El resurgimiento de la derecha reaccionaria en Italia

La cuestión de la inmigración extracomunitaria se ha convertido en el principal eje de la campaña electoral italiana y lo más inquietante es la generalización del discurso xenófobo de la derecha radical populista. Están calando en significativos sectores de la opinión pública diversos mitos sobre una inmigración supuestamente fuera de todo control: desde este punto de vista, se está alentando una campaña de odio centrada en numerosas falsedades. Así, la ultraderecha italiana sostiene que los inmigrantes quitan puestos de trabajo a los nacionales o son parásitos subsidiados, colapsan los servicios sociales, traen enfermedades erradicadas, desnacionalizan al país con su cultura anti-moderna y han disparado la delincuencia. Aunque las estadísticas rigurosas desmientan absolutamente todos estos tópicos reaccionarios, parece dar lo mismo puesto que una buena parte de los italianos da pábulo a tales falsedades.

Es cierto que Italia ha recibido en los últimos años a unos 600.000 inmigrantes, sin haber tenido prácticamente ayudas de la Unión Europea (UE) y aunque la gran mayoría ha podido ser atendida razonablemente, la ultraderecha está haciendo una eficaz campaña de miedo (frente a una supuesta “avalancha”) y odio ( serían un “peligro” para el país). Por cierto, en 2016 fueron acogidos unos 180.000 inmigrantes y en 2017 unos 120.000: pese al retroceso, la ultraderecha sigue utilizando el alarmismo puesto que da dividendos  electorales. Los sondeos confirman que para el 31% de los italianos la inmigración es el principal problema del país (presentado como una verdadera “emergencia nacional”), para el 64% la gestión gubernamental del asunto ha sido pésima y para el 71% el actual volumen de acogidos es manifiestamente excesivo.

El problema es que este clima de creciente intolerancia xenófoba está alentando actitudes y episodios deleznables: un candidato de la Lega a presidir Lombardía- Attilio Fontana- se descolgó con unas increíbles declaraciones en las que alertó del riesgo para la “raza blanca” (sic) de seguir acogiendo a extracomunitarios. Para rizar el rizo sostuvo que es la propia Constitución italiana la que habla de “raza”, dándole por completo la vuelta ya que la norma suprema prohíbe cualquier discriminación por razón de raza. Mucho más grave fue el ataque racista de otro candidato de la  Lega– Luca Traini- en Macerata que tiroteó e hirió a un grupo de nigerianos haciendo el saludo fascista al ser detenido.

Lo más inquietante es que el discurso ultra está yendo más allá de este estricto espacio ideológico, de tal modo que incluso el Ministro del Interior- Marco Minniti- del Partito Democratico hiciera promesas de mano dura y firme control de la inmigración, en la infortunada estela del ex socialista francés Manuel Valls. Los ultras explotan la crisis económica y social y la decepcionante gestión de los gobiernos del centroizquierda que han recortado servicios sociales, pero no ayudas a los bancos en dificultades, por ejemplo.

Todos lo sondeos apuntan a una victoria de las derechas coaligadas alrededor de Silvio Berlusconi que se ha aliado con dos partidos de la derecha radical: la Lega (13%/14%) y Fratelli d’Italia (4%/ 5%). Debe recordarse que Berlusconi “normalizó” a los postfascistas de Gianfranco Fini en 1994 con los que gobernó e incluso llegó a dar el paso- fallido- de formar un partido unificado (el más bien efímero Popolo della Libertà ) y el hecho de que en 2018 haya repetido alianzas con este espacio muestra sus claras preferencias ideológicas reaccionarias, sin dejar de jugar la carta de la ambigüedad al presentarse como “moderado” y abierto a una eventual “gran coalición” con Matteo Renzi.

La Lega de Matteo Salvini es una típica expresión del populismo reaccionario que ha centrado su campaña en la xenofobia y la eurofobia para intentar convertirse en líder de las derechas. De un lado, critica el supuesto “buenismo” de las izquierdas en materia migratoria (incluso descalificó como “anti italiano” –sic– al sacerdote Massimo Biancalani de Pistoia que invitó a unos inmigrantes a una piscina), y de otro, se opone cada vez más frontalmente a la UE. En este caso, en plena sintonía con los intereses de Vladimir Putin que potencia todos aquellos movimientos políticos que erosionan la integración comunitaria. Esta es, por cierto, una de las razones  por las que la Lega apoya al movimiento secesionista catalán. La Lega de Salvini tiene ya una proyección nacional italiana (ha desaparecido en campaña su tradicional denominación Lega Nord y ha archivado la fantasía de la Padania) para defender un programa  centrado en expulsar a 600.000 inmigrantes, hacer un referéndum sobre el euro, rechazar el ius soli para los hijos de los inmigrantes, reforzar la seguridad policial y recortar impuestos.

De tenor muy similar son las propuestas del socio menor liderado por Giorgia  Meloni (Fratelli d’Italia), cuyo ideario se resume en Prima l’Italia (idéntico al  America first de Donald Trump), expulsión de inmigrantes y rechazo de Bruselas. Finalmente procede mencionar a Casa Pound – que va por libre-, el grupo más claramente neofascista del espectro italiano reaccionario, cuyo programa recuerda al de los neonazis griegos de Aurora Dorada: asistencialismo étnico (sólo para los “nuestros”), feroz xenofobia antiinmigrantes (con diversos episodios de agresiones violentas) y, por supuesto, rechazo frontal de la UE. Es un grupúsculo activista con posibilidades de superar la barrera del 3% y obtener representación parlamentaria.

Que casi uno de cada cuatro potenciales votantes italianos parezca estar dispuesto- a tenor de los sondeos- a otorgar su confianza a estas formaciones es un muy alarmante aviso de que las poliarquías europeas están realmente mal. No sólo los partidos del establishment no saben cómo revertir el crecimiento  de este espacio, sino que algunos parecen asumir algunos de sus “diagnósticos”, aunque parece que- de momento- no todas sus expeditivas “terapias”. El seguidismo- por parcial que sea- es la peor receta que los partidos democráticos europeístas pueden adoptar: es de esperar que no caigan en la trampa de la derecha reaccionaria.

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