Si Tsipras hubiese leído a Bickerton…..

Alexis Tsipras, primero como aspirante del Partido de la Izquierda Europea para presidir la Comisión y después como candidato de Syriza a dirigir el gobierno heleno, ha acertado al vencer el miedo a politizar el ámbito de decisión europeo y elaborar y defender un discurso contrario a las políticas de austeridad desde una posición favorable al proyecto de construcción europea, logro en el que ha adelantado a sus homólogos socialdemócratas.

Pero, Tsipras ha cometido un error (casi) imperdonable en Europa: romper la confianza que mantiene lo que, desde el libro imprescindible de Luuk van Middelaar El paso hacia Europa (Galaxia Gutenberg, 2013 [2009]), llamamos el ámbito intermedio o el círculo europeo de los Estados miembros. El Primer Ministro heleno actuó desconociendo que los países de la UE no solo juegan un papel por separado sino otro de forma conjunta, y que, por difícil que sea desde un país sometido a una dura condicionalidad, la tensión entre intereses estatales y europeos solo puede ser gestionada desde la mutua lealtad.

En otra referencia inexcusable, European Integration. From Nation-States to Member States (Oxford University Press, 2012), Christopher Bickerton defiende que la elaboración de políticas a escala europea es un instrumento de defensa de los gobiernos estatales frente a las demandas y expectativas públicas de sociedades cada vez más complejas, a las que no podrían responder en un contexto de creciente interdependencia. Para Bickerton, el Estado miembro, que sucede al Estado-nación, fruto del desmantelamiento en los años 70 y 80 del consenso keynesiano de post-guerra, es una nueva forma política caracterizada por la oposición entre sociedad y Estado.

Su argumento más controvertido es que el impulso del proceso de integración europea en los 80 y 90 sería la causa del distanciamiento entre ciudadanos e instituciones, debido a que en muchos momentos se constata que la lealtad europea de los gobiernos es más fuerte que la presión de sus sociedades, incluso cuando movilizan su descontento. En el análisis de Bickerton no hay espacio para poner en valor el papel conjunto de los Estados miembros desde el punto de vista de los intereses no solo europeos sino también estatales ni tampoco para la esperanza.

Esta lectura del proceso de construcción europea es una versión perversa de la tesis clásica de A. Milward, quien ya había interpretado el proyecto europeo como la tabla de salvación de los Estados, el último recurso que encontraron para satisfacer las nuevas demandas sociales. Y hasta el propio G. Majone en Regulating Europe había adelantado que los retos de la UE (que no podrían sortear los elementos redistributivos de las políticas) aumentarían el conflicto político y (a falta de una identidad europea lo suficientemente fuerte) reducirían la legitimidad de la UE.

Pero, Bickerton va más allá al defender que el proyecto europeo limita necesariamente el margen de decisión política tanto a escala europea como estatal y que esa reducción de la política es la única alternativa en un mundo globalizado. Siguiendo su línea argumental, la crisis de la democracia representativa no puede resolverse y el eje de competición izquierda-derecha pierde su significado y es substituido por una nueva división política básica entre defensores de la UE (quienes aplaudirían la contribución de las instituciones europeas al retroceso de lo público en el continente) y opositores a la rendición ante los mercados de la mano de la tecnocracia (llamados populistas).

No repara en que el diseño institucional de la UE facilita la adopción de decisiones en beneficio de la mayoría de los ciudadanos europeos frente a la mayor dependencia de los gobiernos estatales de sus clientelas y grupos de interés. Le sobrarían ejemplos para estudiar los efectos positivos para las sociedades de trasladar muchas decisiones al ámbito europeo en detrimento del estatal; pero, él no los ve. En ningún momento se pregunta por qué el proceso de integración europea, y especialmente monetaria, no gusta nada a eso que llamamos los mercados. Tampoco se plantea que en este mundo globalizado quizás la única posibilidad de mantener el modelo social europeo sea acelerar el proceso de integración política y llevar también al ámbito europeo un nuevo contrato social.

Desde que el 23 de abril de 2010 Grecia envía su primera solicitud de ayuda financiera, se movilizan fondos para apoyar a los países con dificultades a través de sucesivos mecanismos de estabilidad [desde la Facilidad de Crédito para Grecia hasta el actual Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), de carácter permanente y mayor capacidad]; se articula una coordinación más estrecha de la gobernanza presupuestaria a través del “six-pack”, el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza (TECG) o el “two-pack”; y se impulsa la unión bancaria a través del mecanismo único de supervisión (MUS), el Mecanismo y el Fondo únicos de resolución (MUR y FUR) y la Directiva relativa a los sistemas de garantía de depósitos. En definitiva, como era previsible, se acelera el proceso de integración en la eurozona y la brecha entre los países del euro y el resto de Estados miembros no deja de crecer.

Esta mayor integración podría leerse con las lentes del profesor Bickerton, poniendo el foco en la condicionalidad de las ayudas y en el modo de articular el nuevo marco de gobernanza presupuestaria. Pero, si Tsipras hubiese leído a Bickerton, quizás habría dado la vuelta ya a su argumento y planteado “la” pregunta: ¿cómo mejorar la democracia en la UE?

La semana pasada el Primer Ministro heleno acudió a presentar una nueva petición de ayuda al Parlamento Europeo, y tuvimos la oportunidad de escuchar a los portavoces fijando la posición de los grupos políticos. Tsipras dijo que su país había sido en los últimos cinco años el laboratorio de la austeridad, y que ésta había fracasado. El Partido Popular Europeo le acusó de dividir Europa; el Partido Socialista le pidió responsabilidad y carácter constructivo para salvar a Grecia y Europa; los Liberales le retaron a demostrar que es un verdadero “líder revolucionario” impulsor de las reformas necesarias en Grecia en lugar de un “accidente electoral” y un “falso profeta” que termine empobreciendo al pueblo heleno; y los conservadores británicos le recordaron que había dañado la confianza en Europa. La Izquierda, los Verdes, y hasta Marine Le Pen, se alinearon con Tsipras contra las políticas de austeridad.

¿No nos parece extraño el papel en la gestión de esta última crisis griega en particular y en la Unión Económica y Monetaria en general del Parlamento Europeo (empoderado por el Tratado de Lisboa en muchos ámbitos materiales)? Un primer paso en la mejora de la democracia europea podría ser la constitución de un mini Parlamento con los eurodiputados de los países de la zona euro, que (a la espera de que una nueva reforma de los Tratados aumente las atribuciones de decisión y control en materia económica y monetaria de la Asamblea) al menos debata públicamente sobre los temas en la agenda del Eurogrupo y las decisiones políticas del Banco Central Europeo.

Volviendo para concluir a El paso hacia Europa, el aviso a navegantes sería: afortunadamente Europa ha logrado salir del “infierno” de los Estados-nación; no tiene sentido ni dar marcha atrás hacia ninguna parte ni volar el único puente (el mundo intermedio de los Estados miembros) que conduce al “paraíso” de la Europa unida, aunque esté lejos y haga muy mal tiempo. Pero, éste no es un momento de avisos a navegantes, sino de demostrar generosidad, habida cuenta de que queda mucha tarea pendiente, sobre todo a la socialdemocracia europea, para demostrar que hay alternativa a las políticas económicas en el ámbito europeo y Bickerton se equivocaba.

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1 Comentario

  1. Julio
    Julio 07-13-2015

    Muy interesante. Acaso sea interesante un complemento: esta actuando Europa como tradicionalmente?

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