¿Qué quiere la CUP?

Los resultados de las elecciones del 27 de septiembre han situado a la CUP, que en nuestra latitud es lo más próximo a un partido antisistema, en una posición central en la política catalana.   Sus escaños,  dada la inviabilidad de otras fórmulas teniendo en cuenta la bipolarización de la campaña y el carácter plebiscitario que tanto partidarios como detractor atribuyeron a las elecciones,  se han convertido en imprescindibles para la investidura.  El problema es que la CUP ha dicho por activa y por pasiva que no está dispuesta a investir a Artur Mas y que, contra pronóstico,  no basta con su intervención pasiva por medio de la abstención,  sino que hace falta su participación activa en segunda votación por medio de un voto afirmativo de al menos dos de sus integrantes  para que el candidato a presidente obtenga más síes que noes.

En vistas a obtener este apoyo Junts pel Sí ha decidido poner el turbo y ha impulsado junto a la CUP una polémica resolución parlamentaria que declara “el inicio del proceso de creación del estado independiente en forma de República” que de modo inminente va a ser recurrida al Tribunal Constitucional por parte del Gobierno.   Pero pese  a la coincidencia programática y de timing, la CUP sigue sin dar su brazo a torcer y este mismo fin de semana su consejo político ha reiterado la negativa investir Mas y ha aprobado proponer un candidato alternativo. Inasequible al desaliento Mas  ha consagrado su discurso de investidura a tratar de seducir a la CUP esbozando un programa de gobierno muy alejado de sus posiciones habituales.  Tanto que la CUP sólo le ha reprochado no haber hecho autocrítica y no haber hablado de corrupción.  El resto parece haberles contentado. Pero aún así sigue sin estar dispuesto a prestarle su apoyo e incluso antes de la primera votación ha he hecho pública su propuesta de candidato alternativo que es Raul Romeva, el cabeza de lista de Junts pel Sí.

Ciertamente Artur Mas ha hecho muchas concesiones programáticas a la CUP, un partido del que sin duda él y su partido estaban hasta hace poco muy alejados. Pero no hay que extrañarse.  Si en un breve lapso de tiempo CDC se ha convertido al independentismo y ha cambiado de posición en relación a la cuestión nacional no debería sorprender que también sea capaz de modificar aceleradamente su posición en relación al eje izquierda-derecha. Y más teniendo en cuenta que CDC ha roto su alianza con UDC y que Mas ya no es el candidato de CiU sino el candidato de Junts per Sí, una heterogénea coalición que incluye a ERC y a sectores de la izquierda, que por su izquierda limitan con la CUP.

Pero aunque la distancia ideológica entre Mas y la CUP se haya reducido, sigue existiendo tal y como ha puesto de manifiesto Antonio Baños en su discurso en el debate de investidura.  Y  sólo por esta distancia ya queda justificado su no a la investidura. Desde el punto de vista ideológico la CUP es un partido antisistema por su crítica al sistema capitalista  pero desde el punto de vista sistémico es un partido tribunicio aplicando al caso la etiqueta con la que George Lavau describió la función que ejercía el Partido Comunista Francés en la segunda postguerra. Un partido tribunicio expresa el descontento y representa el malestar de los sectores sociales que se sienten mal representados, aunque paradójicamente con ello contribuya a la estabilidad del propio sistema que quiere destruir. Pero lo que no hace es asumir responsabilidades de gobierno aunque pueda hacerlo porque dejaría de ser lo que es.  Más bien prefiere esconderse detrás de la retórica revolucionaria y posponer la revolución indefinidamente o como mínimo hasta que tenga por sí solo la fuerza suficiente. 

Y esto es precisamente lo que esta haciendo la CUP.  Este partido no puede dar apoyo Junts pel Sí porque quiere seguir siendo la CUP.  A diferencia de los partidos sistémicos no se enfrenta al  dilema de elegir entre votos, políticas o puestos, sino al dilema de renunciar o mantener su carácter diferencial, su identidad organizativa  Por el momento aprobada la resolución parlamentaria y oído a Artur Mas en el debate de investidura queda claro que la excusa ideológica se ha resquebrajado per sigue existiendo.   Y por si esta razón no fuera suficiente  Mas, con el permiso de CDC y del resto de integrantes Junts  pel Sí por el momento,  le sigue proporcionado la coartada perfecta. 

En los próximos días veremos el desenlace de este juego de la gallina.  Si ninguna de las dos formaciones cede habrá elecciones en marzo y las dos pierden.  Pero si una de ellas cede lo hará al precio de la fractura interna. O vamos a elecciones o veremos como se rompe la CUP o como se rompe CDC.  Hoy por hoy estando al borde del colapso parece más plausible que se rompa Convergencia.

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