Un socialismo de laissez-faire

Algunos socialistas piensan que los problemas actuales del PSOE se deben a una doble crisis de identidad y liderazgo que el partido lleva arrastrando desde los años noventa o incluso desde los tiempos de la transición a la democracia. Quizá no les falte razón.

En este momento de confusión, de indigencia doctrinal y carencia de imaginación política por parte de los dirigentes del partido, no son pocos los socialistas veteranos que se han acordado de la broma histórica con la que Marx abrió su Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte:

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Louis Blanc por Robespierre, el sobrino por el tío.

Ahora, creen estos socialistas veteranos, donde Marx colocaba al sobrino (Luis Bonaparte) en lugar del tío (Napoleón Bonaparte) habría que colocar a Susana, Pedro o Patxi en lugar de Felipe.

Los problemas de liderazgo del PSOE quizá puedan ser superados a partir del 21 de mayo con la elección de un nuevo secretario general, o quizá no. Ahora bien, la crisis de identidad y la falta de un proyecto político claro que sea capaz de concitar la adhesión y el entusiasmo de los españoles parece, sin embargo, más difícil de resolver, por mucho que se esfuercen los delegados del congreso convocado en junio.

Los que miran al pasado en busca de recetas que aplicar al presente –confieso que yo no me encuentro entre ellos– tal vez hayan reparado en la forma en que la dirección socialista resolvió los gravísimos problemas que el partido tuvo que afrontar entre 1972 y 1982. La crisis política abierta en 1972 con la división del PSOE entre los partidarios de la renovación y los seguidores del antiguo secretario general, Rodolfo Llopis, se resolvió en el famoso congreso de Suresnes de 1974 con la elección de Felipe González como primer secretario. La crisis de identidad que el viejo partido obrerista sufrió durante los últimos lustros de la dictadura franquista, cuando el PSOE estuvo a punto de quedar reducido a un mero «recuerdo histórico», llevó más tiempo resolverla.

Desde 1974, la inmadurez política del PSOE refundado en Suresnes fue suplida en gran medida por el «mucho liderazgo» del secretario general. «La capacidad de liderazgo y de arrastre de Felipe González nos ha servido para girar cuando había que girar en la dirección que había que tomar», explicó en 1996 Joaquín Almunia. La dirección que había que tomar no la tuvieron clara los socialistas durante unos cuantos años. Entre 1976 y 1981 el PSOE osciló más que nunca en su historia entre dos polos opuestos: radicalismo y pragmatismo, utopía y realidad; mientras su discurso esquizoide se debatió entre el retorno a un pasado revolucionario marxista y la resurrección de la tradición socialdemócrata más moderada.

Este proceso de renovación, de transfiguración ideológico-identitaria y maduración política se explica en un libro que la editorial Trea acaba de publicar: La «invención» del socialismo. Radicalismo y renovación en el PSOE durante la dictadura y la transición a la democracia. En el reducido espacio de un artículo es imposible mostrar en detalle cómo los socialistas superaron sus problemas en aquellos agitados años, pero sí me gustaría decir unas breves palabras sobre el instrumento más importante del que se sirvió la dirección del partido como reactivo de cambio ideológico, estratégico e identitario. Me refiero a la entonces tan en boga autogestión socialista, democracia real o directa, presentada como una tercera vía entre el centralismo burocrático comunista y la «complicidad» socialdemócrata con el capitalismo.

Políticamente, nunca especificaron los socialistas cómo sería esa democracia real, más allá de proclamar que afectaría a todos los ámbitos de la vida y que toda la población participaría en la toma de decisiones de una forma directa. Sin embargo, sí fueron muy explícitos respecto a la democracia económica que propugnaban. Miguel Boyer lo explicó en varios foros económicos y políticos en 1976 (para escándalo de no pocos empresarios y economistas).

El sistema propuesto por Boyer se inspiró en el proyecto autogestionario de los socialistas franceses e, indirectamente, en el modelo industrial yugoslavo. Pretendía superar, a través de un plan de economía descentralizada y, a la vez, planificada, tanto el «capitalismo desregulado» occidental como el «capitalismo burocrático de Estado» comunista.

Boyer propuso dividir el entramado empresarial español en tres sectores: uno estatal, otro autogestionario y otro privado. El estatal estaría constituido por un amplio sector público, socializado: se nacionalizaría todo el sistema financiero, la Sanidad, las industrias estratégicas (como la minería o las eléctricas), se expropiarían y se colectivizarían los latifundios y se crearían cooperativas agrícolas a partir de la concentración de minifundios. El segundo sector, el más importante (por ser el de mayor tamaño), sería el autogestionado directamente por los trabajadores, convertidos ahora también en gestores de todas las grandes y medianas empresas del país (expropiadas y socializadas por el Gobierno). Por último, los socialistas pensaban que las pequeñas empresas familiares debían permanecer en el ámbito privado, aunque debidamente «vigiladas» por el Estado.

Nacionalizaciones y expropiaciones masivas, colectivizaciones, socialización de los medios de producción, autogestión obrera… Los socialistas no habían apostado por un programa tan radical desde los agitados años treinta, cuando se exaltaba puño en alto la figura de Largo Caballero como el «Lenin español». Sin embargo, en octubre de 1982  el PSOE alcanzó el poder tras una arrolladora victoria en las urnas y con un programa electoral sumamente moderado, sustentado, según José María Maravall, en un proyecto «coherente» de gobierno que propugnaba no la revolución, ni la destrucción del capitalismo, sino su reforma, que asumía, en definitiva, «las esperanzas y las aspiraciones de la mayoría» de los españoles: la lucha contra el desempleo, la mejora de la productividad, la modernización del país, la vinculación a la Europa democrática, liberal. 

¿Cómo pudo el PSOE dar un giro tan radical en apenas seis años? Paradójicamente, el instrumento que les había servido para radicalizar sus posturas ideológicas les ayudó a reconciliarse con el liberalismo y la economía de mercado.

Como la autogestión yugoslava, caracterizada muy ingeniosamente por Rusinow como un «socialismo de laissez-faire» (en contraposición al «socialismo de Estado» de la Unión Soviética), el sistema autogestionario de descentralización y planificación propuesto por el PSOE en 1976 suponía la aceptación –bajo ciertos controles administrativos– del mercado capitalista por parte de los socialistas. Las decisiones serían tomadas en cada empresa, al menos en teoría, por los trabajadores mismos. Esto implicaría, según pensaban ingenuamente los dirigentes del PSOE, que los trabajadores, ahora también gestores, estarían dispuestos ante los incentivos que les ofrecía el juego del mercado libre a moderar sus salarios para hacer más competitivos sus productos e inyectar flexibilidad suficiente a un sistema económico que sería capaz de superarse a sí mismo sin tener que pasar por el trauma de las crisis cíclicas descritas por Marx en El capital.

La autogestión, vista así, sirvió como palanca de cambio entre una concepción estatalista de la economía –grabada a fuego en la tradición socialista– y otra descentralizada y dominada por la libre competencia, y preparó las mentes de los socialistas españoles –como antes había ocurrido en la Yugoslavia del mariscal Tito, a pesar de que la práctica autogestionaria en ese país no pasase de ser una «mera formalidad»– para aceptar con mayor facilidad las bondades de la competitividad y de la economía de mercado capitalista. Para dirigentes críticos con la ejecutiva de Felipe González como Pablo Castellano, este cambio en la identidad del PSOE hacia un «socialismo de laissez-faire» significaba «desdecirse de toda su historia».

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