¿Religión de paz o fábrica de terrorismo? Por qué esta pregunta dice más de nosotros que del islam

Cuestiones como el terrorismo islámico y los problemas de integración de los musulmanes en las sociedades occidentales frecuentemente provocan acaloradas discusiones sobre la naturaleza del islam caracterizadas por posturas polarizadas que revelan más de los que se aferran a las mismas que de la religión musulmana y los que la profesan. En un extremo están los que afirman que el islam es incompatible con la modernidad, la democracia y los derechos humanos; como evidencia de su supuesta barbarie, señalan los castigos corporales que impone la Sharía y su tratamiento de las mujeres y las minorías religiosas y sexuales. En el otro extremo están los que aseveran que el islam es una religión de tolerancia y paz bajo la que prosperaron gentes de otras fes, y que los terroristas que enarbolan su estandarte han sido manipulados o, incluso, que están financiados por potencias extranjeras con oscuras agendas. En realidad, ambas perspectivas se fundamentan, por un lado, en un conocimiento superficial y fragmentario del islam y de las sociedades musulmanas y, por otro, en generalizaciones e interpretaciones tendenciosas.

Los que defienden la primera postura prefieren ignorar que la inmensa mayoría de los países musulmanes tienen códigos criminales similares a los occidentales y no imponen castigos corporales, lo cual ilustra su capacidad de evolución y de adaptación del islam. Y si bien es cierto que –salvo raras excepciones– sus códigos de familia sí están basados en la Sharía y, por consiguiente, discriminan contra la mujer, en la práctica su situación no suele ser peor que en otros países de similar desarrollo socioeconómico. Las actitudes patriarcales y poco tolerantes de la diferencia siguen siendo la norma en muchas regiones del planeta, independientemente de la religión de sus habitantes. Por su parte, los que suscriben a la segunda postura prefieren pasar por alto que aunque la versión del islam que implementan grupos como Daesh es sumamente reduccionista, incluso caricatural, los terroristas encuentran narrativas para justificar sus atrocidades en el Corán y la trayectoria del profeta Mohamed. La glorificación acrítica del pasado es común entre los musulmanes, y en un presente en el que muchos encuentran poco que celebrar, casi no es de extrañar que algunos busquen recrear ese pasado en toda su crudeza medieval.

En el mundo hay más 1.600 millones de musulmanes, y el islam que practican varía enormemente dependiendo de factores históricos, geográficos y socioculturales. Además de la secta mayoritaria, la sunní, hay chiíes, ibadíes, drusos, ahmadíes… Las sectas incluyen diferentes corrientes, entre las que destacan las cuatro escuelas de jurisprudencia del islam sunní, y las doctrinas yaafarí, zaidí, alawí e ismaelí dentro del chií. Las cofradías sufíes son muy populares en ciertas regiones, aunque los progresistas las acusan de obscurantismo, y los integristas, de herejía. A esta variedad hay que sumar diferencias de práctica a nivel individual, oscilando entre los creyentes que siguen fielmente los preceptos del islam, como el rezo cinco veces al día y el ayuno durante el mes de Ramadán, hasta los que lo consideran un referente ético-moral que no les impide beber alcohol o tener relaciones prematrimoniales. Por otra parte, las histéricas reacciones que suscita el ateísmo –desde la campaña que lanzó en su contra el presidente Sisi en Egipto hasta la ley haciéndolo equivalente al terrorismo en Arabia Saudí– constituyen una admisión tácita de que se trata de un “problema” en aumento.

En la actualidad dominan las interpretaciones literalistas y conservadoras del islam, y ello se debe en gran medida a la promoción de las mismas por parte de Arabia Saudí y otros Estados del Golfo. No es casualidad que el llamado “Despertar Islámico” se iniciase en los años setenta, cuando la dramática subida de los precios del petróleo puso enormes recursos a disposición de los países que lo exportan. Ello les permitió construir mezquitas y centros culturales en todo el mundo, y financiar a organizaciones islamistas consideradas afines, en particular los Hermanos Musulmanes. En la misma época se iniciaba una ola de liberalización económica que enriquecería a unos pocos a costa de la mayoría, y los islamistas –cuya concepción de la justicia social se reduce a la caridad– aprovecharon la ocasión para ocupar los espacios que el Estado abandonaba, ofreciendo servicios (clínicas, escuelas, instalaciones recreativas…) junto con su versión del islam como principio director de la vida política y social. Los Hermanos Musulmanes también se han instalado en Occidente, donde su gran capacidad de organización les ha permitido erigirse en representantes de las comunidades musulmanas, a menudo contribuyendo a dificultar su integración.

Además de obviar esta situación, las discusiones sobre lo que supuestamente es el islam ignoran la lucha por definirlo dentro de las propias sociedades musulmanas. A grandes rasgos, esa lucha enfrenta a los reformistas, que defienden un islam adaptado al mundo contemporáneo, con los islamistas, que rechazan esa modernidad como una desviación del plan divino. Los primeros avanzan argumentos como la necesidad de retener el espíritu del Corán, y no la letra, mientras que para los segundos cualquier compromiso conduce inevitablemente a la corrupción y la decadencia. Lamentablemente, de esa dinámica solo suelen llegarnos noticias de la violencia con la que ciertos grupos islamistas intentan imponer su voluntad. Pero a pesar de su obstinación, el mundo musulmán está siendo transformado debido a mejores niveles de educación, un mayor acceso a la información, movimientos de población, la proliferación de las redes sociales… Los jóvenes musulmanes se han distanciado de las autoridades religiosas tradicionales, y mientras algunos han sido seducidos por utopías islamistas, muchos otros claman por gozar de los derechos y libertades que ven en las sociedades occidentales.

No nos corresponde a nosotros decidir qué es el islam, pero sí podemos evitar simplificar una realidad compleja, y advertir que las voces que se escuchan más alto no son necesariamente las más representativas. Debemos reconocer como xenófobos los argumentos de aquellos que reducen la religión musulmana a su versión menos compatible con nuestra sociedad a fin de justificar una actitud de rechazo hacia los musulmanes en general. Sin embargo, tampoco parece lógico aceptar la premisa de que el único problema con el islam es algunas manzanas podridas, y hacer la vista gorda ante aquellos aspectos problemáticos que denuncian los propios musulmanes reformistas. Finalmente, no debemos olvidar el papel del colonialismo y el neocolonialismo en la aparición y el crecimiento del islamismo, y ser conscientes de que la hostilidad genera más hostilidad y dificulta la tarea de los que defienden el islam que nos interesa ver triunfar.

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