Seis mensajes de las elecciones canadienses

Canadá fue a las urnas el lunes 19 de octubre y otorgó al Partido Liberal una resonante victoria (39,5% del voto, mayoría absoluta en la Cámara de los Comunes y primera fuerza en todas las provincias salvo Alberta y Saskatchewan). Su líder Justin Trudeau reemplazará como Primer ministro a Stephen Harper, protagonista de una década de gobierno federal al frente de los conservadores que obtienen ahora unos resultados mediocres (31,9% y 60 escaños menos). Las elecciones permiten muy diversos análisis pero aquí se exponen las conclusiones que podrían resultar más interesantes desde una perspectiva española. Al fin y al cabo los dos países tienen un peso económico e internacional bastante similar y, además de compartir año electoral, también hay importantes semejanzas políticas internas: un sistema bipartidista tan erosionado hasta el punto de que sólo con mucha pereza puede ya aplicársele esa etiqueta, un debate público muy dominado por la idea de renovación, o una estructura territorial compleja y plurilingüe sometida a tensiones secesionistas. Los mensajes son seis:

1. No sólo de pan vive el votante

Sobre todo si se trata de un pan que está algo duro. En principio, el principal activo de este largo ciclo conservador residía en el buen desempeño económico: Canadá sorteó la crisis financiera mundial de 2008 y eso le valió a Harper la reelección. No es extraño que los principales lemas de campaña usados por su partido hayan sido “Proven leadership for a Stronger Economy” y “Protect our Economy”, aderezados con menciones a otros elementos de poder duro como la seguridad o la fortaleza. Pero esta vez la estrategia de apelar al bolsillo con más crecimiento o promesas fiscales no ha funcionado. Para empezar, porque la desaceleración global y la caída de los precios de la energía (el petróleo representa el 30% de las exportaciones) han frenado el PIB que este año apenas subirá el 1%. Pero incluso si la situación fuera menos sombría, gran parte de la opinión pública estaba decidida a considerar elementos menos materialistas en su voto. Un ambiente de polarización recorría el país en torno a debates muy intensos sobre cuestiones medioambientales, libertad religiosa, derechos de los aborígenes, legislación antiterrorista o, en fin, la ruptura del añorado estilo consensual que habría caracterizado Canadá en el siglo XX.

2. El ABC de la política es convencer para ganar

Pese a sus logros de antaño, la figura de Harper suscitaba ya muy pocas simpatías y para la mayoría de canadienses la cuestión consistía en calcular si el cambio vendría de la mano de los liberales centristas o de los socialdemócratas del NPD que en 2011 habían quedado en segundo lugar. Hasta tal punto se había llegado en esa tendencia que las elecciones han estado dominadas por el síndrome ABC (“Anything But Conservatives”) que impulsaba a los votantes críticos a apoyar a cualquier opción con tal de que fuera capaz de desplazar al gobierno. Incluso se habían creado páginas de internet para animar la participación (que ha subido de 61% a 68,5%) y coordinar el comportamiento electoral en los swing districts de forma que se minimizaran los escaños conservadores. Pero esa dinámica de confrontación exigía que en el lado de la oposición de centro-izquierda hubiera una alternativa clara; máxime considerando el sesgo tan mayoritario del sistema electoral. Algo que benefició al NPD mientras parecía el contendiente más fuerte -desde primavera hasta final de verano- pero, cuando algunos fallos de estrategia hicieron que sus apoyos flaquearan y los conservadores pasaron a liderar temporalmente la intención de voto, hubo una fuga masiva de votos hacia los liberales. Trudeau había convencido de que él era el caballo ganador y el arrastre del efecto bandwagon ya no paró hasta el día electoral arrumbando al NPD lejos, en la tercera posición (19,7% y 50 escaños menos).

3. Las gafas perdidas y el voto soberanista

Uno de esos aludidos errores de campaña del partido socialdemócrata (aparte de querer aparecer como moderado defendiendo demasiado el equilibrio presupuestario o de liarse con la prohibición del velo a las musulmanas) fue el intento de su líder Tom Mulcair de atraer el disputado voto de los nacionalistas quebequeses, que siguen siendo numerosos aunque cada vez menos partidarios de la secesión. Mulcair, él mismo un quebequés obviamente nada independentista, trató de seducirles prometiendo en campaña que aceptaría un hipotético 50,01% favorable a la ruptura como un umbral que (de acuerdo a la jurisprudencia del Tribunal Supremo y la Clarity Act) legitimaría su salida de la federación. El viejo dirigente liberal Jean Chrétien -también quebequés pero menos transigente con los devaneos soberanistas y que sufrió como primer ministro el traumático referéndum de 1995- aprovechó entonces para reivindicar la exigencia de una mayoría muchísimo más clara. Y ha tenido fortuna su forma gráfica de ridiculizar la simple mitad más uno: la integridad del Estado no puede depender de que, en caso de nuevo referéndum, un votante con presbicia olvide en casa las gafas y eso le pueda hacer errar al introducir la papeleta del o No en el sobre. Lo relevante de esta anécdota exitosa es que la firmeza federalista se acoge hoy mucho mejor en Quebec que cualquier posibilidad de reabrir el temido melón secesionista. De hecho, si los nacionalistas ya obtuvieron el año pasado un pésimo resultado que les llevó a la oposición en el gobierno provincial, el Bloque Quebequés se ha hundido ahora en su mínimo histórico a nivel federal (4,7% y sólo 20,6% en la Belle Province, cuando hace veinte años tenía un millón más de votos y superaba el 49% de su territorio).

4. La política exterior es relevante

Canadá tiene una presencia mundial sólo ligeramente superior a la española: su poder blando y proyección económica es similar aunque tiene mayor capacidad militar y es miembro del G7. Con todo, la principal diferencia es que Canadá se toma en serio su estatus de potencia media. Uno de los seis debates de campaña fue un envidiable monográfico sobre política exterior que sirvió, además, como coyuntura crítica para demostrar que las críticas de Harper y Mulcair a la bisoñez de Trudeau no estaban fundadas. Fue a partir de entonces –finales de septiembre- cuando cambiaron los sondeos y los liberales empezaron la gran remontada final. En relación con el fondo de la agenda diplomática, es destacable que al votante medio canadiense no le haya gustado la agresividad pro-estadounidense de esta última década (tropas en Afganistán, retirada del protocolo de Kyoto, alineamiento con Israel, o críticas abiertas a ciertos regímenes autoritarios) que incluso provocó una humillante derrota en 2010 cuando el país no obtuvo asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La política internacional del gobierno liberal tratará seguramente de recuperar ahora esa tradición de multilateralismo, cierta neutralidad o cooperación al desarrollo que siempre había caracterizado al país.

5. Resiliencia significa resistencia flexible

A veces se señala, sobre todo si se compara con de EEUU, que el sistema político canadiense es inestable. Se menciona el desafío soberanista quebequés o las enormes oscilaciones en el tamaño parlamentario de los grandes partidos debido al sistema electoral de 338 distritos uninominales al modo británico first-past-the-post y los mencionados incentivos de voto estratégico que le acompañan (por ejemplo, en esta elección los liberales han pasado del tercer al primer puesto con una ganancia de más de 20 puntos y ¡150 escaños!). Pero, por debajo de esa apariencia de incertidumbre y variabilidad, hay una importante pauta de permanencia. La federación sigue unida pese a no declararse indivisible y los dos viejos partidos se las apañan para sobrevivir. De hecho, los 22 primeros ministros que ha habido en el país desde 1867 han sido liberales o conservadores, si bien éstos han cambiado algunas veces de etiqueta durante estos 150 años (la última vez en 2003, en fusiones y refundaciones similares a las que, por ejemplo, convirtieron en España a Alianza Popular en el actual PP). Canadá ha demostrado que su diseño democrático con un sistema electoral tan mayoritario, criticado por supuestamente injusto y desestabilizador, puede en el fondo ser virtuosamente resiliente. Es decir, resistente para permitir grandes pautas de continuidad pero sin rigidices que impidan la alternancia o la aparición regeneradora de terceras y cuartas fuerzas que ocasionalmente pueden incluso liderar la oposición, como hacía el NDP hasta ayer o incluso el Bloque Quebequés en los noventa. El país sabe guardar el equilibrio entre romperlo todo o mantener las cosas sin cambiar nada. En todo caso, una de las promesas electorales liberales pasa ahora por introducir un sistema proporcional. En ese caso, acabarán los terremotos electorales pero es de esperar que no sufra la capacidad regeneradora de la política canadiense.

6. El fiasco de los politólogos

La ciencia política no ha fracasado en estas elecciones porque los sondeos hayan fallado (acertaron en la tendencia si bien no llegaron a pronosticar un triunfo tan rotundo de los liberales). Pero el fiasco al que se refiere este último mensaje es al hecho de que dos politólogos muy destacados en el mundo académico (Stéphane Dion y Michael Ignatieff) cosecharan respectivamente tan pésimos resultados al frente del Partido Liberal en las dos anteriores elecciones donde ganó Harper. Ha tenido que llegar Justin Trudeau, un atractivo cuarentón sin pasado profesional brillante ni bagaje intelectual propio, para volver a vencer. Es evidente que cabalga a hombros del recuerdo por su carismático padre Pierre, que gobernó Canadá los años dorados de 1968 a 1984, pero no sería justo considerarle como un hijo de papá. Justin tiene méritos políticos propios combinando un estilo asertivo y un programa centrista pero keynesiano que contiene promesas para la clase media y los beneficiarios de protección social. Ser un buen profesor de ciencia política puede asegurar un brillante análisis pero no la visión y la fortuna que adorna al auténtico líder. Habrá que ver si, como él mismo dijo en su vibrante discurso de victoria en Montreal, ahora que “Canadians chose change” él es capaz de satisfacerlo.

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