vigorosos Estados del Bienestar, sería clave fomentar la solidaridad cívica paneuropea en tiempos de regresión nacionalista excluyente.

Un proyecto federal concreto, bien estructurado y presentado, serviría para poner de relieve las grandes ventajas de un escenario así, lo que podría captar el interés potencial de muchos ciudadanos y también de algunos europartidos (socialistas, liberales, verdes y sectores de la izquierda radical). Unos  eventuales EUE tendrían, en efecto, muchas ventajas sobre la actual UE: 1) resolverían la cuestión de la legitimidad ya que la UE de hecho sólo tiene (cuando la tiene) la funcional (por sus resultados), mientras que un Estado federal europeo descansaría en el principio de la soberanía popular, 2) se podría introducir una real división horizontal de poderes (Ejecutivo, Legislativo, Judicial), 3) la distribución de competencias sería mucho más clara, 4) se dispondría de un sistema fiscal integrado con mecanismos de compensación interterritorial, 5) se podrían armonizar los sistemas de welfare, 6) la competencia política interpartidista  sería paneuropea, 7) se integrarían todos los cuerpos diplomáticos, militares y policiales y 8) se dispondría de representación única en las instancias internacionales (ONU, FMI, BM, OMC y otras).

Es evidente que un proyecto tan ambicioso como éste es imposible si la mayoría de las élites y las opiniones públicas no lo asume- y es lo que ocurre hoy-, pero, al menos, ofrece un horizonte muy claro abierto al debate: es lo que estamos pidiendo los federalistas europeos. Mientras tanto, al no ser (aún) posibles  los EUE, hay que poner de relieve las contradicciones y disfunciones de un sistema que está averiado y hay que criticar frontalmente las pulsiones eurófobas reaccionarias. Ni el neoliberalismo de la austeridad a ultranza, ni el proteccionismo nacionalista son respuestas adecuadas: puesto que ya no es posible un keynesianismo nacional, la única fórmula es la de coordinar  en serio a todas las fuerzas progresistas y europeístas de la UE para salvarla de sí misma antes de que sea demasiado tarde.

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