Ni secesionismo, ni inmovilismo: ¡federalismo!

Los resultados de las pasadas elecciones al Parlament de Catalunya pueden ser analizados desde muy diferentes ópticas, y en función del enfoque que se adopte será posible llegar a muy distintas conclusiones. Así sucederá, desde luego, si el acento lo ponemos en el número de diputados obtenido por cada uno de los partidos políticos en liza; o si, por el contrario, lo que deseamos es extraer determinadas consecuencias del reequilibrio de fuerzas en el seno de cada uno de los bloques, lo que a su vez variará en función de la perspectiva de la que partamos: territorial (secesionistas vs. unionistas o constitucionalistas) o ideológica (progresistas vs. conservadores).

Si bien el valor de cada uno de estos análisis puede variar en función de la fiabilidad o calidad de los argumentos que esgrimen, lo cierto es que es posible encontrar varios que, cargados de “sus” razones, ofrecen una visión de las cosas, por necesidad, parcial, y, en esa medida, oponible a otros, que, con “sus” propios motivos, presentan una imagen de la realidad, si no radicalmente opuesta, sí, al menos, claramente diferenciada.

Sin perjuicio de que podamos entrar en una discusión, más o menos animada, acerca de cuál es el análisis más acertado, me temo que algo así, en el mejor de los casos, solo va a proporcionar alimento (argumentario) a los propios, e incomprensión de los ajenos, que, en el peor de los supuestos imaginables, puede acabar en un rechazo vehemente de las respectivas posturas o ideas entre unos y otros. De forma que, erre que erre, volveremos a caer en la dinámica de los opuestos, incapaces de dialogar para buscar puntos de encuentro. Y el conflicto seguirá dominando la escena política, con grave riesgo de contagiar a la social, ya sumamente excitada.

A la vista de cómo se han desarrollado los acontecimientos desde el 21-D hasta el día de hoy, fecha de constitución del Parlament, parece que es precisamente ahí donde nos encontramos, en medio de una disputa entre partidos y bloques por repartirse el botín de los cargos, tanto en el seno de la propia cámara (Presidente del Parlamento) como, próximamente, en la investidura del President de la Generalitat. Insertos en esta dinámica, los partidos independentistas (ERC, Junts per Catalunya y la CUP) tienen, en principio, todas las de ganar, dado que podrían sumar mayoría suficiente (asegurada, en todo caso, por la abstención de la marca de Podemos en esta Comunidad Autónoma). Sin embargo, esa victoria, de confirmarse, podría ser bien pírrica, a la vista de que el Gobierno, con sus instrumentos políticos constitucionalmente garantizados (art. 155 CE), y los órganos judiciales, con los suyos propios, no parecen dispuestos a facilitar salidas airosas para los diputados electos que o bien se encuentran en prisión o bien se hallan en el extranjero, y menos aún a permitir desplazamientos o menoscabos de la legalidad vigente.

Así las cosas, cuesta ver el modo en que se puede resolver este embrollo político y judicial, que tan nefastas consecuencias ha tenido ya a nivel económico y, lo que es mucho peor aún, también social. Y, sin embargo, no podemos renunciar a ello, sencillamente porque es el futuro del país lo que nos estamos jugando. De ahí la importancia de que unos y otros sean -seamos- capaces de ponernos de acuerdo sobre un mismo diagnóstico a partir del cual extraer consecuencias que podamos compartir. Algo, por cierto, que no debería ser demasiado difícil, a poco que dejemos de lado las visiones parciales, por definición incompletas y partidistas, y nos apliquemos a ver las cosas en panorámica, con perspectiva. Y es que de entre las muchas lecturas que cabe extraer de las pasadas elecciones autonómicas catalanas, hay una que parece difícilmente rebatible, por más que pueda no gustar, ni a unos ni a otros: el cuerpo electoral catalán (o, si se prefiere, aunque el término sea un tanto impropio, el “pueblo” catalán) ha dejado perfectamente claro que se encuentra del todo dividido, por mitades aproximadamente equivalentes, en torno a la cuestión sobre la cual ha girado casi en exclusiva la campaña electoral: la unidad de España o la secesión de Cataluña.

Esa es la cruda realidad, aunque después se pueda cocinar con muy diferentes aliños. Y es a esa realidad a la que hay que dar una respuesta, no con el ánimo de resolverla de una vez y para siempre, cosa, hoy por hoy, sencillamente imposible, sino con el propósito de evitar que la misma siga acaparando el debate público en Cataluña y, en buena medida, también en el resto de España. Simple y llanamente, no nos lo podemos permitir. La acción política no puede seguir secuestrada por un debate identitario asfixiante y paralizante.

Desde las posiciones independentistas deberían tener ya claro que su pretensión de seguir la vía unilateral a la independencia conduce a un callejón sin salida. No solo porque esa pretendida secesión unilateral se encuentre con un Estado fuerte, dotado de herramientas constitucionales y legales más que suficientes para impedir tal cosa, sino, sobre todo, porque quienes la defienden no cuentan con el amplísimo apoyo popular de que debería disponer para tratar de convertir lo jurídicamente imposible en políticamente viable. Esto es, para desbordar el Derecho por la fuerza de los hechos. Y es que, en efecto, aquellos que pretenden la secesión de Cataluña deberían darse cuenta ya, de una vez, de que plantean una cuestión genuinamente revolucionaria en un contexto absolutamente inapropiado, en la medida en que hacia dentro no cuentan con un “pueblo” unido en torno a una misma causa, y en que, hacia fuera, España, o, si se prefiere, el Estado español, por más dificultades que atraviese, es un Estado fuerte, estructurado, bien organizado, y, lo que es más importante, dotado de una innegable legitimidad interna e internacional. En esas condiciones, pretender la secesión de una parte de ese Estado no es más que una quimera cuya persecución, lógicamente, solo puede conducir a la frustración.

Por su parte, aquellas fuerzas políticas que aspiran a mantener a toda costa la unidad del Estado deberían haber descubierto ya que la mejor forma de conseguirlo no es practicar el inmovilismo, ofreciendo, tan solo, una negativa constante a las susodichas reivindicaciones independentistas. Porque por más que esto sea imprescindible, no es, sin embargo, suficiente, en la medida en que en nada coadyuva a cambiar la percepción que desde determinados sectores secesionistas catalanes se tiene del Estado español. Una percepción, por cierto, que podrá ser ajustada o errónea, ahora es lo de menos, porque de lo que ahora hablamos no es de lo que es, sino de lo que parece. Y, en política, bien lo sabemos ya, el parecer, en ocasiones, puede ser casi tan importante como el ser.

Si la salida no está ni por la vía del unilateralismo secesionista ni por la del unionismo inmovilista, ¿dónde se puede encontrar, entonces? Evidentemente, la solución está en el federalismo, en tanto que modo de organizar un Estado en el que se trata de conjugar el mantenimiento de la unidad con el respeto a la diversidad territorial.

La responsabilidad del actual Gobierno de España y la del futuro Gobierno de Cataluña -sea este el que fuere- pasa por asumir la realidad social, a la que hay que dar una respuesta. Cualquier intento de forzarla o ignorarla está abocado al fracaso y a provocar más frustración y agotamiento. Para eso, al menos, deberían haber servido las pasadas elecciones catalanas: para dejar claro que, más allá de las muchas interpretaciones parciales que quepa hacer de sus resultados, hay una realidad social profundamente fragmentada a la que urge dar una respuesta integradora, no otra que ahonde en la división. Y para ello nada mejor que, por un lado, renunciar a las vías unilaterales, intransitables y desgarradoras, y, por el otro, poner encima de la mesa una propuesta política de reforma constitucional en clave federal que permita satisfacer aquello para lo que el federalismo nació: para crear o mantener la unidad del Estado dentro del respeto a la diversidad de los distintos territorios que lo componen. No cabe imaginar un alternativa mejor. Quienes estos días se afanan en buscar una salida de este laberinto, tal vez, deberían pararse a reflexionar un momento sobre esto.

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