¿Quién defiende el Estado de Bienestar?

A juzgar por programas, discursos y promesas políticas, el Estado de Bienestar se ha convertido en bandera de todos. Todos los partidos de nuestro arco parlamentario lo reivindican como pieza clave de nuestra democracia. Tanto se abusa del término que empieza a parecer una quimera. Pero mientras todos defienden una educación, sanidad o pensiones universales y públicas, o la importancia de crear empleo y de atender las necesidades de los más vulnerables, análisis más en profundidad revelan diferencias y contradicciones tanto en la forma como en el fondo.

La principal discrepancia se encuentra en la relación entre el gasto y el crecimiento. La derecha y en general la visión hegemónica neoliberal, plantea un falso dilema entre presión fiscal y gasto social. La ecuación es sencilla: si queremos un Estado de Bienestar fuerte, reza la doctrina, tenemos que aumentar la presión fiscal. Lo importante es lo que se desprende de esta proposición inicial: como en época de crisis es difícil aumentar la carga impositiva, debemos de seguir consolidando las cuentas fiscales recortando el gasto. Esto ha sido básicamente lo que las políticas de austeridad han venido haciendo en Europa desde el 2010. Aunque pocos dudan hoy de que los efectos recesivos que han tenido las políticas de austeridad no fueron debidamente calibrados en los inicios de la crisis, la tríada gasto social, déficit público y competitividad económica sigue vigente en los posicionamientos de los principales partidos conservadores europeos. La máxima de “más economía y menos estados” sigue reflejada cuando se afirma que la mejor manera de combatir la desigualdad es creando empleo y no gastando más.

El planteamiento es sin embargo amnésico desde un punto de vista histórico y sesgado desde una perspectiva más analítica. Las décadas de posguerra ha sido el único periodo en la historia europea de reducción significativa de la desigualdad  por la combinación de unas políticas keynesianas que impulsaron la creación de los sistemas de bienestar gracias a la conjunción de crecimiento económico con políticas sociales fuertes. La reciente pérdida de la capacidad redistributiva de los estados de bienestar en lo que el economista británico Tony Atkinson denomina el “Giro Desigualitario”  explica en buena medida la intensidad del azote de la crisis en determinados grupos sociales. En otras palabras, estados de bienestar débiles son causa y no consecuencia. Por otra parte, dejar exclusivamente en manos de una mayor o mejor recaudación fiscal la supervivencia de nuestro Estado de Bienestar (entendiendo que no podemos mantener niveles de deuda insostenibles) como lo hacían en el artículo que hace unos días publicaban en El País los investigadores de Fedea Conde-Ruiz y Rubio Ramírez, supone dejar constante las políticas sociales, como un Debe inamovible al lado del Haber en el balance de cuentas.

En el frente que rechaza las políticas de austeridad y los recortes hay, sin embargo,  diferencias que no son meramente de matiz. Las fórmulas de antaño de proteccionismo económico y asistencialismo social se siguen defendiendo por las formaciones que proponen costosos programas sociales al tiempo que cuestionan la apertura comercial. Estas iniciativas parecen difíciles de adaptar a los escenarios contemporáneos.  Al clásico conflicto de clase se han superpuesto muchos otros de más complicada prescripción. Los cambios en la estructura productiva y social han erosionado en buena medida las bases sobre las cuales se asentaban los estados de bienestar tradicionales. En Europa, los países con un mayor gasto en políticas sociales también son los que apuestan por una productividad fuerte y un déficit reducido. Además, los niveles de desigualdad que han alcanzado determinados países, como el nuestro, son tan elevados que políticas sociales o fiscales compensatorias solas no alcanzan. Las propuestas que son sobretodo subsidiarias, aunque se presenten bajo rúbricas universales, podrán aspirar a aliviar situaciones de vulnerabilidad extrema, pero difícilmente conseguirán reconducir la deriva en la que nos encontramos.

El problema de limitar el debate sobre nuestro Estado de Bienestar a los equilibrios financieros, ya sea tolerando niveles elevados de deuda pública o condicionando el gasto público a la recaudación fiscal es que obviamos una discusión más de fondo sobre qué papel ocupa y debe ocupar el Estado de Bienestar en nuestra democracia. La idea de la Inversión Social (Social Investment en inglés) parece ser el  único paradigma capaz de hacer frente al neoliberalismo a través de un renovado consenso de defensa del Estado de Bienestar: las políticas sociales como contribución importante no solo al bienestar sino también al desarrollo de una sociedad, una apuesta por unas políticas ex-ante y no sólo ex-post, que se preocupen ante todo por capacitar en vez de subsidiar a las personas,  invirtiendo en capital humano y manteniendo los principales mecanismos de seguridad a través de los programas de garantías de rentas.  Esto no requiere tanto de políticas nuevas sino de repensar las que ya tenemos. El problema de la falta de empleo, por ejemplo, lo seguimos tratando desde los subsidios al desempleo en lugar de empeñarnos a fondo en crear empleo público de calidad y de establecer unos mínimos que evite la sangrante precarización del trabajo.

Es evidente que las “fuerzas igualitarias” como las llama Atkinson que hicieron posible los estados de bienestar europeos están hoy en horas bajas. Con unos sindicatos mermados, una socialdemocracia en busca de su identidad perdida y unas instituciones europeas que golpean con dureza hoy lo que ayer defendían (véase por ejemplo las numerosas sentencias recientes de la Corte de Justicia Europea contrarias a la negociación colectiva o a la protección del empleo público) no resulta nada fácil entrever quienes serán los actores capaces de impulsar una nueva agenda para el Estado de Bienestar. Y sin embargo, no todos tendrán la misma capacidad de defender medidas sociales radicales que no estén contrapuestas al crecimiento, desmontando equivocados dilemas entre equidad y eficiencia. Defenderá el Estado de Bienestar quien de verdad más lo ame. Y aquí no están todos, sino más bien unos pocos.

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3 Comentarios

  1. Luis Moreno
    Luis Moreno 02-10-2016

    Estupendo análisis. Además de recaudación fiscal conviene insistir en la progresividad fiscal, ¿verdad?

    • Marga
      Marga 02-10-2016

      gracias! verdad Luis, tanto camino por recorrer…

  2. Rafael D. Muñoz
    Rafael D. Muñoz 02-10-2016

    Esping-Andersen ha hablado de políticas “productivistas” del bienestar, y Mulas-Granados, también en una tribuna periodística, de “Estado dinamizador”. Quizás cambie la letra, pero suena a “inversión social”. Quizás en un próximo artículo pueda León ilustrarnos al respecto, tanto mejor si es en clave comparada. Vicenç Navarro, por su parte, no deja de apuntar al modelo nórdico como referente.

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