¿Qué significará el 39º congreso federal para el PSOE? Concentración de poder y plurinacionalidad

Si queremos retener dos ideas para sintetizar qué ha significado el 39º congreso federal del PSOE, estas son plurinacionalidad y concentración de poder. Este ha sido el congreso de quienes vencieron en las primarias de mayo pasado, en las que ya quedó patente la transformación que se estaba produciendo en el seno del socialismo español. Y ahora esa transformación se ha concretado: adopción de la idea de España plurinacional, y evolución hacia una ejecutiva federal sin facciones.

Muchos analistas harán énfasis en el giro a la izquierda del partido en este congreso, aunque ese supuesto giro lo ha sido de momento más en el estilo que en el fondo. Y en cualquier caso no se apartaría de lo que ha sido el PSOE en este período democrático: un partido de izquierda plural que ha tendido a gobernar hacia el centro. No está claro que eso fuera a cambiar mucho con el nuevo equipo.

Algo que no podemos decir sobre los dos argumentos antes mencionados. Por eso, hay parte de razón en quienes afirman que este es un nuevo PSOE, en la medida en que estos dos aspectos marcan una novedad respecto a la historia del partido de los últimos 40 años, tanto en su estructura del poder dentro del partido, como en su concepción de la nación española. A diferencia de otros temas y cuestiones discutidas en esta cita congresual, ambos tendrán consecuencias a largo plazo, inciertas, pero seguras.

Por un lado, es la primera vez (desde Suresnes) que se confecciona una ejecutiva federal sin presencia de las diversas facciones principales en el partido. Entendamos por facciones no simplemente grupos territoriales, sino los núcleos de poder que definen la geografía política del PSOE. Originalmente más ideológicas, y a partir de los años 90s cada vez más basadas en su porción de poder autonómico. Desde Suresnes, cada congreso ha sido la victoria de uno de estos grupos (cambiantes y a menudo definidos por sus líderes en cada momento) sobre los otros, plasmada en una determinada correlación de fuerzas dentro de la ejecutiva. En el léxico socialista, a esto se le solía denominar organización ‘federal’, aunque en realidad era una configuración genuinamente faccional.

Esto ahora ha cambiado. Por primera vez, esta es la ejecutiva exclusiva del secretario general, en la que no están los verdaderos perdedores de las primarias (el 40% del partido), incluso si contabilizamos a Patxi López. Una ejecutiva sin los estrictamente ‘susanistas’, ni aquellos que la auparon de lejos y que podríamos identificar con la generación de Suresnes y sus descendientes, entre otros. Queda para la historia interna del partido el motivo de esta decisión: para unos, porque no fueron integrados; para otros, porque no se dejaron integrar.

Lo relevante es que esta homogeneidad en la nueva elite del partido se combina con otros elementos que refuerzan, por encima de todo, el liderazgo del nuevo o renovado secretario general: su elección directa con un apoyo indiscutible de casi la mitad de la base del partido; pero también la decisión de alterar la elección del comité federal, un tercio del cual ahora será elegido directamente por esas bases, a las que también se deberá consultar en las cuestiones más relevantes.

Es previsible que estos cambios acaben reforzando la autoridad del secretario general y de su equipo, en detrimento de las elites intermedias, los líderes territoriales (los ‘barones’) y otros grupos faccionales (como los entornos vinculados a los antiguos secretarios generales). Es una novedad más para el PSOE que para la política española: por razones diferentes, esta dinámica de concentración del poder ya se manifestaba en el PP, en Ciudadanos o en Podemos.

¿Con qué consecuencias? Sabemos relativamente poco sobre los efectos internos que producen las diferentes formas de gestionar el faccionalismo en sistemas de partidos similares al nuestro. En una investigación reciente basada en el estudio comparado del caso británico, canadiense, italiano y japonés, la politóloga François Boucek señalaba que la integración de las facciones en lo alto del poder de los partidos tenía efectos contradictorios: agitaban la vida del partido, creaban inestabilidad interna, producían incluso “mala gobernanza” pero también contribuían a prolongar el mantenimiento de los partidos en el gobierno al mantener al partido cohesionado hacia fuera. Pero cuando algunas de estas facciones ejercían el veto sobre el jefe del partido, como sucedió en la anterior etapa de Pedro Sánchez, el equilibrio frágil se rompía, situando al partido al borde de la fractura o el colapso.

Podríamos interpretar que estamos en esa dinámica. Sánchez ha decidido blindar su autoridad para evitar lo vivido en 2016. Pero con ello, también se eleva el nivel de riesgo en el enfrentamiento con sus opositores internos. Podremos observar las implicaciones de esta concentración del poder en algunos de los congresos regionales que se celebrarán en las próximas semanas. Allí el nuevo círculo dirigente, bajo la dirección organizativa de José Luis Ábalos, intentará evitar que los líderes autonómicos díscolos (en Aragón, en la Comunidad Valenciana o en Andalucía) conserven suficiente poder para tratar de seguir ejerciendo de contrapoder, esta vez desde fuera de la ejecutiva federal. Es en esas citas congresuales donde veremos el enfrentamiento interno que apenas se ha manifestado en este congreso federal. Y también veremos quién acaba ganando.

La otra gran novedad es la adopción del discurso de la plurinacionalidad. Novedad, ma non troppo. Recordemos que Felipe González y Alfonso Guerra se hicieron con el poder del nuevo PSOE de Suresnes, defendiendo que “el pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación” era la “definitiva solución del problema de las nacionalidades que integran el Estado español”. Por supuesto, luego este programa cambió. Tampoco hace falta recordar recientes posicionamientos de Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero e incluso Susana Díaz asumiendo la idea de ‘nación de naciones’ o incluso de ‘plurinacionalidad’. Es cierto que podemos mantener un cierto escepticismo sobre qué estaban entendiendo sobre estos conceptos cuando los utilizaban. La discusión sobre las naciones tiene ese carácter fangoso, en el que a menudo los significados tienen una relación espuria y peregrina con los significantes.

Pero en esta ocasión, no se trata solo de la adopción de la plurinacionalidad por parte de un congreso federal. Es también el discurso pronunciado por el secretario general en la clausura del congreso, afirmando un papel esencial del catalanismo en el proyecto del PSOE y en la España democrática. Tomadas con rigor, estas palabras tienen implicaciones muy relevantes sobre el presente y el futuro, incluso para reinterpretar la historia reciente del socialismo español.

Este nuevo discurso, emanado directamente desde el PSC, responde a una de las mayores debilidades demostradas por el PSOE en los últimos años: la pérdida del espacio electoral que apuesta por el federalismo o por una evolución pragmática en la concepción nacional española, como fórmula para superar el actual problema del secesionismo catalán e integrar las identidades diversas en otras regiones, cuya reivindicación va al alza. Como muchos de esos millares de votantes, que se han ido fundamentalmente a Podemos y a partidos de ámbito regional, son también de izquierdas, no siempre está claro qué prima más. Pero cuando el análisis se centra en territorios con fuerte identidad propia y partidos regionales que la representan, el socavón del espacio socialista es claro.

No obstante, si el sentido estratégico electoral de este nuevo discurso es evidente, lo son también sus costes potenciales. Por un lado, está por ver qué opinará una parte del socialismo español incómodo con planteamientos nacionalistas de este cariz. Por otro, el coste puede ser aún mayor si el PSOE vuelve a defraudar las expectativas de esos potenciales votantes federalistas a los que pretende recuperar. Y eso dependerá de la convicción con la que el ‘nuevo PSOE’ sea capaz de pasar de las palabras a los hechos en esta cuestión. En el fondo, ningún discurso de entendimiento entre los diferentes nacionalismos que existen en España podrá triunfar si no se fomenta sobre una decidida recuperación del conocimiento y aceptación mutuos de las culturas e identidades que conforman España. Algo de eso querían decir en los últimos tiempos Raimon (recientemente) o Jordi Savall (algo más atrás) cuando se quejaban del desdén con el que eran tratados por las autoridades políticas españolas. Es posible que muchos ya ni siquiera sepan a quiénes nos estamos refiriendo.

Por estos dos argumentos –concentración del poder y adopción de la plurinacionalidad-, el 39º congreso federal del PSOE tendrá fuertes implicaciones sobre la evolución del proyecto socialista. Solo hará falta esperar unas pocas semanas o meses para empezar a percibirlas.

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