Si no investiga, es que no es una universidad

Más allá de reconocer la relevancia de la investigación en la Universidad, en varias ocasiones he expresado mi firme convicción de que si no investiga, no es una universidad. Soy consciente de que un planteamiento en negativo transgrede las normas del marketing más amable, pero no encuentro otra forma, de similar radicalidad, para expresar lo que considero una idea central sobre la identidad de la institución universitaria y sobre su papel en una sociedad compleja como la nuestra.

La investigación es una actividad nuclear para la Universidad y buena prueba de ello es que afecta de forma directa a todas las demás actividades universitarias. Obra a modo de contagio, de benéfico contagio. Su ausencia priva de sentido, en buena parte, al resto de sus quehaceres.

La Universidad del País Vasco (UPV/EHU), a la que pertenezco, se halla en estos momentos embarcada en la elaboración de un nuevo Plan Estratégico. Y la investigación, como no podría ser de otra manera, constituye uno de sus ejes fundamentales. Estamos diseñando nuevas políticas, y reforzando otras ya existentes, dirigidas a impulsar la investigación, porque sabemos que haciéndolo también podremos intensificar otras actividades universitarias. En concreto, dentro de nuestro plan: la formación, la relación con la sociedad, los recursos y las personas.

El modelo de Universidad claramente investigadora que defiendo exige apoyo a la juventud universitaria; políticas de generación, cuidado y atracción de talento; impulso a los grupos científicos más reconocidos, pero también a los emergentes; promoción de la actividad investigadora en los departamentos universitarios; creación de nuevas infraestructuras que potencien la relación con otros agentes de I+D+i; servicios de apoyo y gestión; impulso de la cooperación entre los grupos; creación de consorcios y redes internacionales, especialmente con grupos de prestigio; y, por último, promoción de programas de doctorado internacionales y partenariados europeos.

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El despliegue de todas esas actividades supone un serio compromiso y una decidida vocación por el trabajo. Y sólo pueden culminarse si la organización completa asume esa visión de la investigación como elemento nuclear. Insisto en la idea que expresaba al principio: una universidad investiga, y si no lo hace no es universidad; hablamos de otra clase de entidad.

Porque la investigación no retarda ni obstaculiza otras actividades universitarias, sino que las potencia. Una universidad que investiga proporciona mejor formación, porque añade a la transmisión de lo ya conocido la aportación cualificada de nuevo conocimiento. Debo insistir en que docencia e investigación no son procesos paralelos. Una universidad no sólo debe investigar porque esa tarea forme parte de la actividad de toda universidad que se precie, sino porque una que lo haga puede ser, precisamente por eso, un mejor centro docente. La docencia traslada conocimiento al alumnado, pero una universidad que al mismo tiempo que traslada conocimiento también lo genera está ofreciendo a su alumnado y a toda la sociedad un valor añadido; un valor que además, en términos competitivos, la diferencia de una meramente transmisora del conocimiento. La única forma de que el talento que circula por las aulas quiera y pueda quedarse en un determinado territorio o país es manteniendo el posicionamiento de la Universidad de ese territorio como un agente investigador de primer nivel.

Del mismo modo, una universidad que investiga establece lazos más sólidos con la sociedad en que se inserta, porque transfiere conocimiento y mantiene estrechas relaciones con los agentes sociales con los que acuerda esa transferencia. Es necesario subrayar que no hay una diferencia sustancial entre la investigación básica y la aplicada. La suposición de que la primera corresponde a dinámicas de conocimiento aisladas de los problemas reales es no comprender lo que significa la generación de conocimiento no sólo en nuestro tiempo, sino en cualquier otro momento de la civilización. La tecnología y la ciencia aplicada se han proveído constantemente de conocimientos previos a los que tal vez durante siglos no se les había reconocido ninguna utilidad, del mismo modo en que el desarrollo de procesos y tecnologías ha dado pie a descubrimientos mucho más amplios que su mera aplicación. Esa dialéctica constante entre ciencia y tecnología, entre el descubrimiento y el funcionamiento, entre la curiosidad intelectual en abstracto y la necesidad práctica más inmediata son un campo fértil de trabajo. Sobre esos intercambios se funda el avance científico y, con él, buena parte de nuestro bienestar social y cultural.

Por eso, la investigación universitaria cuenta con vías estables de transferencia de sus hallazgos a la sociedad, para que ésta pueda beneficiarse de los mismos. Los poderes públicos, las empresas y las asociaciones son beneficiarios potenciales de ese nuevo conocimiento. Y esa comunicación, intensa y cotidiana, supone un refuerzo en la relación de la Universidad con su entorno. La investigación, por tanto, no es sólo una herramienta para mejorar la docencia; también lo es para mejorar la relación de la Universidad con los agentes sociales públicos y privados.

La investigación es también un instrumento que puede propiciar una mejora sustancial en la financiación universitaria. En este campo, las europeas estamos en general bastante alejadas de otros planteamientos, como los de muchas universidades norteamericanas, en las que las fuentes de financiación son múltiples. Nuestro modelo se halla sujeto en exceso a la financiación vía Presupuestos Generales de las comunidades autónomas, con mucho menos margen para la obtenida a través de la prestación de servicios. Pese a ello, la investigación ya se está configurando en las últimas décadas como una nueva oportunidad. Así, nuestra universidad, la del País Vasco, obtuvo el año pasado casi 10 millones de euros por transferencia de conocimiento. He ahí, por tanto, otro terreno en el que la investigación, lejos de restar energías a otros quehaceres universitarios, los potencia.

Por último, hay una cuestión fundamental en la Universidad contemporánea, o al menos en el modelo que yo defiendo y para el que la investigación es igualmente indispensable: la Universidad concebida como ente transmisor de valores. No podemos eludir la responsabilidad social que recae en la institución universitaria, máxime cuando ésta es pública, en un momento de la historia en que la globalización, además de ventajas incuestionables, nos trae también realidades convulsas y el contraste, no siempre pacífico, de sistemas de valores radicalmente distintos. El concepto de excelencia de la Universidad pasa también por una excelencia ética, por una forma de hacer las cosas basada en principios morales entre los que no pueden faltar la igualdad entre hombres y mujeres, el respeto a todas las minorías, la promoción de los valores democráticos, el humanismo filosófico, la conducta ética en la investigación con seres vivos o el principio de igualdad de acceso a la Universidad de todas las personas intelectualmente preparadas, sin que los condicionamientos económicos o de otro tipo dificulten o impidan ese acceso.

También para la promoción de una Universidad socialmente responsable la investigación es una actividad necesaria. Porque ésta promociona el cultivo de conciencias críticas y autocríticas, y difunde una metodología, la metodología científica, que desconfía de los argumentos basados en la fuerza física o en la contundencia verbal. La investigación es así aliada de una Universidad basada en valores éticos, crítica con la realidad constituida y favorable al progreso; al progreso basado en una metodología sólida y, desde luego, renuente al uso de la imposición como instrumento de transformación.

La globalización nos expone a las miradas más lejanas y nos aboca, por tanto, a procesos cada vez más exigentes de competencia entre universidades. Es previsible que en el nivel de grado el volumen del alumnado no vaya a aumentar en los próximos años; de hecho, estamos asistiendo a una disminución paulatina; y en el nivel de posgrado la competencia, incluso en el marco internacional, ya es efectiva. Desde ahora, tanto las fortalezas como las debilidades de cada institución universitaria se hallan a la vista de la opinión pública, empezando por los rankings universitarios y terminando por los comentarios y las impresiones que cualquier persona dotada de experiencia en una universidad puede emitir en cualquier contexto, a través de cualquier medio y con capacidad de extenderlo con enorme efectividad.

Generadora de efectos múltiples, la globalización diversifica, en nuestro caso, los modelos universitarios, pero también puede contribuir a individualizar perfiles determinados: la competencia es una consecuencia lógica de la existencia de modelos distintos y estos modelos, a su vez, son el fruto de las decisiones que los preceden. En un mundo globalizado es importante saber qué valores tenemos en común las instituciones de Educación Superior pero, junto con ello, debemos conocer los valores que nos diferencian. Eso es lo que nos va a permitir tomar decisiones que redunden en beneficio concreto de la sociedad a la que nos debemos.

En ese contexto global tan competitivo, las personas responsables de la política universitaria debemos tener claro que la investigación trasciende sus fines (ya en sí mismos valiosos para el progreso social) y potencia todas las vertientes de la actividad universitaria. Y más allá de vislumbrar este hecho, es nuestra responsabilidad desarrollar políticas encaminadas a que, además de generar conocimiento, la investigación ayude a conseguir una docencia mejor, una sociedad mejor, una financiación mejor y una mejor interiorización de los principios éticos y sociales necesarios para una convivencia más próspera y más pacífica. Ésa es la política que defiendo para la Universidad del País Vasco porque estoy convencida de que, si conseguimos que esta visión impregne la cultura universitaria, habremos contribuido a construir una verdadera Universidad.

 

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