Un “referéndum desde abajo” que refleja un dilatado “procés desde arriba”

Hace unos días se publicó un interesante artículo que tuvo cierta repercusión en influyentes académicos, más ajenos a esta área de estudio. Los autores llamaban la atención sobre el hecho de que para entender el procés catalán hay que tener en cuenta la presión ejercida ‘desde abajo’. En particular, cómo el procés no sólo responde a una lógica impulsada desde las instituciones políticas catalanas, sino también a otra que informa de la gran capacidad de movilización del movimiento independentista y del importante papel que han jugado numerosos colectivos y organizaciones de la sociedad civil catalana en este proceso. Organizaciones como ANC y Òmnium Cultural, que junto a “cientos de asambleas de base, vecinales, colectivos autónomos e individuos anónimos” han canalizado el malestar ciudadano y las demandas de reconocimiento de una parte de catalanes. De esto ha dado buena cuenta la participación de esa parte muy importante y significativa de los catalanes en la movilización que representó el “referéndum” simbólico celebrado el 1 de octubre, —en la que los Comitès de Defensa del Referèndum y las ‘redes sociales digitales’ jugaron un papel clave—, pero también otras acciones públicas que han tenido lugar en los últimos años.

Este argumento viene a poner de manifiesto la importancia de una teoría clásica en Sociología y Ciencia Política que vendría a decir que las relaciones sociales que las personas establecen en el plano intermedio de la estructura social, a través de grupos sociales intermedios —colectivos y asociaciones de la sociedad civil, movimientos sociales, etc.— adquieren un papel fundamental en la organización social de las sociedades occidentales y en la defensa del sistema de libertades que constituye su esencia. Un proceso que tiene lugar en el terreno de la sociedad civil, en el que operan las organizaciones independientes de las instituciones políticas y del Estado. Las aspiraciones de justicia y libertad del individuo necesitan de estos ‘cuerpos intermedios’ para elaborarse, expresarse y canalizarse hacia las instancias políticas donde se toman las decisiones que les afectan, pero también un alto grado de pluralismo de estos grupos.

Hasta aquí, todo correcto. Sin embargo, en el caso del procés catalán deberíamos atender muy seriamente a la “cara oculta y más oscura” de esta teoría, que viene determinada precisamente por el fuerte quebranto de dos de las condiciones clave que la misma formula. Quebrantos que son el desarrollo de un proceso de amplio calado, que no se limita a los últimos acontecimientos ni al actual procés independentista, y que ha provocado a lo largo de varias décadas dos dinámicas que no podemos obviar. Por un lado, el progresivo debilitamiento de la expresión del pluralismo de la sociedad civil catalana. Por otro, el impulso material y simbólico por parte de la Generalitat y todo su armazón institucional, educativo y mediático de grupos sociales intermedios afines al nacionalismo, y en esta última etapa al movimiento independentista. Cómo han podido este tipo de procesos llegar a su máxima expresión en la actual situación, esto es, a una armónica dependencia de tales grupos respecto de las propias instituciones políticas de la Generalitat, y vice-versa. Esto sería complicado de abordar aquí, pero los hechos muestran que esto ya ha sucedido como, en cierto modo, señalan también mis queridos compañeros en el citado artículo: “la frontera entre política institucional y sociedad civil tiende a difuminarse (sirva a modo de ejemplo la actual presidenta del Parlament, Carme Forcadell, anterior líder de la ANC)”.

Llegados a este punto, debemos tener en cuenta que los ‘cuerpos intermedios’ son también un ‘arma de doble filo’. Por un lado, si su grado de pluralismo y, por tanto, la expresión y visibilización de la pluralidad de intereses se ve mermada a lo largo del tiempo como consecuencia del impulso y potenciación de grupos intermedios muy concretos por parte del poder político en detrimento de otros. Por otro lado, además, si las mismas instituciones políticas se hacen i) totalmente permeables a la intervención de esos grupos intermedios, al tiempo que ii) dichos grupos se ponen a disposición de dichas instituciones para la consecución de determinados objetivos políticos a través de la movilización, y iii) estos grupos llegan a desbordar a dichas instituciones en el impulso de tales objetivos. En el caso catalán parece difícil negar que estos tres supuestos no se hayan materializado, y el actual procés, así como la conceptualización de un ‘referéndum desde abajo’, lanzada por mis compañeros, serían la prueba más palpable de ello.

Bajo estas circunstancias se materializa, entonces, el lado más oscuro de la teoría que aquí traigo a colación, ya que las dinámicas que se generan son susceptibles de provocar el aislamiento y retraimiento de importantes sectores de la población que no comparten tales objetivos, es decir, el menoscabo del pluralismo democrático en dicha sociedad. Pero también en épocas de desesperanza, crisis o baja legitimidad del orden democrático pueden dar lugar a procesos de adhesión incondicional a organizaciones, proyectos, líderes o símbolos que ejercen un atractivo sobre las personas que refuerzan los sentimientos de comunidad y pertenencia, puesto que ofrecen a través de sus objetivos políticos un ‘mundo nuevo’ alcanzable a través de vías que permiten expresar su resentimiento y frustración. Estos procesos alcanzan además una mayor envergadura y gravedad si las instituciones educativas se utilizan por parte de los poderes públicos como soporte en el impulso de dichos objetivos políticos, o al menos no garantizan una educación plural a lo largo de los procesos de socialización de los más jóvenes. En este tipo de situaciones estaríamos hablando de una hipótesis bien distinta, —que sólo me atrevo a plantear como tal dado que no he tenido, ni tendré, la oportunidad de contrastar empíricamente: proyectos de construcción nacional ‘desde arriba’, que acaban por cercenar la igualdad de aquellos grupos sociales que no comulgan con dichos objetivos.

La culminación de tal proceso, el actual procés, ha contado, sí, con el protagonismo de la ciudadanía que ha conectado con el proyecto del movimiento independentista y de los partidos que lo apoyan, y a la que los impulsores del mismo habrían otorgado dicho papel protagonista, como no podía ser de otra forma con el fin de dotarlo de mayor base social, —esto es lo que parece poner de manifiesto el informe #EnfoCATs. Sin embargo, un suceso clave, y directamente relacionado con la teoría antes señalada ha venido a trastocar esta lógica: el despertar de la ciudadanía que no sintoniza con los postulados de proceso independentista, con la que han conseguido conectar organizaciones cívicas como SCC y las redes de la Resistencia, —que durante años avisó, en solitario, de lo que venía sucediendo en Cataluña. Este despertar es una muy buena noticia ya que supone un primer paso para dar mayor visibilidad en el plano de las relaciones sociales intermedias y de la vida cotidiana al pluralismo de la sociedad catalana, pero también para impulsar la creación de nuevos grupos sociales intermedios realmente independientes, un buen presagio de más y mejor democracia.

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