Entre el ruido y la furia: la crisis entre España y Cataluña en clave digital

Si hay algo que 2017 ha dejado claro es que vivimos en tiempos de crisis. Y uno de los campos principales de batalla es Internet. Tras los enormes cambios políticos originados en 2016 por el triunfo del BREXIT y la elección del polémico Donald Trump, enero de 2017 vino a ser el despertar de un sueño digital y el comienzo de una distópica resaca. Estos pasados meses, los medios anglosajones se han hecho eco, hasta la extenuación, de términos como fake news y post-truth. A su vez, distintos foros públicos y publicaciones han empezado a atajar temas de gran relevancia, como son la adicción digital, el meteórico ascenso del fintech y la creciente amenaza de ciberataques.

Puede que durante buena parte de 2017 España observase la crisis político-digital del mundo anglosajón con cierto desapego y tal vez desinterés. No obstante, ya no pudo hacer lo mismo tras el 1 de octubre de ese año. Durante este último trimestre, la crisis catalana nos ha demostrado que las reglas del juego político en el orden global están cambiando; y en esta mudanza de escenario, lo digital se ha convertido en arma de doble filo. Por un lado, la presencia ubicua y simultánea de Internet puede servir de enorme componente de unión y cambio. Pero también puede llegar a ser un gran desestabilizador social. 

Durante estos meses, los medios españoles han desplegado cientos de horas en contenido sobre la querella entre el Gobierno Central de Madrid y la Generalitat de Catalunya. Ante esto, hay que decir que este artículo no busca tomar bando. En efecto, respecto a la querella de independencia, ambas partes hablan sobre visiones históricas rotas, abusos de poder, leyes vulneradas y sensibilidades heridas. No les falta razón, ya que cada uno de estos temas es de vital importancia y merecen ser discutidos en profundidad (deseablemente desde un verdadero diálogo). Pero pocos reflexionan sobre cómo un gobierno autonómico logró poner en jaque, cuando menos por unas semanas, a un gobierno nacional en temas de imagen internacional. ¿Cuál fue la clave? Internet.

El 1 de octubre fue lo digital lo que hizo del conflicto catalán un enmarañado asunto global. Por un lado, fue la marea de contenido de Twitter la que informó, a tiempo real y con abundancia de detalle, sobre la violencia ejercida por los cuerpos policiales al desalojar los colegios abiertos a consulta. Los miles de feeds compartidos ese día fueron recibidos entre grandes sentimientos de ultraje por parte de la opinión pública nacional e internacional. Cierto es que durante ese día varias cuentas en redes sociales recurrieron a la circulación de fake news llenas de inexactitudes y vídeos de otras fechas y lugares. No obstante, el hecho violento seguía siendo verdad; y para ese entonces el conflicto se discutía de forma internacional. En este caso, y muchos otros, Internet se mostró esencial. Sin este, la lectura de los hechos, y las acciones en respuesta, hubieran tenido un cariz muy diferente.

Asimismo, a día de hoy no se ha reflexionado lo suficiente sobre el uso de servidores no europeos por parte de la Generalitat para levantar un censo electoral in extremis (eso sin entrar en el espinoso tema sobre la supuesta colaboración de hackers internacionales). La enorme capacidad descentralizadora de Internet ha empoderado a nuevos actores políticos al darle prerrogativas que antes sólo tenía la nación-estado, una institución que actualmente se encuentra en tela de juicio. Independientemente de bandos, tras el 1 de octubre Cataluña se convirtió en trending topic mundial gracias a un hábil uso del entorno digital y de una estrategia internacional mucho más desarrollada que la del Gobierno Central.  En ambas materias, Madrid mostró menor preparación y sus respuestas consistieron más en maniobras improvisadas según los hechos que en el despliegue de una estrategia definida. Pero el Gobierno de Mariano Rajoy no es el único que actualmente suspende en política digital. Aunque llevamos unos años desde que se reconoció que el derecho internacional debe aplicar para Internet, seguimos todavía a la espera del equivalente a una Convención de Ginebra en clave digital.

Con el paso de las semanas, el Gobierno Central logró reestablecer su voz en Cataluña (especialmente tras la aplicación del artículo 155). Contaba, después de todo, con medios que superan cualquier soft power que Cataluña pudiese desplegar. No obstante, es innegable que desde el 1 de Octubre hasta ahora Internet se ha mostrado como un poderoso aglutinante social de opiniones públicas en choque.  Prueba de ello han sido las diversas campañas de protesta a favor de la independencia organizadas por plataformas como Òmnium Cultural y Assemblea Nacional Catalana. Como respuesta a estas plataformas, se crearon iniciativas “unionistas”, como las de Societat Civil Catalana, que llevaron a movilizar también a un gran número de personas. El problema del polarizado despliegue comunicativo de ambos bandos, no obstante, es la inevitable creación de vídeos altamente propagandísticos hechos con afán de demonizar al “otro”, séase “independentista” o “unionista“. Actualmente, el entorno digital es muy efectivo en excitar los ánimos e incitar revoluciones. Pero, a largo plazo, su mutable y fugaz naturaleza lo hace pobre herramienta de reflexión sobre la cosa pública y la convivencia social. A nadie escapa, por ejemplo, que un efecto de las diversas campañas de desprestigio haya sido el desgarrado enfrentamiento personal entre familiares y amigos. Con el paso del tiempo, habrá también que ver si el ruido, las furias y las prisas que ahora convocan las redes sociales pueden llegar a usarse de manera más constructiva.

Internet une. Pero Internet es también una fuente de ruptura y un corrosivo desestabilizador. Y, sin embargo, la inmersión de la sociedad y la política en el mundo digital es ya un hecho consumado. Cuando Mariano Rajoy decidió usar Twitter el 27 de Octubre para responder a la DUI declarada en el Parlament, pocos se detuvieron a pensar en la elección del medio. Pero como bien llegó a decir Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje“. Cada vez más la vida política se subsume en el smartphone. Y a través de este en el Internet of Things. Otro hecho que lo confirma es la discusión que hicieron varios medios de comunicación sobre el Instagram de Carles Puigdemont durante aquellas horas en las que no se sabía sobre su huida a Bruselas.

El problema detrás de la irrupción de Internet en la vida cotidiana es que está alterando nuestras nociones sobre verdadero y falso, nuestros conceptos sobre bueno y malo. Desde un punto de vista político, también está disolviendo la división entre público y privado. ¿Cómo hemos de entender el humor y la ironía en casos como el tuit de Inés Arrimadas alrededor de la ficticia Tabarnia o el gazapo por parte de Tremosa y Llach en difundir un satírico artículo del Financial Times que parecía darles la razón? ¿Son sus mensajes postura oficial de partido o mero desahogo personal?

Tras las elecciones catalanas del 21 de diciembre, buena parte de las discusiones políticas, y la consiguiente crispación, vinieron dadas por el hecho de que no había ley escrita que prohibiese, negro sobre blanco, una investidura en diferido usando Skype. Se ha apelado en contra alegando un específico espíritu de la ley. Pero, con todo, a día de hoy los protocolos políticos que se aplican en España y buena parte del mundo siguen siendo de carácter analógico. No han sabido tener en cuenta el enorme componente disruptivo de lo digital.

Según muchos analistas, 2018 será un año clave para Internet. A su vez, se dice que será un año de grandes incógnitas en ciberseguridad global. Según parece, el conflicto catalán también nos acompañará durante los próximos meses. Todo está por ver. Lo que sí queda claro es que, en estos tiempos de crisis democrática, se hace necesario crear una renovada esfera pública de diálogo democrático. Esto aplica tanto para España como para buena parte del entorno global; y en esta labor será fundamental la creación de un protocolo digital que sepa integrar la necesidad de un orden estable con la importancia de la disidencia política y la pluralidad. Lograr el equilibrio no es fácil, pero no por eso deja de ser menos esencial. Después de todo, lo único peor que la disolución anárquica del tejido social es la creación de un Gran Hermano que todo lo ve.

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