Si Keynes volviera a Alemania

Desde el sur de Europa es difícil formular una crítica creíble de la política económica que ha venido defendiendo el gobierno alemán desde 2009. La economía alemana está en pleno empleo y tiene un ligero superávit público, además de un abultado superávit corriente. El contraste con los registros de España, Italia o Portugal es notable. Quien se aventure a cuestionar la política de los gobiernos Merkel se arriesga a ser tratado como un ciego ante el peso de la evidencia o como un envidioso del éxito alemán. Jörg Bibow, que no sufre estos problemas, acaba de publicar un Working Paper en el que explica los orígenes del anti-keynesianismo en Alemania, al que responsabiliza de la crisis del euro.

El punto de partida de su argumentación es la constatación de la excepcionalidad germana en relación a la política macroeconómica, que ha quedado patente en los últimos años. Tras un breve paréntesis durante la fase más aguda de la crisis financiera, el gobierno alemán se convirtió de nuevo tras el descalabro griego en un ardiente defensor de la austeridad fiscal y las ganancias de competitividad como instrumentos para recuperar el crecimiento. Con su poder reforzado por su posición acreedora y el carácter refugio de su deuda pública en medio de la inestabilidad, el gobierno alemán consiguió que se adoptaran políticas que despreciaban la influencia de la demanda agregada sobre la producción y el empleo.

Bibow sostiene que la fijación anti-keynesiana no es una consecuencia inevitable de la experiencia histórica. Sí, Alemania pasó por un período de hiperinflación en 1922-1923, pero también sufrió la Gran Depresión y  fue por dos veces deudora postrada a merced de acreedores exteriores. La primera de esas veces contó con un defensor inesperado que trató, sin éxito, de poner la racionalidad económica por encima del deseo de venganza de los vencedores de la Primera Guerra Mundial. En efecto, Keynes participó en la delegación del Tesoro británico en la Conferencia de Versalles de 1919 y después criticó con presciencia el Tratado definitivo en Las consecuencias económicas de la paz, un libro de lectura recomendable en estos tiempos. La reconstrucción de la economía y la democracia en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial se benefició de la lección aprendida por los aliados, que decidieron ayudar al vencido con transferencias y condonar alrededor de la mitad de su deuda externa en la Conferencia de Londres de 1952-1953. 

En el frente teórico, el rechazo a las ideas de Keynes se produjo en gran medida por la vinculación entre el ordoliberalismo, una filosofía desarrollada por un grupo de economistas en el exilio interior durante el nazismo y el milagro económico de los primeros años de la república federal. En la economía social de mercado que preconizaban los ordoliberales la política macroeconómica debía centrarse en asegurar la estabilidad monetaria y fiscal, renunciando a la gestión de la demanda agregada. Aun así, desde finales de los sesenta, esta filosofía coexistió con un cierto keynesianismo atemperado bajo gobiernos socialdemócratas. Pero la combinación del choque de precios del petróleo, las subidas de salarios y el fin del sistema de tipos de cambio fijos ajustables de Bretton Woods lo desacreditó. Desde principios de los ochenta, el neoliberalismo alemán retomó nuevos bríos.   

El anti-keynesianismo alemán resulta pues de una interpretación selectiva de la experiencia histórica desde una perspectiva ordoliberal, cuya conversión en pilar de la política nacional debe mucho al Bundesbank. El banco central ha promovido una estrategia basada en el crecimiento de las exportaciones, el control de la inflación, la rectitud fiscal y la resistencia a las apreciaciones del tipo de cambio. Se ha creado así una mitología monetaria que ha impregnado de manera muy eficaz la sociedad alemana y casi toda la profesión económica.

Para Bibow, uno de los rasgos distintivos del modelo económico alemán es que solo funciona si el resto de socios comerciales se comporta de manera distinta. Mientras los otros países gasten más y tengan mayor inflación, Alemania tiende a crecer vía exportaciones e inversión, acumulando activos frente al exterior. Pero dentro del euro, las virtudes alemanas se convierten en vicios para el conjunto del área. Después de unos primeros años de estancamiento persistente, las autoridades económicas alemanas decidieron rebajar sus costes laborales relativos, sembrando la semilla de la posterior crisis. Desde 2010, han pretendido que los demás países del euro sigan la misma política que Alemania, prolongando la recesión y exportándola al resto del mundo. El resultado ha puesto a Europa de rodillas y al euro al borde de la desintegración. Aunque la acción del BCE evitó lo peor, el ajuste asimétrico (en el que los países con superávit corriente se desentienden de la corrección de los desequilibrios) y la inadecuada orientación de la política macroeconómica siguen frenando la recuperación de la economía europea. Según Bibow el problema de fondo no se superará hasta que no se aborde la creación de una unión fiscal y de un tesoro europeo, aunque sea de manera gradual.

El afilado análisis de Bibow nos recuerda la trascendencia de las elecciones que se celebrarán en Alemania en septiembre de 2017. Sobre todo después de que el acceso de Martin Schulz a la candidatura del SPD haya convertido en competitivos unos comicios que parecían hace poco tiempo un nuevo paseo para Merkel.

La zona euro necesita dejar atrás la etapa política de la crisis. A pesar de la mejoría de la coyuntura, todavía predominan la desconfianza, la recriminación y los dedos acusadores a los países que no son suficientemente virtuosos. Frente a la tarea de desgaste de la negociación del Brexit y una nueva administración en EEUU con una estrategia de nacionalismo económico agresivo, los países del euro necesitan iniciar un camino, gradual pero con una dirección firme, hacia el fortalecimiento de la unión monetaria y la recuperación de la prosperidad y de la cohesión social.

Para que este giro que tantos europeos esperan sea posible, es imprescindible que la política económica alemana vuelva a descubrir a Keynes. Sería el momento de aflojar los corsés y adoptar medidas domésticas que son buenas para Alemania y buenas para el área euro, como la subida de los salarios y el aumento de la inversión pública. El crecimiento, el empleo y la confianza en el futuro de la unión monetaria saldrían reforzados, al tiempo que se moderaría un poco el poco presentable superávit corriente de la primera economía del área. En un entorno más favorable, Alemania podría liderar con el interés común como verdadero objetivo el avance gradual hacia una unión fiscal.

Esperemos que gane quien gane las elecciones, en Berlín se den cuenta de que con las heridas de la crisis aún abiertas y tal y como se ha puesto el mundo, empecinarse en el status quo es una invitación al desastre.

Artículo escrito en colaboración con el Blog NewDeal – Blog de Política Económica

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Autoría

3 Comentarios

  1. Mycroft
    Mycroft 03-22-2017

    Tal vez es Alemania la que debiera salir del euro.

  2. Miquel Puig
    Miquel Puig 03-23-2017

    He leido el working ppaper de Bibow, autor que desconocia.
    Es difícil evitar la conclusión de que, según Bibow, los gestores económicos de Alemania (occidental) lo han hecho casi todo mal desde el principio.
    Seguro que a los alemanes les podía haber ido mejor, pero como les ha ido relativamentte muy bien, es difícil evitar la conclusión de que quizás Bibow esté un poco sesgado

    • Gonzalo García Andrés
      Gonzalo García Andrés 03-27-2017

      Tal y como yo he entendido la argumentación de Bibow no es que lo hayan hecho todo mal, ni mucho menos. Sino que los buenos resultados económicos, innegables, se atribuyen a sus políticas macroeconómicas y no a otros fundamentos de su economía social de mercado como las relaciones laborales, la educación o la formación. Seguro que tiene su sesgo, como todos, pero es meritorio que, siendo alemán, huya de la corriente dominante y recuerde que esa política macroeconómica es parasitaria, vive de lo que gastan los demás y, por tanto, no se puede generalizar sin el empobrecimiento de todos.

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