Rebeldes con causa: juventud y desigualdad en las elecciones británicas

Si el lema de Theresa May durante la campaña electoral británica fue el de proveer al país con un liderazgo “fuerte y estable”, se podría decir que la situación política en buena parte del mundo occidental es su opuesto diametral. Casi una década después de la Gran Recesión, la irrupción de nuevos fenómenos políticos en países europeos y en Estados Unidos han dejado a numerosos analistas políticos y opinadores desconcertados. A lo largo de toda Europa y Estados Unidos, las sorpresas políticas se han sucedido, con la victoria de Syriza en Grecia, la entrada de actores como Podemos o el Movimiento Cinco Estrellas, la presidencia de Trump, el voto favorable al Brexit o la llegada a la segunda vuelta de las presidenciales francesas del Frente Nacional, y han supuesto el giro hacia una nueva época en la política representativa occidental.

Y elección tras elección, el patrón parece repetirse. Una brecha social cobra protagonismo. De un lado, la reacción corta de miras ante el progreso, de base eminentemente rural y con bajos niveles educativos, que protestan contra un proceso de globalización que les ha permitido tener iPhones pero que les hace sentir escalofríos al ver el tono de piel de sus nuevos vecinos. De otro lado, un cohorte de jóvenes mejor educados, que han vivido la diversidad internacional, étnica y profesional, saben abrir la vista hacia el inevitable progreso social y económico y votan opciones que no buscan construir muros ante el diferente.

Si bien es cierto, tal y como hemos señalado anteriormente, que el impacto desigual de la globalización, la destrucción de espacios de articulación de la clase trabajadora como los sindicatos, y el abandono del discurso de clase por parte de la socialdemocracia, han configurando una tendencia hacia el voto conservador por parte de la clase trabajadora blanca, en nuestra opinión el marco interpretativo que recogemos arriba es simplista, y esconde una realidad más compleja. Y es que, como muestra el gráfico del Institute for Fiscal Studies, la redistribución de recursos que han producido las decisiones políticas post-crisis han tenido un fuerte componente generacional. Los partidos conservadores incumbentes, conscientes de las características demográficas de su base de votantes, han primado mantener el poder adquisitivo de pensiones y ahorros a apoyar la formación o el inicio de una vida adulta con garantías.

Durante las últimas semanas, las encuestas en relación a las elecciones británicas del 8 de junio mostraban serias discrepancias. Los márgenes de la ventaja conservadora sobre Labour variaban desde los 12 puntos en ICM hasta el escaso punto en Survation. Esta enorme diferencia residía en las estimaciones de participación que las distintas encuestas imputaban al voto joven. Y es que respecto a las elecciones de 2015, 1.05 millones más de votantes jóvenes se han registrado para votar. La encuesta pre-electoral de Survation mostraba un incremento del 100% en la intención de ir a votar por parte de la población de entre 18 y 24 años, y de ellos, un contundente 66% se inclinaba por el partido de Jeremy Corbyn.

Así, el éxito de Jeremy Corbyn el 8 de junio se explica en gran medida por este apoyo extraordinario del voto joven, que habría votado en proporciones históricamente elevadas. Puede parecer absurdo hablar del “éxito” de un partido que quedó segundo y a 56 parlamentarios del primero. Sin embargo, Theresa May, que convocó unas elecciones en plena caída de los salarios reales que no había visto símil desde hace varias décadas, ganó 2.3 millones de votos, subiendo 5.5% respecto al 2015, consolidando la fidelidad de sus votantes y beneficiándose del derrumbamiento de los anti-europeístas UKIP. Si Jeremy Corbyn no hubiese conseguido contrarrestar esto con un aumento de 3.5 millones de votos y 9.5% respecto a 2015, la debacle Labour hubiera sido histórica. Así, los conservadores consiguieron 318 escaños (12 menos que en 2015) mientras los laboristas subieron 30 hasta llegar a los 262.

Aunque las estadísticas definitivas sobre el comportamiento sociodemográfico de los votantes aún tardarán semanas en aparecer, distintos datos empíricos confirmarían este apoyo extraordinario de la juventud al Labour Party. Por un lado, el aumento de la participación electoral, que se ha situado en el 69%, se ha recuperado de una caída hace un par de décadas liderada por el aumento de la abstención en el voto joven. También lo indica el hecho de que Corbyn haya mejorado su apoyo respecto a las encuestas que estimaban una baja participación del voto joven. En este artículo en Piedras de Papel, José Fernández Albertos e Ignacio Jurado muestran que el swing al partido laborista (el diferencial entre el incremento de voto a laborista y el incremento al voto conservador respecto a las últimas elecciones) está significativamente correlacionado con el porcentaje de población joven y con la densidad de población. Estos autores explican también que mientras el Brexit pudo ser un componente importante en el voto al partido conservador, las políticas socioeconómicas han sido un determinante más importante del voto laborista.

Lejos de interpretaciones simplistas, que atribuyeran el comportamiento electoral de los millennials a una rebeldía irracional fruto de la edad o a diferencias de valores intergeneracionales, el director de la Resolution Foundation, Torsten Bell argumenta que hay elementos suficientes para interpretar el apoyo de la juventud a Corbyn como una decisión coherente desde un punto de vista material. En lo relativo a las condiciones laborales, el paro juvenil no llega a los extremos de los países meridionales, pero aún así muestra diferenciales por grupo de edad. Entre los jóvenes es del 12.5% (frente al 4.8% de media). Sin embargo, el problema para los jóvenes quizás no se halle tanto en la tasa de desempleo tomada aisladamente, sino en las condiciones laborales y económicas a las que se enfrentan. Sabemos que la precariedad laboral es un fenómeno que se suele cebar con los trabajadores jóvenes. El Reino Unido no es una excepción. Un estudio del Centre for Population Change con datos del UK Household Longitudinal Study de 2014 da testimonio de la precarización de las condiciones económicas de la juventud británica: los jóvenes se ven más afectados por el crecimiento de los empleos con salarios bajos y a menudo a tiempo parcial. Según la Office for National Statistics británica, la generalización de los contratos ultra-precarios de 0 horas (una contrato atípico en el que el empresario no tiene el deber de emplear al trabajador si no lo necesita, quedando éste a merced de las fluctuaciones del sector), afecta desproporcionadamente a los trabajadores jóvenes. Además, un 11.5% ni estudian ni trabajan.

Aunque la intersección entre juventud y condiciones socioeconómicas peores es hasta cierto punto inevitable, ya que no han tenido tiempo de acumular experiencia ni ahorros, las expectativas de mejora a lo largo de la vida han caído significativamente en los últimos años. Un estudio de la Equality and Human Rights Commission de 2013 encuentra que los trabajadores menores de 34 años han sido quienes han sufrido una caída mayor tanto en los salarios (13%) como en su participación en el mercado laboral (9%) desde la Gran Recesión, condiciones que se acentúan en la franja de 16 a 24 años. Como se ha repetido hasta la saciedad, y no por ello es menos cierto, la generación millennial enfrenta unas perspectivas económicas peores en comparación con las generaciones anteriores.

Además, como explica Marcus Barnett en la revista Jacobin, este aumento de la incertidumbre vital en adultos jóvenes derivada de la precariedad ha venido acompañada por un progresivo deterioro de las políticas públicas de apoyo a esta franja de edad que permitieran contrarrestar unas expectativas vitales mermadas. Específicamente, las políticas de educación y las de vivienda tienen un importante componente de redistribución hacia las generaciones más jóvenes. En cuanto a las políticas educativas, el gobierno británico surgido de las elecciones de 2010, basado en la coalición LibDem+tory, triplicó las tasas universitarias hasta las 9000£ al año, además de la abolición de la Education Maintenance Allowance, que suponía un apoyo definitivo a la formación para jóvenes de origen trabajador. Estas medidas fueron la chispa que prendió la mecha de las protestas estudiantiles de 2010 en el Reino Unido. En cambio, en Labour Party incluyó en su manifesto (programa electoral) una reversión de estas políticas, presupuestando 11.000M£ para abolir las tasas universitarias.

Con respecto a la vivienda, cabe hablar de la brecha campo/ciudad. Labour saca históricamente buenos resultados en las urbes, pero ha mejorado sus resultados en Londres (¡por encima del 50%!), Manchester, Birmingham, Cardiff y Edimburgo. El incremento de los precios de los alquileres y la propiedad en las principales ciudades británicas, y especialmente en Londres, hace sospechar de una burbuja inmobiliaria. Un estudio de la Resolution Foundation estimaba que este aumento del precio de la vivienda iba a imposibilitar el acceso a la propiedad de las personas menores de 35 años: de hecho, el porcentaje de familias con vivienda en propiedad se ha reducido a la mitad en las grandes ciudades desde los años 90, y según el Comité de Trabajo y Pensiones de la Cámara de los Comunes, la generación nacida entre 1983-87 tiene menores tasas de propiedad inmobiliaria que cualquiera anterior nacida a partir de 1958.

En un exhaustivo análisis cuantitativo, el Financial Times arrojaba datos que dan cuenta de la complejidad de interacciones entre clase social, edad y cohorte que han determinado el comportamiento electoral. En el panel izquierdo del gráfico se muestra una descomposición del voto por “clase social”, la clásica categorización NRS, realmente derivada de la clase ocupacional. El grupo ABC1 se aproxima a la clase media y contiene profesionales liberales, administrativos y de gestión, o lo que vendrían a ser “trabajadores de cuello blanco”. Este grupo votaba un 30% más tory en los años 70, pero este apoyo ha ido disminuyendo hasta situarse en una diferencia de sólo 3% respecto a Labour en estas últimas elecciones, según una estimación del Lord Ashcroft. Por otro lado, el grupo C2, clase trabajadora cualificada, y el grupo DE, clase trabajadora sin cualificación y desempleados, solían votar Labour de manera muy mayoritaria, pero esta brecha se ha ido cerrando. El grupo C2, siempre según la misma encuesta, habría votado más a tory, mientras el grupo DE sigue dando su apoyo a Labour con más de 15 puntos de diferencia.

Paralelamente, aunque los jóvenes han votado siempre más a Labour, mientras que los más mayores tradicionalmente son votantes tory, el panel derecho del gráfico muestra como este gap se habría amplificado exponencialmente en las últimas elecciones. Así, mientras la brecha “de clase” ha pasado del 72% en las elecciones de 1974 al 15% en las de 2017, la brecha generacional habría pasado del 14% al 83%. La encuesta de YouGov recientemente publicada va en la misma dirección: los laboristas se imponen entre los británicos de 49 años o menos, pero de forma especialmente rotunda entre los menores de 30 años, entre los que superan los 60 puntos porcentuales. Por otro lado, el apoyo a los conservadores es superior al que reciben los laboristas entre los mayores de 50 años, pero lo es especialmente entre el grupo de 70 años o más (que ya no incluye a ningún miembro en edad laboral) donde el cierre de filas tory es abrumador. En función del análisis sobre la precariedad juvenil hecho hasta ahora, para hacer una explicación conjunta de estas gráficas se podría hipotetizar que la composición generacional de los grupos de clase ha cambiado. Así, parte del declive en el apoyo tory en el grupo ABC1 podría explicarse por un aumento de jóvenes muy bien formados que acceden a puestos de trabajo administrativos en condiciones de mayor precariedad, mientras que el aumento del voto conservador en el grupo C2 podría explicarse por un envejecimiento de sus miembros que no obstante han comprado el discurso conservador que individualiza las desigualdades materiales como fracasos personales.

Esta interpretación coincidiría con las encuestas que arrojaban que el votante a favor del Brexit fue desproporcionadamente blanco, en categorías ocupacionales de trabajador manual y más pesimista respecto al futuro para sus hijos. Un perfil que se combina con el de los nuevos votantes que el el UKIP había conseguido seducir en su ascenso post-2009, con su mezcla de liberalismo derechista, xenofobia y euroescepticismo. En las pasadas elecciones del 8 de junio, sin embargo, para el partido de Nigel Farage y Paul Nuttal, este ascenso vio su abrupto fin. Tras el referéndum del Brexit, el apoyo al UKIP se ha derrumbado, y sus votos han sido capitalizados mayoritariamente los conservadores de Theresa May.

Es en esta perspectiva donde tenemos que introducir la idea de que crecimiento económico post-Gran Recesión tampoco ha beneficiado a buena parte de la juventud trabajadora, que ha accedido al mercado laboral en unas condiciones muy precarias a pesar de su alta formación, razón por la cual la clasificación NRS los situaría en clase media. Si se tratara puramente de una división cultural (mayores nacionalistas vs jóvenes globalistas) no se explicaría por qué ha sido el partido de Jeremy Corbyn, un candidato laborista de la vieja escuela de 68 años, con propuestas de corte socialista y fuertes vínculos con sindicatos, y no el partido de socio-liberal Lib-Dem, o incluso las facciones que enarbolaron la llamada Tercera Vía (los llamados blairitas) del New Labour, quienes han recogido su descontento. Si la economía británica tiene visos de entrar en estancamiento, y de nuevo los trabajadores jóvenes vuelven a verse perjudicados, el descontento no haría más que aumentar.

A pesar de esto, cabe suponer que algunos factores culturales pueden haber sido importantes en el comportamiento del voto juvenil. El fantasma de un hard Brexit ha recorrido la campaña, atizado por los conservadores. Los jóvenes votaron inequívocamente por el Remain, pero las características demográficas así como los diferenciales en participación por edades en el referéndum, impusieron un resultado que además, cuando se materialice, por el cambio demográfico producido por el simple paso del tiempo, tendrá una mayoría consolidada en su contra. Por otro lado, a pesar de ser el líder de uno de los partidos del bipartidismo británico, Jeremy Corbyn es de todo menos establishment, con un récord de haber roto la disciplina de su propia partido en cuestiones tan sensibles como la Guerra de Irak, o la privatización del NHS (Sistema Nacional de Salud). Quizás esto es lo que ha hecho que, como recoge Luke Stobart, muchos británicos lo vean como un “intruso nuestro” con un programa transformador para la política. Finalmente, el diseño modernizado de su campaña, adaptado a las nuevas tecnologías y a las redes sociales, así como las oportunidades de participación juvenil en plataformas como Momentum o Young Labour, le han imprimido un carácter de “nueva política”.

En conclusión, creemos que afirmar que las condiciones socioeconómicas tienen cada vez menos peso en el comportamiento electoral puede tratarse de un análisis apresurado. La creciente correlación entre edad y desigualdad socioeconómica, y la creciente precarización de la juventud, de hecho, apunta todo lo contrario: sigue tratándose de un factor fundamental. Y sin embargo, esto no quiere decir que las condiciones materiales se traduzcan automáticamente en una conciencia o simpatía política determinada: la forma en que estas condiciones se interpreten o medien será fundamental. En este contexto, la narrativa que asimila pobreza, paro y precariedad a fracasos personales y no a características sistémicas, que resuena con cierta clase trabajadora envejecida y con una situación relativamente menos expuesta a los envites de los vaivenes económicos, ignora las condiciones económicas boyantes de posguerra y la red de protección pública en las que ellos desarrollaron su proyecto vital. Y en consecuencia, es profundamente injusta hacia las nuevas generaciones. Los jóvenes, a menudo criminalizados por no alcanzar unas expectativas de reproducción y de mejora del estatus socioeconómico, han vivido una progresiva decadencia del sistema de protección social y deben desarrollar sus proyectos vitales en plena Gran Recesión. Su comportamiento electoral en estas elecciones británicas da cuenta de ello.

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