¿Quién gana con la ‘guerra’ entre generaciones?

Tengo un amigo americano interesado en la cuestión de la guerra entre generaciones en España. Hace unos meses, me preguntó por qué Podemos y, sobre todo, Ciudadanos no querían a los pensionistas. Ahora se muestra encantado con las manifestaciones de personas mayores. “Menos mal que se han organizado”, dice por Skype. No es un tema nuevo. Siempre ha admitido que admira a los europeos porque cuidan de sus abuelos. Tampoco lleva muy bien los anuncios de intervenciones estéticas para ocultar el paso del tiempo, bastante frecuentes en Estados Unidos. Esto último puede parecer anecdótico, pero no lo es.

Curiosamente, fueron científicos estadounidenses quienes, en la década de 1970, aportaron argumentos válidos contra el mito de la gerontocracia, o el control del proceso político por parte de los séniores en las democracias envejecidas. Suele ser cierto que las personas mayores acuden a votar con más frecuencia que las jóvenes; aunque, en contra de ciertas creencias extendidas en algunas opiniones públicas, no necesariamente a partidos conservadores en lo económico. En el pasado, sí tendían a votar al mismo partido toda la vida; sin embargo, no es descartable que reorienten sus preferencias en escenarios de mayor volatilidad.

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Tampoco se dispone de evidencia empírica para poder afirmar que el voto de los jubilados españoles está condicionado por la cuantía de las pensiones o la generosidad de la atención a la dependencia; ni de datos indicativos de que a sus hijos y nietos estas políticas les afecten poco a la hora de tomar decisiones públicas. Aquí reside la trampa del discurso de la guerra entre generaciones ¿Quién gana y quién pierde? En realidad, ¿quién se esconde en la otra trinchera?

Mi amigo americano me ha inspirado un pequeño Tocqueville a la inversa. En mi último artículo académico publicado, ‘Envejecimiento y política: un debate politológico’, comparo tres marcos discursivos básicos sobre envejecimiento y Estado de Bienestar: el discurso clásico de protección pública de la vejez, el marco del conflicto entre generaciones y, finalmente, el de la nueva solidaridad intergeneracional, promovido en nuestro entorno por la Comisión Europea. Los marcos que vamos interiorizando, en la socialización temprana o con el paso del tiempo, importan. Condicionan nuestro acceso a la información, nuestra definición de los problemas y la adhesión a determinadas medidas políticas.

De acuerdo con el discurso clásico de protección pública de la vejez, cuando se alcanza una determinada edad (65 años u otra convenida) se entra en una nueva etapa del ciclo vital, de merecido descanso. Con anterioridad, durante largas décadas, se ha contribuido a la generación de riqueza y bienestar sociales. Las generaciones siguientes garantizan el bienestar de las personas mayores, aportando recursos para pensiones, sanidad y otros servicios de los que los séniores (de cada momento) se benefician en mayor medida. Los nuevos contribuyentes esperan que cohortes de edad sucesivas tomen el relevo secuencialmente en la carrera de la solidaridad pública social. Los españoles que han salido a la calle en defensa de pensiones de jubilación suficientes tienen interiorizado este discurso.

El segundo marco niega la importancia de la edad cronológica. La rechaza como criterio para distinguir etapas. No reconoce la responsabilidad colectiva sobre la calidad de vida de las personas. Lo único relevante es el individuo, cuya identidad es extremadamente dinámica y dependiente de su capacidad de consumo.

Por último, la nueva solidaridad intergeneracional plantea reformas de los sistemas de bienestar públicos para adaptarlos a los cambios demográficos y otras variables macro, económicas e institucionales. Como en el primer marco, se trata de hacer efectiva la idea de responsabilidad colectiva sobre el bienestar individual, en las distintas fases del ciclo vital, desde la infancia a la cuarta edad, caracterizada por la pérdida de autonomía.

Además de estos tres discursos elementales, emerge un cuarto marco, progresista. Este último persigue los objetivos del anterior, pero se halla contaminado con algunas ideas neoliberales, como el apocalipsis de los programas de pensiones y una excesiva preocupación por la crisis de natalidad. Puede estar presente en aportaciones de reconocidos especialistas en políticas sociales, que plantean otra distribución del gasto entre grupos de edad. Su propósito es mejorar la capacidad de los estados de Bienestar para reducir las desigualdades y la pobreza, resultados irrenunciables en democracia, y que hoy demandarían una mayor atención en la agenda de políticas de varios países de la UE; entre ellos, España.

Si algunos americanos desean vivir (no sólo envejecer) entre nosotros se debe, con sus variaciones, a la capacidad de las instituciones europeas para poner en práctica la solidaridad intergeneracional. Mi recomendación es clara y firme a favor de mantener alejados los ruidos neoliberales, y diseñar soluciones para cuadrar las cuentas.


Este artículo forma parte del proyecto Genera. Foro Intergeneracional de la Fundación Felipe González

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