¿Si cambiamos los líderes cambiarán sus políticas?

Aunque parezca mentira, las CUP y Ciudadanos comparten una misma línea roja: ambos partidos supeditaron (o dicen que  supeditarán) su participación en un pacto de gobierno a un cambio de liderazgos. Los anticapitalistas lograron su objetivo el pasado enero y Artur Mas tuvo que dar un paso al lado para posibilitar un gobierno independentista. Estas últimas semanas Albert Rivera ha anunciado por activa y por pasiva que “[n]o apoyaremos a Rajoy. No queremos que siga gobernando”. El rol del liderazgo político es innegable en una era de hiperpersonalización de la competición política, pero su efecto es más discutible a la hora de gobernar el día a día de un país.

Desde los años 90’ ha habido una tendencia a lo que Wattenberg llamó candidate-centered politics, una política centrada en los candidatos más que en los partidos. Este hecho es fácilmente comprobable si se comparan los carteles electorales de las últimas décadas, que han pasado de resaltar las siglas e ideología del partido en cuestión a simplemente mostrar los rostros de los principales candidatos. Esto es especialmente cierto para la mayoría de nuevos partidos, que surgen y/o ganan notoriedad a partir de una creciente atención mediática a sus líderes. Los casos de Pablo Iglesias y Albert Rivera en España lo demuestran, pero hay casos en Francia (Le Pen), Italia (Beppe Grillo) o Reino Unido (Nigel Farage).  Incluso hasta cierto punto el meteórico ascenso de las CUP se puede relacionar con el rol de David Fernàndez.

Los líderes son una pieza clave en la demoscopia y no hay encuesta que se precie que no incorpore alguna pregunta sobre la valoración de los líderes políticos. La ciencia política ha probado en diversos estudios que la valoración del líder es uno de los determinantes del voto, juntamente con la identificación partidista, la ideología y ciertos factores socioeconómicos. La influencia de los líderes no es, pues, un factor menospreciable en la etapa electoral de la competición política. En el supuesto que un elector dude entre votar a dos partidos ideológicamente similares, valorados de manera parecida e igualmente viables, el elector podría hacer uso de un atajo como la valoración de los diferentes líderes para decidir qué papeleta elige. Los electores buscamos una afinidad con nuestros representantes y esta se materializa en la valoración que hacemos de los distintos líderes. El liderazgo importa, sin lugar a dudas, a la hora de definir quién recibe más o menos apoyos pero, ¿importa a la hora de tomar decisiones?

Imagínense que se tuviera que elegir el mejor candidato para un partido y sólo hubiera dos opciones. Por un lado, una candidata (x) en el fin de su carrera política, experimentada pero salpicada por escándalos de corrupción, mientras que la otra candidata (y) es una persona de mediana edad, una cara fresca pero con cierta experiencia. Pongamos que en un contexto de volatilidad electoral la mayoría opta por la candidata x para minimizar pérdidas electorales y aun y así se consigue formar gobierno. Una vez en el gobierno, debido a un imponderable no relacionado con la política x debe abandonar su cargo y es sustituida por y. ¿Cambiará el rumbo de un mismo gobierno en el que solo cambia el liderazgo? En otras palabras, ¿importan los líderes a la hora de decidir las políticas públicas que influyen en el bienestar de la ciudadanía?

Jones y Olken publicaron en 2005 el artículo “Do leaders matter?” (“¿Importan los líderes?”), que justamente trata de responder esta pregunta. Para hacerlo utilizan todos aquellos casos en que ha habido un cambio de liderazgo por razones totalmente ajenas a la política cuando el líder muere o tiene un accidente, excluyendo los cambios que se dan en contextos de violencia (guerras o revueltas) y después de elecciones, puesto que en estos casos el cambio puede estar relacionado con las características del líder o del contexto electoral del país. Usando este experimento natural, sus datos demuestran que los líderes sólo importan cuando su poder está poco limitado, es decir en autocracias donde el poder del líder no está controlado por otras instituciones. En cuanto hay otras instituciones que limitan el poder del liderazgo, la influencia personal en las políticas públicas mengua. En una democracia, pues, la presencia de un líder político u otro en un mismo gobierno no tiene una influencia significativa en las decisiones políticas que se tomen aunque sí pueda repercutir en la influencia que puede ganar su partido a la hora de formar mayorías. 

Este estudio nos señala que un gobierno del PP sin Rajoy tomaría las mismas decisiones que uno encabezado por el actual presidente, igual que el actual gobierno de Puigdemont está tomando las mismas decisiones que hubiera tomado uno liderado por Artur Mas. Si bien es cierto que no se puede desdeñar el rol del liderazgo político, puesto que influye en las correlaciones de fuerzas, las personas no son lo esencial a discutir en la política. No querer pactar con un partido u otro es totalmente legítimo pero no se puede justificar en base al personalismo. Una de las ventajas del funcionamiento de la democracia es que limita el poder político personal. Los pactos se deben basar en programas y políticas públicas específicas que, en caso de incumplimiento, justifican la retirada del apoyo parlamentario y una eventual caída del gobierno. Como ya se ha visto en Catalunya, un pacto basado en el liderazgo, tiene los pies de barro, ya que un gobierno democrático no se basa en quien lo encabeza, sino en quién lo sostiene.

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