Sexismo

Muchas investigaciones nos demuestran que las actitudes hacia las mujeres son enormemente positivas. Así pues, ¿es el sexismo algo del pasado? Los psicólogos sociales concebimos las actitudes sobre el género como un aspecto del sistema de creencias sobre el género: creencias interrelacionadas acerca de lo que son los hombres y las mujeres (actitudes y estereotipos); sobre las normas respectivas en cuanto a su comportamiento y sus roles en la sociedad (es decir, cómo deberían ser y comportarse: estereotipos prescriptivos de los roles de género); y sobre la propia evaluación respecto a los rasgos relacionados con el género. Por ejemplo, parte del sistema de creencias de una persona sobre el género radicaría en el hecho de si ésta aplica dobles estándares, es decir, si piensa que hay comportamientos que están bien para los hombres, pero no para las mujeres, y viceversa.

¿Qué es el sexismo? Obviamente, no se trata de una actitud negativa hacia las mujeres (es decir, una simple antipatía); de hecho, las mujeres son muy apreciadas en nuestra sociedad. En vez de eso, en el corazón del sexismo se halla el contexto económico, social y político en la sociedad, de modo que la función del sexismo es mantener a las mujeres en posiciones inferiores y limitar su desarrollo en estos contextos. Entre los componentes del sexismo se hallan la hostilidad hacia las mujeres no-tradicionales, el escepticismo acerca de la igualdad de derechos y también el hecho de evaluar a las mujeres, pero no a los hombres, sobre la base de su apariencia externa. Por ejemplo, si el atractivo femenino, pero no el masculino, de los políticos fuera objeto de escrutinio, esto se calificaría como sexista.

Existen diferentes concepciones del sexismo, y estas se han ido perfeccionando con el paso del tiempo. El sexismo “anticuado”  producía actitudes sesgadas hacia los derechos y los roles de las mujeres, el tratamiento diferencial de hombres y mujeres, y estereotipos acerca de la incompetencia de las mujeres. Un ejemplo es la frase “el liderazgo intelectual en una comunidad debe estar en gran medida en manos de los hombres” (ver Spence y Buckner, 2000). El sexismo no tan sólo está relacionado con la igualdad de género, sino que también la predice (Brandt, 2011). Se realizó un estudio en 57 países. Cuanta más gente estaba de acuerdo con la frase “los hombres son mejores ejecutivos de negocios que las mujeres”, más alta era la desigualdad objetiva de género en la nación en cuestión unos años más tarde, medida con un instrumento objetivo de las Naciones Unidas para este fin. Esto supone una sólida prueba del hecho de que las actitudes sexistas hacia las mujeres obstaculizan su avance. Cuanto más arraigada está en una cultura la creencia de que las mujeres no pueden o no deben elegir determinadas carreras, menos éxito tienen las mujeres.

Como es fácil de imaginar, el porcentaje de personas que tienden a estar de acuerdo con declaraciones tan vergonzosas como la de la superioridad intelectual de los hombres ha disminuido mucho desde la década de 1970. En estudios más recientes han surgido actitudes igualitarias. Un instrumento que se supone que debe medir el sexismo es útil sólo si las personas difieren notablemente en sus respuestas al respecto de este instrumento. A medida que más y más personas apoyan roles no tradicionales de género, las medidas tradicionales de sexismo se vuelven menos útiles (Kite, Deaux y Haynes,  2008). Por lo tanto, se han desarrollado varias escalas nuevas.

El sexismo moderno es más sutil y más encubierto que el sexismo flagrante anticuado y, por lo tanto, puede detectar diferencias en actitudes sexistas que la escala anticuada no podía discernir (ver McHugh y Frieze, 1997). Las escalas de sexismo modernas miden la negación de la discriminación constante de las mujeres, la falta de apoyo a las políticas que mejoran la condición de la mujer en la sociedad, y la oposición contra los movimientos feministas para obtener la igualdad de derechos (Swim y Cohen, 1997). Un ejemplo sería la frase “En los países occidentales, la igualdad de género fue alcanzada hace mucho tiempo.” Las personas que están de acuerdo con esta afirmación serían clasificadas como sexistas modernas.

La teoría más influyente sobre una versión moderna del sexismo fue desarrollada por Peter Glick y Susan Fiske (Glick, Diebold, Bailey-Werner y Zhu, 1997; Glick, Fiske, Mladinic et al., 2000). Los autores comenzaron analizando las relaciones de género en las sociedades patriarcales. Argumentaron que, a nivel social, el patriarcado se caracteriza por la dominación masculina. Sin embargo, las relaciones son diferentes dentro de parejas heterosexuales: en el nivel de la relación, los hombres dependen de las mujeres. De este modo, los hombres ostentan el poder en la sociedad, pero la reproducción sexual presta poder a las mujeres cuando se trata de relaciones personales. Esta complicada situación conduce a la ambivalencia hacia las mujeres. Debido a esta ambivalencia, el grupo de mujeres está dividido en diferentes subtipos que se evalúan de una forma muy diferente – la dicotomía Madonna-prostituta (Glick y Fiske, 2001) (véase también el “marianismo” en las culturas latinas, por ejemplo, Torres, Solberg y Carlstrom, 2002). Sin embargo, la ambivalencia también puede estar dirigida a diferentes aspectos de la relación con una mujer soltera. Como el nombre indica, el sexismo ambivalente está compuesto por aspectos tanto positivos como negativos referentes a las relaciones de género.

El sexismo hostil tiene similitudes tanto con los prejuicios típicos como con el sexismo moderno: contiene a la vez negatividad hacia las mujeres y negación de la discriminación. Por ejemplo, el prejuicio se expresa con frases del tipo “Las mujeres se ofenden demasiado fácilmente”, mientras que la negación de la discriminación da pie a otras como esta: “Cuando las mujeres pierden ante los hombres en una competencia justa, por lo general se quejan de haber sido discriminadas”. Estas citas comparten un tono negativo hacia las mujeres.

El aspecto más innovador de la teoría del sexismo ambivalente es el sexismo benevolente, que es la forma más peligrosa de sexismo. El sexismo benevolente se define como “actitudes interrelacionadas hacia las mujeres que son sexistas en cuanto a la consideración estereotipada de la mujer y limitadas a funciones restringidas, pero expresadas en un tono de sentimiento positivo (para quien las percibe) y que también tienden a provocar comportamientos normalmente tipificados como pro-sociales (por ejemplo, echando una mano) o buscando intimidad (por ejemplo, sinceramiento)” (Glick y Fiske, 1996, p. 491). Tanto el sexismo hostil como el benevolente justifican la desigualdad entre hombres y mujeres. El primer ingrediente del sexismo benevolente es el paternalismo benevolente. Refleja una relación entre hombres y mujeres similar a la existente entre un padre y un hijo: el padre domina y toma las decisiones, pero también protege a su hijo: la frase “Las mujeres deben ser apreciadas y protegidas por los hombres” ilustra esta actitud. El segundo ingrediente es la diferenciación complementaria de género, en referencia a los estereotipos femeninos positivos. “Los rasgos favorables atribuidos a las mujeres compensan las carencias estereotipadas de los hombres”(Glick y Fiske, 1996, p. 493). Por ejemplo, “En comparación con los hombres, las mujeres tienden a tener un sentido más refinado de la cultura y del buen gusto.” La mujer es la “mejor mitad” del hombre. El ingrediente final del sexismo benevolente es la intimidad heterosexual. Según Glick y Fiske, esta es una poderosa fuente de ambivalencia de los hombres hacia las mujeres, porque las mujeres son las guardianas de los recursos que los hombres realmente quieren tener, como el sexo. Un ejemplo sería la frase: “Cada hombre debe tener una mujer a la que adorar”. Este tipo de afirmaciones sugieren que los hombres están incompletos sin una hermosa mujer a su lado.

¿Por qué consideramos peligroso al sexismo benevolente?

Porqué permite que grupos privilegiados (es decir, los hombres) mantengan una auto-imagen positiva: en comparación con “la desigualdad injustificada en las relaciones de género”, proteger a las mujeres y darles lo que necesitan suena mucho más aceptable. Aunque estas representaciones de las mujeres parecen subjetivamente positivas, la exposición a las mismas puede tener consecuencias negativas. A los presentes efectos, basta con señalar que las mujeres aceptan el sexismo benevolente mucho mejor que el sexismo hostil. Las mujeres tienden a aceptar las declaraciones sexistas benévolas tanto como los hombres (véase Glick y Fiske, 2001). De este modo el sexismo benevolente engaña a las mujeres, llevándolas a aceptar la desigualdad disfrazada como diferenciación. Además, el sexismo hostil y sexismo benevolente están relacionados positivamente. Esto significa que las personas que apoyan el sexismo hostil también tienden a apoyar el sexismo benevolente. Este es el caso tanto para una cultura determinada como para todas las culturas: “Las naciones en las que el sexismo hostil fue fuertemente avalado eran aquellas en las que también se apoyaba el sexismo benevolente, lo que indica que a nivel sistémico estas ideologías son complementarias, justificaciones de apoyo mutuo del patriarcado y de las relaciones de género convencionales” (Glick y Fiske, 2001, p. 112). Además, tanto el sexismo hostil como el benevolente están relacionados con la desigualdad de género objetiva presente en una determinada nación (Glick et al., 2000). El apoyo al sexismo benevolente puede ser reducido mediante el suministro de información sobre sus efectos nocivos (Becker y Swim, 2012).

Según la teoría del sexismo ambivalente, las actitudes positivas hacia las mujeres se limitan a aquellas mujeres que conforman el papel tradicional de la mujer (Glick y Fiske, 1996). Por ejemplo, Haddock y Zanna(1994) encontraron más actitudes positivas hacia amas de casa que hacia feministas. Esto es similar al modelo de contenido de los estereotipos (Fiske, Cuddy, Glick y Xu, 2002) según el cual las actitudes positivas son típicamente dirigidas a los grupos más altos en calidez y más bajos en competencia (por ejemplo, amas de casa), mientras que los grupos más altos en competencia y más bajos en calidez despiertan menos simpatías (por ejemplo, las feministas). Considerando que el sexismo hostil predice actitudes negativas hacia las mujeres que violan los roles de género tradicionales, como las mujeres de carrera, el sexismo benevolente predice actitudes positivas hacia las mujeres tradicionales, como las amas de casa (véase Glick y Fiske, 2001). Por lo tanto, las mujeres pueden elegir entre roles en los que se las aprecia y roles por las que se las castiga – una estrategia muy elaborada para el mantenimiento de la desigualdad de género.

Aunque por lo general no hace falta decir que el sexismo está dirigido a las mujeres, también hay sexismo contra los hombres. Este es un ejemplo interesante donde se invierte el patrón de habla típico. Normalmente,  se habla de “fútbol” y “fútbol femenino”, hay gerentes y gerentes femeninas. La masculinidad se da por sentada a menos que se mencione  lo contrario. Con el sexismo, es al revés: Se supone que se dirige a las mujeres a no ser que se indique lo contrario. El sexismo ambivalente contra los hombres también está compuesto por un componente hostil y otro benevolente (Glick,  Lameiras,  Kiske, et al., 2004.). “Los hombres siempre lucharán por tener un mayor control en la sociedad que las mujeres” e “Incluso si ambos miembros de una pareja trabajan, la mujer debería estar más atenta a cuidar de su hombre en casa” ilustran estos factores, respectivamente.

En resumen, aunque las actitudes hacia las mujeres son por lo menos tan positivas como las actitudes hacia los hombres, no se puede decir lo mismo de las actitudes hacia la igualdad de género. Por el contrario, el sexismo sigue vivo y coleando. Cuantas más personas crean que las mujeres deben tener  roles diferentes en la sociedad que los hombres y que los hombres son más competentes en papeles de alto estatus que a las mujeres, menos igualdad de género existirá. Una forma sutil y moderna del sexismo consiste en negar que las mujeres sufren aún un trato discriminatorio. Aún más sutil es el sexismo benevolente, una actitud subjetivamente positiva y caballerosa hacia las mujeres que, no obstante, está íntimamente relacionada con el sexismo hostil y con la discriminación en contra de las mujeres, especialmente contra aquellas que detentan roles no tradicionales.

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