¿Qué sabemos de los efectos de una guerra comercial?

¿Qué pensaríamos si un país aplicase una política que disminuyese en un 4,1% la renta de las principales economías del mundo? Posiblemente, que la estaría llevando a cabo en beneficio propio. Pero el caso es que la renta de este país en cuestión podría verse también reducida en medio punto, lo que resulta aún más sorprendente. Pues bien, éste es el efecto esperado de la guerra comercial que Donald Trump inició hace unas semanas con la última subida de aranceles (del 25% para las importaciones de acero y del 10% para las de aluminio).

Sabemos poco de los efectos cuantitativos que puede tener una guerra comercial entre las principales economías del mundo, básicamente porque la principal experiencia histórica la encontramos en los aranceles de Smooth-Hawley de 1930, donde EE.UU. alcanzó niveles (medios) de tasas a las importaciones del 50%, llevando a un recrudecimiento de la Gran Depresión. Fíjense en que estamos hablando de una guerra comercial y no de una subida unilateral por parte de un país. Mientras la segunda se ha practicado en multitud de ocasiones con mayor o menor éxito, la primera supone que los países entren en una dinámica de represalias para defender sus mercados nacionales ante agravios de terceros. Aun así, y a pesar de la escasa evidencia disponible, podemos sacar varias conclusiones a partir de trabajos recientes (y muy interesantes).

Las cifras expuestas más arriba provienen de un artículo de 2014 publicado en la revista American Economic Review, en la que el economista Ralph Ossa se plantea qué efectos podría tener si los países empezasen a subir aranceles como respuesta a una dinámica de represalias entre socios comerciales. Según él, los estados tienen siempre el incentivo de aplicarlos a los bienes importados porque, en el corto plazo, consiguen encarecer los productos extranjeros, favoreciendo que los consumidores adquieran bienes nacionales y beneficiando, así, a la propia industria. Trump parece estar de acuerdo con este razonamiento y lo ha llevado a la práctica, pues de acuerdo con este estudio, si EE.UU. subiese un 25% los aranceles en sectores como el farmacéutico o el cosmético (casualmente, la misma tasa que la anunciada por Trump), los sueldos en dichos sectores subirían (de media) un 0,2% y un 0,18%, mientras que la producción lo haría en un 4,13% y un 9,27%, respectivamente. A todas luces, estaríamos hablando de una política muy efectiva.

Entonces, si subir los aranceles genera estos efectos, ¿por qué no lo practica el resto de países? En esencia, porque estos resultados contemplan únicamente una situación sin represalias. O dicho de otra manera, la producción y los salarios nacionales pueden mejorar en el corto plazo si el resto de países no llevan a cabo subidas compensatorias de aranceles. Pero en un mundo cada vez más integrado, con cadenas de producción localizadas en distintas partes del mundo y en el que los países han adquirido fuertes compromisos de reciprocidad en política comercial, es probable esperar respuestas por parte de terceros. Y así lo hemos visto desde la Unión Europea, donde el presidente de la Comisión Europea ya respondió con medidas equivalentes para importaciones específicas desde EE.UU. Pero más preocupante puede ser la respuesta del otro gran socio comercial: China. Y es que, aunque China ya sufría elevados aranceles especiales en sus exportaciones de acero y aluminio a EE.UU. como consecuencia de la aplicación de medidas anti-dumping y anti-subsidios en años anteriores, era de esperar que el gigante asiático no se quedase de brazos cruzados ante los agravios estadounidenses. En el momento de escribir estas líneas, ha anunciado una subida de aranceles a 128 productos americanos, llegando a tarifas del 15% o hasta el 25% para ciertos bienes.

En este contexto, si EE.UU. no pone fin a la escalada y entrásemos finalmente en un ciclo de acción-reacción entre estos dos países, cabría esperar que los grandes perjudicados como respuesta a una subida de aranceles estadounidense fuesen Japón (con caídas de renta del 9%), China (-8,6%), la Unión Europea (-2.4%), Brasil (-3.3%) e India (-2.7%). Si bien estos resultados provienen del estudio de Ossa, otros autores (aquí y aquí) plantean resultados cualitativos en la misma línea. De hecho, cabría esperar subidas adicionales debido a la estrategia punitiva que podría perseguir cada socio comercial, agravando con ello la situación y los costes.

Todo esto resulta aún más increíble si analizamos en detalle el anuncio arancelario de Trump, pues un elemento que parece olvidar esta Administración es el de la sustituibilidad entre productos, esto es, cómo de reemplazables son los bienes producidos en un país por los producidos en otro. No sería lo mismo subir los aranceles en productos de alto valor añadido fabricados por pocos países en el mundo que hacerlo sobre productos muy estandarizados con múltiples suministradores internacionales, como serían los casos del acero o el aluminio. Mientras que en el primer supuesto subir aranceles sí que puede reportar más beneficios a la industria nacional, en el segundo genera pérdidas tanto en el país en cuestión como en el resto de socios. De hecho, que los sectores afectados sean el acero y el aluminio arroja dudas acerca de los beneficios nacionales que pretende obtener la Administración Trump. ¿Por qué? Básicamente por la inutilidad del proteccionismo comercial como herramienta para estimular la (macro)economía y los saldos comerciales internacionales. Así, en un artículo muy reciente, los economistas Barattieri, Cacciatore y Ghironi concluyen que el proteccionismo crea recesiones, es inflacionario y, en el mejor de los casos, mejora levemente la balanza comercial, pero como resultado de una recesión económica.

Es más, tratándose de materias primas muy utilizadas en otros sectores (como, por ejemplo, el automovilístico, en el que EE.UU. tiene un déficit comercial con Alemania), un observador internacional se podría plantear si la intención del anuncio arancelario es la defensa de la industria estadounidense o, más bien, el lanzar un mensaje geopolítico al resto del mundo. Por un lado, estaría indicando que Trump está dispuesto a iniciar una guerra comercial con cualquier país con el que EE.UU. mantenga un déficit comercial. Y por el otro, arrojaría un mensaje (muy) negativo hacia la gobernanza internacional, anunciando que los Estados Unidos de Trump no pretenden seguir las reglas de cooperación comercial de la Organización Mundial del Comercio, lo que podría invalidar dicha institución y echar por tierra décadas de trabajo en materia multilateral.

Con todo, si Trump persiguiese de verdad la mejora de las exportaciones en sus sectores, haría bien en preocuparse por su imagen como líder y por la reputación internacional de EE.UU. pues, de acuerdo con estimaciones recientes, que ambas empeoren tiene unos costes equivalentes a los que resultarían si un país recibiese un arancel del 3% por parte de otro socio. En el caso estadounidense, sus exportaciones podrían verse reducidas en 1.500 millones de dólares al año. Es decir, conseguiría probablemente un mayor rédito económico para su industria nacional si promoviese la gobernanza multilateral y no el proteccionismo económico. Al fin y cabo, comerciando, y no guerreando, es cuando ganamos todos.    

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