Socialdemocracia: ¿y ahora qué hacemos?

El resultado de las elecciones del domingo en el Land de Baviera sirve como otro ejemplo más de las transformaciones que se están produciendo en el escenario político europeo. Los dos principales partidos en Alemania, la CSU y el SPD, pierden más del 10% de los votos respecto a la elección de 2013. En cambio, los verdes y la extrema derecha del AfD mejoran notablemente. Los primeros logran el 17,5% de los votos (un ascenso de nueve puntos respecto a 2013) y la extrema derecha entra por primera vez en el Parlamento con un 10,2% de las papeletas. Una vez más, llaman la atención las importantes diferencias en el comportamiento electoral del campo y la ciudad. Mientras que en las pueblos de menos de 5.000 habitantes la CSU fue el partido más votado con diferencia (43%), en las ciudades de más de 100.000 ganaron los verdes (28%).

Muchos sugieren que el declive de los partidos socialdemócratas y el ascenso de los partidos populistas de derechas están íntimamente relacionados. Los partidos socialdemócratas habrían ido perdiendo el apoyo de la clase obrera, su electorado tradicional, tras haber ido escorando hacia el centro sus propuestas económicas y mostrar una posición demasiado favorable hacia la inmigración. Al mismo tiempo, muchos votantes de la clase obrera tradicional se sentirían cada vez más cercanos a la oferta programática de los partidos populistas de derechas.

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Sin embargo, la evidencia disponible invita a ser cautelosos con esta narrativa, al menos en determinados países. Por ejemplo, en la elección del domingo en Baviera la fuga más importante de votos desde el SDP se dirigió al partido verde (230.000 votos), un número mucho mayor que los 30.000 que acabaron en manos de la extrema derecha. De forma similar, en las elecciones federales de Alemania de 2017 el SPD perdió un mayor número de votos en beneficio de los Verdes (760.000 votos) que en beneficio de la extrema derecha (510.000). En el caso de Holanda, donde el partido socialdemócrata se desplomó en 2017 perdiendo casi el 20% del voto, los antiguos votantes socialdemócratas apenas votaron por el partido populista de derechas (menos de un 5%), sino que apostaron en mayor medida por el partido verde o los socio-liberales de D66.

Por tanto, los partidos socialdemócratas no sólo se ven amenazados por los partidos populistas de derechas, sino también (incluso en mayor medida en algunos países) por los partidos verdes. Éstos se nutren a menudo de un electorado con un nivel educativo alto, urbano y valores marcadamente cosmopolitas, que se manifiesta en posiciones favorables a la inmigración y la integración europea; aunque existe una gran variedad ideológica dentro de estos partidos, especialmente en los asuntos económicos.

En las últimas décadas, los partidos socialdemócratas han conformado un electorado formado por dos grupos sociales diferenciados. Por un lado, una nueva clase media, favorable a la redistribución (especialmente, a las políticas de inversión social, como la educación o las políticas activas de empleo) y con un discurso favorable a la inmigración. Por otro lado, la clase obrera tradicional, también favorable a la redistribución (más orientada a las políticas de consumo, como la protección por desempleo) y más proclive a políticas migratorias restrictivas y el chovinismo del bienestar. La viabilidad de esta coalición de votantes en torno a los partidos socialdemócratas se encuentra en entredicho, particularmente en contextos electorales donde la inmigración adquiere una gran relevancia y existen alternativas electorales atractivas para ambos grupos sociales.

¿Cómo pueden estos partidos salir de la encrucijada? ¿Existe una estrategia ganadora para los partidos socialdemócratas en Europa? ¿Qué grupos sociales podrían potencialmente formar parte de una nueva coalición ganadora? Una posibilidad es que adopten una posición más dura en el debate migratorio o abracen el chovinismo del bienestar, remedando así a los partidos populistas de derechas. Así ha sucedido recientemente, en diferentes grados de intensidad, dentro de los partidos socialdemócratas de Dinamarca, Suecia o Alemania. Pero es muy probable que este viraje provoque un gran rechazo entre su electorado de clase media con un perfil más cosmopolita. Este podría haber sido el caso del SPD en las elecciones regionales de Baviera, ya que su mayor fuga de votos se produjo hacia los verdes. Este verano el Gobierno de coalición a nivel federal, del que forman parte los socialdemócratas, acordó endurecer la política migratoria.

Políticas de inversión social para las nuevas clases medias

En un trabajo académico reciente, los politólogos Tarik Abou-Chadi (Universidad de Zúrich) y Markus Wagner (Universidad de Viena) ofrecen una visión radicalmente opuesta sobre cuál debe ser la oferta programática de los partidos socialdemócratas para mejorar sus resultados. Defienden que la estrategia ganadora pasa por tratar de seducir a las nuevas clases medias a través de políticas que fomenten la inversión social y una defensa inequívoca de los valores cosmopolitas y las sociedades abiertas. Debido a que el tamaño del electorado de clase obrera es cada vez más reducido, es preferible que los partidos socialdemócratas logren el apoyo de aquellos grupos sociales en expansión. Estos grupos serían, por ejemplo, los profesionales socio-culturales (empleados del sector público con alta cualificación como médicos, profesores o trabajadores sociales) o trabajadores outsiders (sin contratos estables) con un alto nivel educativo (las mujeres están sobrerrepresentadas estructuralmente en ambos grupos).

En el contexto post-industrial de las últimas décadas, la competición política en Europa ha presenciado la aparición de nuevas dimensiones de conflicto. Un ejemplo en la dimensión distributiva es la distinción entre las políticas sociales orientadas a la inversión frente a aquellas orientadas al consumo; otro es el de la división que generan hoy las cuestiones culturales y/o post-materiales como la inmigración, la integración europea o la igualdad de género (‘libertarianismo’-autoritarismo, o universalismo-particularismo).

Las políticas de inversión social (social investment policies) se centran en la inversión en educación, investigación, políticas de activación para el empleo o el aumento de la participación laboral de las mujeres. Este tipo de políticas producen efectos beneficiosos en el largo plazo. En cambio, las políticas orientadas al consumo (consumption policies) se materializan en transferencias de renta que tienen efectos en el corto plazo. Este tipo de políticas ayudan a los individuos a hacer frente a la menor de renta debida a diversos motivos, como la edad (pensiones) o la pérdida del trabajo (protección por desempleo).

La literatura académica observa que los votantes con un alto nivel educativo y habilidades transferibles (como los profesionales socio-culturales) son más favorables a las políticas que priorizan las políticas de inversión sobre las de consumo. Por esta razón, si quieren conseguir el voto de las nuevas clases medias, los socialdemócratas deben abrazar de forma nítida estas políticas. Con ello corren el riesgo de incomodar al otro alma de su electorado, la clase obrera, que al estar formada mayoritariamente por trabajadores insiders, prefiere políticas pasivas, como la prestación por desempleo o una mayor protección de los puestos de trabajo.  

El rol de los intermediarios y una defensa inequívoca del cosmopolitismo

Abou-Chadi y Wagner reconocen que la posibilidad de que los socialdemócratas se beneficien electoralmente de las políticas de inversión depende de dos condicionantes. La primera condición tiene que ver con la fuerza relativa de los sindicatos y el nivel de centralización de su estructura. Si tienen una fuerte capacidad de influencia sobre las preferencias de una parte importante de los trabajadores insiders de clase obrera, los partidos socialdemócratas no obtendrán el rédito electoral esperado.

En segundo lugar, los socialdemócratas deben preocuparse también de la dimensión cultural de la competición política. Los autores muestran que cuando adoptan postulados cercanos al polo autoritario y anti-inmigración, se ven penalizados en las urnas. Por tanto, deben combinar políticas de inversión social con posiciones más favorables hacia la inmigración o la Unión Europea.  

En definitiva, el artículo de Abou-Chadi y Wagner ofrece una estrategia sugerente y arriesgada para los partidos socialdemócratas, bien distinta a la que estos partidos están siguiendo en muchos países. La solución a la encrucijada no pasaría tanto por competir con los partidos populistas de derechas por un electorado en declive (la clase obrera tradicional), sino en convertirse en un partido atractivo para una nueva clase media en expansión que, a pesar de su alto nivel educativo, se enfrenta a veces a carreras laborales inestables o intermitentes (especialmente, en el caso de las mujeres), da prioridad a las políticas de inversión social y abraza el cosmopolitismo.

Las elecciones del domingo en Baviera, a pesar de que respondan a un contexto muy específico, pueden servir a los partidos socialdemócratas en Europa para reconocer los costes electorales de adoptar una posición más ambigua o restrictiva en inmigración. Además, el hecho de que la conservadora CSU haya perdido en Baviera un número mayor de votos hacia los verdes (190.000) que hacia la extrema derecha (160.000) puede plantear un dilema similar en el flanco ideológico de la derecha. Una posible hipótesis es que los votantes de clase media de posiciones más centristas hayan abandonado la CSU decepcionados por su viraje ideológico en inmigración y preferido un partido más moderado y cosmopolita como los verdes.

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