Si de verdad queremos acoger, empecemos por aquí

En esta crisis migratoria de décadas, pasamos estos días hojas de calendario cargadas de significado. Al periplo del Aquarius y el sonado #chiudiamoporti le ha seguido toda una serie de propuestas en cadena: el ministro de Interior italiano sopesa de nuevo el rédito electoral del brazo firme con el anuncio de un censo de población gitana mientras que, al otro lado de los Alpes, otro ministro de Interior contraataca la política de asilo de Merkel con nuevas estrategias de expulsiones y cerrojos. El Consejo Europeo, presionado por los conflictos internos de éstos (y otros) estados miembros, discute esta misma mañana fórmulas para alejar a forasteros sin carta de visita de la Europa fortín. Al otro lado del Atlántico, Trump ensaya su política de tolerancia cero con despiadadas estrategias persecutorias a todo aquél que ose cruzar a la otra orilla de Río Grande.  

Nos estamos empezando a acostumbrar a que instituciones democráticas garantes de derechos y libertades se dediquen a discutir la extensión y los límites jurisdiccionales cuando se trata de pasar de las palabras a los hechos. ¿Qué procedimiento administrativo le puede permitir a Salvini crear un registro sólo con personas de una raza? ¿Bajo qué parámetros? ¿Qué protocolo pondría en marcha la Administración Trump para separar a niños y niñas de sus padres? ¿A quién mandaría Seehofer a sus plataformas de desembarco? ¿Cómo sabemos quién huye de verdad y quién finge huir? ¿Qué huidas son legítimas y cuáles no? ¿Con qué fin justificable tomamos huellas dactilares, ponemos pulseras o encerramos en jaulas? El creciente autoritarismo de leyes, normas y órdenes que pasan de ser política migratoria para convertirse en otra cosa se encubre con la mecanización de su gestión. Las ideas pueden ser irracionales, inmorales o inhumanas, pero los procedimientos son concretos y las instrucciones precisas. 

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La politóloga Wendy Brown se preguntaba hace ya casi una década en su libro Walled States cómo podía ser que los estados-nación levantaran muros en sus fronteras a pesar de proclamas de interconexión global. Las tensiones entre lógicas contrapuestas son inherentes al mundo en que vivimos y la disonancia es cada vez mayor. Estos abanderados de la rabia y la furia saben que sus estrategias del terror no frenarán los desplazamientos humanos masivos mientras continúen existiendo multitudes condenadas a una vida de miseria. Saben que aunque se empeñen en actuar en solitario, la única solución a largo plazo es la acción coordinada y multilateral. Lo saben, pero no cesan. ¿Por qué?

La respuesta a la pregunta está acreditada con una reciente, pero muy abundante, literatura académica preocupada por entender las causas que hay detrás del resurgimiento de partidos xenófobos y de extrema derecha en Europa: en nuestras sociedades cada vez más diversas y abiertas, unos partidos minoritarios con enorme capacidad de arrastre sobre todos los partidos capitalizan sentimientos anti-inmigrantes que obedecen a razones de base identitaria y social mucho más que económica. La amenaza étnica, junto a ese otro sentimiento de nostalgia por la pérdida de soberanía nacional, parece actuar de chivo expiatorio por tensiones que están en otro lugar. Estos partidos han conseguido canalizar un malestar y, con la ayuda de potentes altavoces mediáticos, preparan el terreno a líderes dispuestos a vender su alma al diablo.

¿Qué pasará después, cuando hayan ejecutado sus órdenes, agotado los procedimientos y ensayado sus maquinarias y descubran que no han podido contener estos flujos migratorios de alcance global? Quizá se apacigüen las aguas o quizá sigamos encaminándonos a un futuro cada vez más distópico, pero mientras tanto las fuerzas progresistas, o simplemente democráticas, tendrán que hacer algo más aparte de llevarse las manos a la cabeza.

La decisión de permitir el desembarco del Aquarius en el puerto de Valencia del recién estrenado Gobierno español tuvo la fuerza del ejemplo, como escribía con acierto Máriam M-Bascuñán. Pero la línea que separa el gesto honroso del fariseísmo puede ser delgada. En nuestro país hay miles de menores no acompañados (MENA, los llamamos) que se encuentran en un limbo legal y un pozo de la desprotección y se concentran en las principales ciudades de nuestro país. Hay miles de mujeres que trabajan al servicio de hogares españoles sin contrato que regule la relación. Existe una economía sumergida en la agricultura, la industria o los servicios que ofrece condiciones míseras de trabajo mientras mantiene dividendos. No es necesario hacer un catálogo, pero añadamos la variable ‘origen’ a todas las situaciones de vulnerabilidad social, desde el desempleo, los desahucios, el abandono escolar o la pobreza y en su cenit veremos claramente sobrerrepresentadas a personas que nacieron más allá de nuestras fronteras. Si de verdad queremos acoger, empecemos por aquí.

Ignorar esta realidad es negar desafíos importantísimos a nuestra cohesión social. En la cumbre europea de este domingo, Pedro Sánchez debe comprometerse a cumplir con la cuota de refugiados que todos los países miembros acordaron hace ahora tres años y que España ha incumplido desde el principio. En la reunión deberían de estar sobre la mesa las estrategias que abordan el problema de fondo, que no es otro que los enormes desequilibrios de desarrollo global, pero en paralelo Sánchez tendrá que prometer firmeza con el control de las fronteras y la inmigración irregular. La entrada de personas por las costas españolas e italianas son un problema para los países que reciben después las solicitudes de asilo, principalmente Alemania, y esto está haciendo peligrar la política de asilo comunitaria. El desafío será contrarrestar los métodos que la Lega Nord está dispuesta a aplicar. Pero no lo olvidemos, de todas las realidades en Europa la italiana es la que tenemos más próxima.

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