Sánchez y el proceloso mundo de las tesis doctorales

La tesis del presidente el Gobierno es legal pero muy mala. Ésta es la conclusión a la que han llegado algunos expertos en Economía Aplicada. Yo opino exactamente lo mismo con la autoridad relativa de que, en su momento, investigué una materia muy parecida y publiqué con un colega un libro, un capítulo y un artículo sobre el tema (todas estas publicaciones en el ámbito internacional y con evaluaciones externas).

La materia investigada por el presidente es de frontera y bien podría ser una tesis de Ciencia Política dentro del área conocida como Ciencia de la Administración, que es el ámbito en el que yo trabajo. Cualquier persona ajena a la Universidad puede preguntarse con toda la razón: ¿cómo es posible que una mala tesis doctoral supere todos los filtros de calidad y, además, logre la máxima calificación de ‘cum laude’? La respuesta es que en el proceloso mundo de las tesis doctorales y de las instituciones universitarias hay las mismas asimetrías que se producen en el mundo real.

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Por ejemplo, hay muchos cocineros, pero no todos son iguales. No es lo mismo un humilde cocinero de un modesto restaurante que uno que trabaja en otro que posee alguna estrella Michelin. Una persona que no esté interesada en la gastronomía no va a percibir muchas diferencias entre los dos cocineros pero, en cambio, los que sí tienen conocimiento en la materia los van a valorar de manera muy distinta. Lo mismo sucede con los doctores. No todos son lo mismo y pueden existir unas diferencias de calidad académica siderales entre unos y otros. Y es que el mundo universitario es tan diverso como el mundo de la restauración.

En el mundo hay unas 17.000 universidades y es imposible que no haya grandes diferencias de calidad entre ellas. En España hay 82: 50 públicas y 32 privadas. Para poder apreciar las diferencias entre ellas vamos a dejar los rankings internacionales, ya que la mayoría no aparece, y vamos a fijarnos en la clasificación nacional más solvente, que es el u-ranking de la Fundación BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE). Los rankings siempre pueden ser discutibles e injustos, pero ofrecen un retrato global bastante preciso.

U-Ranking evalúa a 61 de las 82 universidades que hay en España. La Universidad Camilo José Cela es una de las que no aparece. Mal asunto, ya que esto significa o que no ha querido ser evaluada y/o carece de la información necesaria para serlo. Ambos elementos representan un claro indicio de que estas universidades a oscuras en materia de evaluación pública son las últimas del sistema en términos de calidad. Que una universidad salga por encima o por debajo en la clasificación no debería alarmar en exceso a los ciudadanos en materia de docencia. Es plausible que una que salga muy mal en el ranking general tenga un mínimo de calidad docente para formar a futuros profesionales. Pueden ser centros con buenos docentes, pero que no se dedican a la investigación. Y, por tanto, pueden explicar muy bien lo que investigan otros y hacer una labor digna de transferencia del conocimiento a un nivel estrictamente docente.

Pero un doctorado es investigación, y aquí sí que los rankings admiten pocos matices: si una universidad aparece en posiciones relevantes es que se dedica de forma intensiva a la investigación de calidad y, por tanto, sus doctorados son solventes; y si sale mal parada, la calidad de sus doctorados es discreta o más que discreta.

El caso de la tesis del presidente del Gobierno es coherente en todos los sentidos: él deseaba ser doctor (aspiración totalmente legítima), seguramente no tanto para apuntalar su prestigio político sino para justo lo contrario: tener una salida profesional en la Universidad en el caso que su carrera política no se solventara con éxito. Como era consciente de sus limitaciones de tiempo, y quizás de capacidad intelectual, buscó una universidad fácil y constituyó un tribunal modesto, ya que su aportación académica (la tesis) era más que discreta. Y con estos magros ingredientes sabía perfectamente que jamás podría aspirar a ejercer su labor docente en una buena universidad, sino en una universidad de tercera. Es un cocinero que se ha formado para cocinero consciente de que sólo puede aspirar a trabajar en un restaurante muy modesto.

Su caso es tan coherente y tan claro que no debería generar ningún tipo de alarma ni social ni académica. ¿Esto significa que el doctorado de Pedro Sánchez no vale para nada? Pues vale lo que vale. En su favor está que ha realizado un cierto esfuerzo intelectual, ha buscado un tema de investigación, ha manejado algunos datos (en su caso, algo de bibliografía y muchas fuentes oficiales) y ha escrito un documento coherente de más de 300 páginas. En su contra tiene que no ha sido capaz de hacer un aporte científico real: no ha formulado una buena pregunta, no ha sido capaz de aportar ninguna novedad en el conocimiento científico de la materia ni ha realizado ningún esfuerzo metodológico digno de ello. Doctor, pero doctor de tercera división.

Pero este caso tan claro no nos tiene que ocultar que con las tesis doctorales tenemos problemas que no son sólo domésticos, sino que tienen un carácter internacional; ya que hay tesis también mediocres en las universidades que son más solventes. Hace muchos años se solía decir que una buena tesis representa, en Ciencias Sociales, una dedicación equivalente a 4.000 horas de trabajo, y una mala tesis a una dedicación de 2.000 horas. Ser doctor representa un nivel de esfuerzo sencillamente descomunal que no está al alcance de todo el mundo en cuanto a sacrificio y a capacidad intelectual.

Por otra parte, ser director de tesis también es complejo, ya que implica una gran dedicación que, en muchas ocasiones, no está profesionalizada en el sentido que serlo es voluntario y no suele ir acompañado de incentivos claros. Muchas veces, las tesis en Ciencias Sociales no están vinculados a proyectos de investigación colectivos y financiados (sí, en cambio, en las ciencias más duras y Experimentales). En estos casos, la tesis doctoral es el resultado de la ambición y capacidad de sacrifico del doctorando unidas a la dedicación casi altruista del director de tesis.

Este sistema de producción tan artesanal genera un tipo de relación personal entre doctor y doctorando de tipo paternal: mentor y discípulo transitan por las procelosas aguas del conocimiento científico. Y en muchas ocasiones el proceso y el resultado no alcanzan el éxito deseado. En algunos casos, se disuelve de mutuo acuerdo esta sociedad de carácter familiar, con la impresión de que ambas partes han perdido mucho tiempo. Pero en otras ocasiones se intenta maquillar el fracaso como sea, presentando una tesis doctoral claramente mediocre. A pesar que ambos se juegan su prestigio académico, deciden arriesgarse.

Por ejemplo, a un director de tesis con prestigio académico le cuesta mucho decir a un doctorando que desista del intento cuando éste lleva varios años dedicados a trabajar y, además, está totalmente convencido de que está haciendo una buena tesis. Por si fuera poco, hay una relación personal muy estrecha entre ambos. Afectos y sentimientos son malos compañeros de viaje para la producción científica. La solución es maquillar la tesis y buscar un tribunal indulgente que permita solucionar la papeleta. Director y doctorando acaban capturados por su relación personal y por el tiempo que han invertido, y zanjan la situación cometiendo un disparate académico.   

La manera de evitar, en parte, estas disfunciones de carácter subjetivo y casi familiar es potenciar que las universidades mejoren sus capacidades institucionales de control más allá de lo que pueda exigir el cumplimiento de la letra de la normativa, que es obvio que todas la cumplen.

Por ello, es necesario que los departamentos y las escuelas de doctorado de las universidades (o unidades académicas equivalentes) introduzcan potentes criterios de control y de evaluación. Algunos de los departamentos y universidades de más prestigio del país llevan ya unos años invirtiendo en ello. Pongamos algunos ejemplos:

  • La exigencia de presentar periódicamente resultados parciales de la tesis a una comisión con académicos de prestigio en materia investigadora (el prestigio aporta autoridad e independencia). Así se puede detectar de manera incipiente que una tesis doctoral va por mal camino y abortarla antes que se produzcan las capturas mutuas y conjuntas entre director y doctorando.
  • Exigir una presentación pública de la tesis en una fase intermedia. Esto puede ser visto como un trámite pero no lo es, ya que el director y el doctorando deben estar seguros de la solvencia del trabajo y las tesis que siguen un camino errático no suelen presentarse: o se mejoran o se abandonan.
  • Cuando se presenta la tesis, la comisión de doctorado debiera solicitar informes completos a académicos de prestigio externos al departamento. La selección de estos evaluadores jamás tendría que dejarse al criterio del director de tesis o del doctorando, sino de la comisión que validara la neutralidad y prestigio de estos evaluadores.
  • Las comisiones evaluadoras (tribunales) debieran estar conformadas también por académicos de prestigio indiscutible y no dejarlo sólo al criterio del director de tesis.
  • Todas estas tareas, tanto de dirección de tesis como de formar parte de las comisiones internas, o de evaluación externa o de formar parte del tribunal deberían tener incentivos para que sean percibidos como unas labores profesionales y no simplemente como tareas voluntaristas y altruistas. Y aquí no me refiero a que tengan que ser incentivos económicos, sino que pueden ser de carácter académico.

¿Con estas medidas quedarían solucionados todos los problemas vinculados a las tesis doctorales? La respuesta es que no y, desgraciadamente, siempre van a pasar por estos filtros algunas tesis mediocres. El conocimiento científico tiene un carácter líquido y son inevitables algunas pérdidas en términos de calidad. Pero la experiencia práctica es esclarecedora: yo he trabajado en universidades que cumplen la ley pero sin estos protocolos más estrictos de calidad, y he trabajado también en universidades que sí los han instaurado. Las diferencias son enormes: las que se limitan a cumplir la ley generan tesis brillantes, buenas, regulares y malas; y casi todas cum laude (las malas también). Las que han apostado por estos filtros más estrictos generan tesis brillantes y buenas y, sólo en casos excepcionales, algunas regulares. Además, las regulares y la mayor parte de las buenas no logran el ‘cum laude’. Tesis malas como la que ha motivado esta reflexión no se presenta ninguna en estas universidades que han elevado sus exigencias gracias a estos mecanismos de control institucional.

Autoría

1 Comentario

  1. Alex Sanchez
    Alex Sanchez 09-16-2018

    Soy profesor del área de ciencias de una universidad pública española bien situada en todos los “rankings”, si es que esto significa algo, que diría, que, en este caso, así es. Comparto punto por punto la descripción del autor del artículo a la que poco puedo añadir, salvo comentar que también en las universidades excelentes se ven tesis de todo tipo. El problema no está en la tesis del Dr. Pedro Sánchez -se ha ganado el derecho a ser llamado así- sino en la Universidad Española y sobre todo en la relación entre la sociedad y la Universidad. Para ser francos a nadie, ni gobernantes ni gobernados, le ha importado nunca un comino de qué iba esto del doctorado, que se veía como “cosas de raritos y pseudointelectuales”. Nadie se quejó más allá de lo justo, o ni esto, cuando se empezó a autorizar que las universidades privadas florecieran a su antojo sin ningún tipo de control de calidad, siempre y cuando cada autonomía, por no decir cada provincia o cada ciudad pudiera inaugurar las suyas. ¿Y ahora decimos que son mediocres? Mediocre ha sido la tarea de los gobernantes por permitirlo y de la sociedad por no importarle. Quizás, si tuviéramos gobernantes de talla, podríamos aprovechar la situación, no para crucificar a uno que hizo una tesis como centenares de otras que se leen cada año, sino para plantear e iniciar un debate a fondo sobre cuál debe ser el papel de la Universidad en la sociedad -aparte de expender títulos. Para establecer qué debe exigirse y ofrecer a cada uno de los niveles de formación y titulación que proporciona. En este caso, quizás, habrá valido la pena la vergonzosa discusión a la que nuestros politiquillos, masters fantasmas, doctorandos que no lo son y doctores-pero-sin-brillo nos están sometiendo.

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