Rohingya: una tragedia que no debería caer en el olvido

Una de las mayores tragedias humanitarias que se ha vivido en 2017 ha sido, sin lugar a dudas, la protagonizada por la población Rohingya en Myanmar. Expulsados de sus hogares, desplazados forzados y sin reconocimiento como nacionales birmanos, esta minoría ha sido considerada una de las más perseguidas del mundo. En estos días de nuevos inicios, parece oportuno prestar atención y no olvidar la situación de cerca de un millón de personas que no parece que vaya a mejorar en 2018. Cinco claves son insuficientes para explicar todo el drama Rohingya, pero pueden servir para comprenderlo un poco mejor.

1. ¿Quiénes son los Rohingya? Los Rohingya son una minoría étnica, mayoritariamente musulmana en un país predominantemente budista. Viven en el estado de Rakhine (en la costa occidental) y son cerca de 1,1 millón de personas, poco más del 2% de la población de Myanmar. Los Rohingya tienen una lengua propia (Ruaingga o Rohingya) basada en la escritura árabe, más parecida al bengalí de Bangladesh que al burma, lengua oficial de Myanmar y de origen sino-tibetano. No son reconocidos como una de las 135 minorías étnicas de Myanmar, aunque esta etnia está presente en el territorio desde el siglo VIII, y viven en condiciones extremadamente precarias -en campos sin servicios- en uno de los estados más pobres de un país con una renda per cápita que no llega a los 1.500 dólares de PIB per cápita.

2. Apátridas en su propio país. Desde su independencia del imperio británico en 1948, la historia de la antigua Burma ha estado llena de conflictos interétnicos de menor o mayor intensidad. De hecho, cuando en 1989 el país dejo de llamarse Burma (o Birmania) para pasar a llamarse Myanmar, el régimen militar lo justificó como un intento de dejar de identificar el país con la mayoría Bamar y promover una identidad plural que reconociera la existencia de otras minorías étnicas en el país. Poco después de su independencia, el país aprobó su Ley de Nacionalidad, en la que se identificaban las etnias que podían solicitar la nacionalidad birmana. Los Rohingya no estaban incluidos en esta ley y tampoco lo estuvieron en la reforma de 1982. Esta ley establece 3 tipos de ciudadanía, y para obtener la de ciudadano de origen, es imprescindible demostrar que la familia de la persona solicitante vivía en el país antes de 1948 y que habla alguna de las lenguas reconocidas en el país. Como su identidad no es reconocida como originaria de Myanmar y es complicado obtener documentos oficiales previos a 1948, el gobierno de Myanmar no los reconoce como ciudadanos. Al ser considerados ‘residentes extranjeros’ por su gobierno (por lo tanto, apátridas), no tienen libertad de movimiento, carecen de derechos civiles y también les esta vetado el acceso a la educación superior o la función pública.

3. La crisis de refugiados. En palabras de Filippo Grandi, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados,  el éxodo Rohingya de 2017 se ha convertido en la emergencia de refugiados más urgente en el mundo. En un contexto internacional en el que la cifra de personas refugiadas y desplazadas no deja de crecer, este comentario dice mucho sobre la dureza de la situación Rohingya. La actual crisis es el producto de la sistemática presión que el gobierno de Myanmar lleva practicando sobre la población Rohingya para ‘invitarla’ a salir de un territorio que consideran que no deberían ocupar. En octubre de 2016, después del asesinato de nuevo policías fronterizos en el estado de Rakhine, el ejército de Myanmar empezó un avance sistemático por los poblados Rohingya. Responsabilizaron al Ejército de Salvación Rohingya Arakan (ARSA) del ataque, y aun cuando se desconoce el apoyo que este grupo tiene entre la población Rohingya, fue la excusa perfecta para empezar una campaña de ataques contra la población civil. Muchos Rohingya fueron forzados a abandonar sus casas y convertirse en desplazados internos en un país que no los reconoce como ciudadanos. Muchos otros buscaron protección cruzando la frontera con Bangladesh, generando un éxodo que sí llamo la atención, aunque fuera por un rato, de la comunidad internacional. Las acusaciones de excesos y abusos del ejército de Myanmar sobre la población Rohingya empezaron a llegar, y ya en 2016 un responsable de Naciones Unidas hablaba de ‘limpieza étnica’.   

Según las cifras de ACNUR, en estos momentos más de 860.000 personas han buscado refugio en la localidad bangladeshí de Cox’s Bazar, de los cuales casi 650.000 han llegado desde agosto de 2017. Mujeres y menores que llegan en condiciones precarias y traumatizados, muchas de ellas con heridas causas por armas de fuego o minas antipersonas. Cerca de medio millón de personas siguen atrapadas en lo que Naciones Unidas denomina ‘tierra de nadie’ entre Myanmar y Bangladesh. En estos momentos, por lo tanto, la mayor parte de la población Rohingya ha sido expulsada de sus casas y condenada a buscar refugio en los países vecinos.

4. “Limpieza étnica”. Desde los años 70, ha habido un nivel de conflictividad fluctuante entre la comunidad Rohingya y el gobierno de Myanmar. Las embarcaciones cargadas de personas que huían de la persecución gubernamental hacia Malasia o Tailandia no son nuevas, como tampoco lo son los informes que señalan torturas, asesinatos y violaciones de las fuerzas de seguridad de Myanmar contra la población Rohingya (véase el informe 2017 de HRW aquí). El constante acoso a una población que apenas supera el millón de personas y el desplazamiento forzado de la misma ha sido considerado como un ejemplo de libro de limpieza étnica, en palabras del director de Derechos Humanos de Naciones Unidas. En febrero de 2017, en un informe de Naciones Unidas, se apuntaba que los hechos cometidos contra la población Rohingya podrían ser considerados crímenes contra la humanidad.

5. El impacto internacional. Especialmente desde finales de 2016, la crisis de refugiados Rohingya se ha convertido en un tema de preocupación para la comunidad internacional. Pero a pesar de múltiples voces críticas y de la acción solidaria de organismos internacionales y ONG internacionales, poco se ha hecho para detener esta situación. De hecho, hasta Bangladesh, donde se calcula que han llegado casi unos 700.000 refugiados que se han sumado a los 200.000 que ya estaban en el país, ha sido poco proactivo tanto en la recepción como en la acogida de esta población refugiada. Seguramente Aung San Suu Kyi, la presidenta de facto de Myanmar, ha sido quien más ha sufrido políticamente esta crítica. Laureada con el Nobel de la Paz y conocida internacionalmente por su papel en la democratización de Myanmar, se le ha criticado el silencio sobre la situación de los Rohingya y la falta de voluntad de reconocerlos como un grupo étnico del país. Pero su silencio encuentra eco en el de otros. Tanto en las voces de los lideres internacionales (el último ejemplo sería la visita papal a Myanmar, donde no se mencionó la palabra Rohingya como sí se haría luego en Bangladesh) como en la acción de apoyo a las personas refugiadas que lidera la Unión Europea y Naciones Unidas se oyen palabras de apoyo y solidaridad para con los Rohingya, pero se oyen pocas propuestas que frenen la destrucción, la violencia y el odio que originan este flujo de personas refugiadas.

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