Radiografía de la inmigración en Italia

Italia se convirtió en un país de inmigración a finales de la década de 1970. Debido a su posición geográfica en la frontera sur de Europa, es uno de los principales puntos de entrada y destino de inmigrantes de la Unión Europea. El número de residentes extranjeros pasó de 737.793 personas en 1996 a 2.419.483 en 2006 y 5.026.153 en 2016, el 8,3% de la población total. Este número aumenta hasta seis millones (aproximadamente el 10% de la población) si se tienen en cuenta los inmigrantes regulares no residentes y los  irregulares. La inmigración irregular constituye un componente significativo del total de inmigrantes. Se observan distintas alzas y bajas en las tendencias de este tipo de inmigración a lo largo del tiempo que se corresponden con la adopción de amnistías periódicas por parte de los gobiernos italianos.

Los migrantes que viven en Italia proceden sobre todo de Rumanía, Albania, Marruecos, China y Ucrania. Juntos suman el 50,9% de la población inmigrante. Al principio, procedían del Norte de África (Marruecos, Túnez y Egipto). Más recientemente, ha llegado un fuerte flujo de migrantes procedentes de países de Europa oriental (Rumanía y Albania) y, en no menor medida, de países asiáticos (China y Filipinas); aunque el Norte de África (Marruecos) sigue siendo un área importante de origen. En la mayoría de las nacionalidades se alcanza un equilibrio de género, pero no siempre es así. La inmigración procedente de Ucrania y Filipinas, por ejemplo, está dominada por mujeres, mientras que en la de Senegal, Bangladesh, Egipto y Pakistán predominan los hombres. Esto es un reflejo de la existencia de distintos proyectos migratorios, la duración de las estancias y de factores explicativos culturales y económicos diferentes tanto en el lugar de origen como en el de destino.

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Italia es atractiva para los inmigrantes porque entrar en el país y trabajar ha sido particularmente fácil incluso sin permiso de permanencia, y ello por diversos motivos. El trabajo irregular constituye un importante factor de impulso al menos en la primera etapa de la inmigración; más tarde, la mayoría de los inmigrantes se las arregla para regularizarse y acceder a la economía regular, creando la necesidad de más trabajadores que acepten trabajos menos cualificados. En general, la tasa de empleo de los inmigrantes entre 2004 y 2016 ha sido consistentemente más alta que la de los italianos. Desde una perspectiva de género, la tasa de empleo de los inmigrantes varones es más elevada que la de los italianos, aunque a partir de 2009 ha bajado significativamente (12,5 puntos porcentuales) debido al fuerte impacto de la crisis económica. En el mismo período, la tasa de empleo de los hombres italianos ha descendido por las mismas razones, aunque en menor grado que la de los inmigrantes (sobre tres puntos porcentuales). Las tasas de empleo de las mujeres inmigrantes también son más altas que las de las italianas; sin embargo, se observa que en los últimos años, y particularmente desde 2009, su tasa ha caído más de 1,5 puntos, mientras que la de las mujeres italianas ha aumentado dos.

En relación con sectores de actividad, los inmigrantes se emplean en aquéllos que exigen una menor cualificación. Por ello, se han visto más afectados por la crisis económica: su tasa de ocupación ha descendido y su tasa de desempleo ha aumentado. Esta última creció desde 2008 a 2016 del 6% al 14% en hombres y del 12% al 17% en mujeres inmigrantes. En el mismo período, la tasa de desempleo de los trabajadores hombres y mujeres italianos también aumentó, pero en menor medida que para la población inmigrante (del 5,5% al 10,5% para los varones y del 8% al 12% para las mujeres).

Entre los trabajadores inmigrantes se observa una tendencia a la sobrecualificación para el puesto ocupado: sobre el 30% de los hombres y el 50% de las mujeres desarrollan actividades para cuyo ejercicio se precisa un nivel de cualificación inferior. Este fenómeno está menos extendido entre los trabajadores italianos: sólo afecta al 21% de los hombres y el 22% de las mujeres.

A partir de estas breves consideraciones, está claro que aunque el papel y la importancia numérica de los trabajadores inmigrantes ha aumentado en Italia a lo largo del tiempo, su proceso de integración presenta muchas dificultades, con el resultado de que ocupan a menudo empleos de baja cualificación en la industria y el sector servicios. El impacto de la inmigración sobre el mercado laboral italiano ha resultado beneficioso para los trabajadores italianos: gracias a la entrada de trabajadores inmigrantes, han podido ocupar puestos de mayor cualificación, desempeñar tareas más complejas, dejando los puestos de baja cualificación para los inmigrantes. Es más, en el caso de las mujeres, las trabajadoras inmigrantes, empleadas fundamentalmente en actividades relacionadas con los cuidados, ha favorecido el empleo de las trabajadoras italianas, quienes han visto aligerado al menos parcialmente el papel al que tradicionalmente eran relegadas.

La crisis económica internacional ha tenido impacto en las políticas de los gobiernos italianos. Observando el número de permisos de primera residencia concedidos entre 2007 y 2015, se detecta un cambio de tendencia desde el inicio de la crisis en 2008: los concedidos por causas laborales descendieron drásticamente, mientras que los otorgados por razones familiares y asilo aumentaron de forma considerable. Al principio de la crisis, los permisos de residencia concedidos por razones de trabajo representaban el 56% del total, mientras que en 2015 eran sólo el 9%. En sentido contrario, los permisos otorgados por razones familiares aumentaron del 32% al 45% en el mismo período, y por asilo y razones humanitarias del 4% al 28% (*).

Mientras que el gran aumento en el número de familias inmigrantes es consecuencia de la estabilización del fenómeno de la inmigración en Italia y ya había empezado en la década de 1990 y primeros 2000, el intenso incremento de los asilados es un fenómeno completamente nuevo para Italia. La principal causa de esta nueva tendencia es la falta de estabilidad política y económica en la mayoría de los países del Norte de África y Oriente Medio tras las primaveras árabes. Desde 2011, el aumento de la inestabilidad política en el Mediterráneo oriental y sur ha modificado los flujos migratorios regionales e internacionales. De repente, Italia comenzó a recibir un creciente número de demandantes de asilo: 37.350 en 2011, 17.352 en 2012, 26.620 en 2013, 64.886 en 2014, 83.970 en 2015, 123.482 en 2016 y el número récord de 130.119 en 2017. En los primeros años, procedían mayoritariamente del norte de África y Oriente Medio, pero en los últimos llegan sobre todo del África subsahariana (67%), el Cuerno de África (9,2%), Bangladesh (9,45) y una pequeña parte del Norte de África (8,35) y Siria (2,1%).

La situación actual en Italia no permite clasificar de forma clara entre refugiados y migrantes económicos. De hecho, no todos los inmigrantes llegados desde 2011 han solicitado asilo porque los flujos son de naturaleza mixta, con perfiles individuales altamente diversos (en términos de género, edad, vulnerabilidades, etc.), con motivaciones originales o trayectorias y experiencias migratorias difíciles de discernir. En definitiva, sólo una pequeña parte de los inmigrantes que llegan a Italia están en condiciones de solicitar asilo. Éste es uno de los grandes retos en los que está fallando la elaboración de políticas tanto a nivel nacional como europeo. De hecho, de acuerdo con la legislación italiana, los inmigrantes que arriban ilegalmente y no solicitan asilo deben ser repatriados. Sin embargo, estas tareas de repatriación no son fáciles: son costosas desde el punto de vista económico y complejas operacionalmente porque algunos inmigrantes abandonan los centros de detención. En este momento, re-abrir las fronteras italianas a la inmigración regular no parece una opción para salir de esta situación ni tampoco restablecer rutas seguras para los inmigrantes y sus familias.

(*) Las cifras de permisos de primera residencia concedidos al año es una buena aproximación a los flujos migratorios, aunque sólo se refieren a inmigrantes de fuera de la UE y excluyen, por tanto, por ejemplo a los rumanos, quienes constituyen la comunidad de inmigrantes más numerosa con residencia en Italia. 

 

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