¿Será Iceta (o Parlón) quien escriba el futuro del PSOE?

Lejos de ser un evento ‘regional’, las ‘primarias’ que se celebran este fin de semana en el PSC para escoger a su Primer Secretario (equivalente al Secretario General del PSOE) pueden condicionar decisivamente el futuro del PSOE En otros tiempos, la disyuntiva entre los dos candidatos, Miquel Iceta y Nuria Parlón, habría suscitado poca incertidumbre. Sin obviar los méritos de la joven alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet (novena ciudad de Cataluña en población, en la que ni exCDC ni ERC tienen representación municipal, y en donde se reflejan –más que en ninguna otra población catalana- los límites y contradicciones del actual movimiento independentista), el liderazgo de Miquel Iceta genera pocas dudas dentro y fuera de su partido.

Elegido hace dos años, el mismo día que su homólogo Pedro Sánchez, Iceta se encontró (es un decir, porque pocas personas conocían ya entonces la organización interna como él) a un partido que había pasado en pocos años del predominio social e institucional al declive electoral acelerado, desprestigiado políticamente, castigado por sus votantes tradicionales, abandonado por los jóvenes y diezmado por las escisiones. Hablamos del PSC, no del PSOE. Todavía.

En estos dos años, el itinerario político de Iceta ha ido en paralelo al de Sánchez, pero su rendimiento presenta notables diferencias. Ha conseguido apaciguar la zozobra interna que caracterizó los años previos (lo cual siempre es más complicado, paradójicamente, en organizaciones menguantes), ha estabilizado precariamente la base electoral del PSC, y ha resuelto con solvencia el papel de representar y escenificar el discurso forzosamente ambivalente de un partido que solo puede sobrevivir mientras se resista a la polarización suscitada por el debate territorial e identitario. Algunos de quienes mejor reconocen sus cualidades (en esto siempre hay gustos para todos) son sus propios adversarios políticos, a quienes beneficia tener un representante parlamentario que trata de tomarse en serio planteamientos que a veces resultan poco o nada consistentes. Y en los tiempos de la política twittera, Iceta además tuvo la habilidad (o fortuna) de hacerse viral entre los que solo acceden a la política a base de memes y emoticonos, gracias al bailoteo al estilo Queen. Un cierto sarcasmo para un socialdemócrata de la vieja escuela (ya se movía como fontanero en la Moncloa de Narcís Serra), que conoce atentamente –como hacen pocos ya en el socialismo español- los derroteros de la socialdemocracia europea. Un significativo contraste con la orientación más anglosajona que sugiere el proyecto de tesis doctoral de Parlón sobre la teoría política de Rawls.

Podría parecer que, con estos méritos, cualquiera habría consolidado su liderazgo en el partido. Sin embargo, Iceta quizá no las tenga todas consigo ante Parlón. Aunque las diferencias ideológicas son inevitablemente imperceptibles, porque no las hay, la oposición a Iceta tiene dos razones de peso: jóvenes siempre favorables a un relevo generacional, a los que se unen todos aquellos notables locales que aspiran a tener más mano directa en las decisiones del partido. Quizá no sean motivos sustanciales para el electorado que aún le queda al PSC, pero suelen ser los incentivos que mueven la disputa interna por el poder en los partidos, en los que, con permiso de Pascal, ‘el corazón (de los militantes) suele tener razones que la razón (de los votantes) no siempre alcanza a comprender’. En este contexto, los afiliados del PSC se enfrentan al dilema de escoger entre lo viejo conocido y lo nuevo por conocer. Y de esa elección entre dos políticos profesionales, uno consolidado y otra con mucha proyección por delante, dependerán las respuestas que se den a las tensiones que parece esperar al grupo parlamentario socialista del Congreso en breve.

Los diputados del PSC rechazarán la investidura a Rajoy en los próximos días, con independencia de quién gane las primarias. Se trata de una cuestión de supervivencia electoral para un partido que ha definido su espacio político en Cataluña por oposición al PP. Con ello, no solo tratará de mantener el tipo ante el ímpetu de Podemos y los Comunes (que alcanzaron la primera posición en Cataluña en las elecciones generales de los pasados meses). También le permitirá al PSOE la expresión de una voz plural (y, cierto contradictoria) para ejercer simultáneamente la responsabilidad institucional y la responsividad electoral ante el mal trago de hacer presidente a Rajoy sin apenas contraprestaciones. Una decisión que la mayoría de sus votantes desaprueba, según las encuestas que se van conociendo en los últimos días.

Es posible que, en ese contexto, la dirección provisional del PSOE y sus principales líderes territoriales traten justamente de abortar cualquier tipo de indisciplina. Con ello, intentarían que los costes derivados de permitir la presidencia de Rajoy fueran compartidos colectivamente por todos los diputados. Hay que tener presente que, cuando la presidencia recaiga de nuevo sobre Rajoy, un político más inteligente de lo que se han cansado de caricaturizar sus adversarios, este volverá a recuperar plenamente todos los resortes a su alcance: no solo los que le otorga la preeminencia del ejecutivo ante el legislativo, y la mayoría absoluta en el Senado, sino también la posición estratégica del PP en las autonomías gobernadas por los socialistas (donde Podemos aprovechará cada momento para exponer la vulnerabilidad de los barones del PSOE) y el control indirecto sobre las finanzas autonómicas que ejerce el Ministerio de Hacienda desde que España se encuentra intervenida de facto por la Unión Europea. No hay relato que pueda soslayar esa realidad. En ese escenario, los cálculos de quienes forzaron la defenestración de Sánchez pronto pueden verse superados por el curso de los acontecimientos de una legislatura que transcurrirá en las trincheras parlamentarias.

El intento de impedir la indisciplina podría desembocar en un replanteamiento de las relaciones entre el PSOE y el PSC. Aunque hay margen para actualizar esa relación, siempre cabe el riesgo de que la debilidad de ambas fuerzas políticas precipiten una dinámica imprevisible, que se acabe llevando por delante una alianza inevitablemente caracterizada por su ambivalencia y fragilidad. Ambivalente, porque en ella se han conseguido representar electoralmente desde el statu quo españolista (de quienes se oponen a cualquier renegociación sustancial del pacto territorial recogido en la Constitución de 1978) hasta el independentismo pragmático (de quienes, siéndolo en algunas autonomías, anteponen las prioridades sociales o el simple realismo político a otras reivindicaciones de identidad nacional más difusas). Y frágil, como se ha podido constatar estos últimos años, porque cualquier tipo de polarización en cuestiones territoriales, de autogobierno o de identidad rompe el programa y el electorado de los socialistas. En una época en la que los matices, la ambigüedad y la complejidad penalizan electoralmente a quienes así los manifiestan, la alianza entre PSOE y PSC se muestra altamente vulnerable.

Aunque quizá por ello esta alianza resulta particularmente necesaria para evitar que la polarización se lo lleve todo por delante. Además de mortal políticamente para PSC y PSOE, resultaría toda una paradoja que el fin de la alianza forjada por Guerra, Obiols y Raventós hace casi 40 años fuera el impulso definitivo para Podemos, cuando este ha decidido importar esa fórmula para ganar atractivo electoral y flexibilidad organizativa en territorios como Cataluña y Galicia. Precisamente, la creación del partido catalán de Ada Colau puede suponer el gran test de resistencia que deberá afrontar el PSC en los próximos meses. Algunos de los líderes locales que se sientan perdedores en el próximo congreso del socialismo catalán podrían verse tentados por buscar nuevas perspectivas en el partido de Colau. Lo que también puede suceder en otros territorios del PSOE. Como nos enseñaron los casos de manual de la UCD o el PASOK, el derrumbe de un partido no se produce tras una debacle electoral sino cuando sus dirigentes intermedios o locales abandonan el barco en masa para unirse a los adversarios. Ante este tipo de dinámicas perversas, la inflexibilidad de las elites del partido suele ser muy contraproducente.

Quizá la magnitud del escenario sea demasiada para que la simple elección entre un candidato u otro determinen su evolución. Pero el diferente grado de experiencia acumulada por cada uno de los candidatos, y el de sus expectativas de cara al futuro pueden ejercer una influencia trascendental en la evolución de las relaciones entre PSC y PSOE, y en las opciones realistas que conserve este último por recuperar el terreno perdido en la gobernabilidad de España.

La foto corresponde a la comida de Agenda Pública en la que Miquel Iceta y Núria Parlón conversaron con académicos, políticos y periodistas y que moderó Albert Sáez, Director Adjunto de El Periódico.  

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