¿Qué juicio merece Rajoy?

Desde mitad de los 90 se ha asentado en España un lugar común sobre la forma poco memorable en que los presidentes llegan al Gobierno en nuestro país: no tras haber ganado por méritos propios, sino más bien como resultado de la irremisible derrota de sus predecesores, condenados por graves pecados políticos cometidos al final de sus mandatos. Según esta interpretación, agorera pero no desencaminada, el reguero de graves escándalos que lastraron la etapa final de Felipe González habría tenido como consecuencia inevitable su reemplazo por el a priori insípido José María Aznar. Ocho años más tarde, su aciaga reacción ante los atentados del 11 de Marzo provocó la completamente inesperada llegada a la Moncloa del bisoño José Luis Rodríguez Zapatero. Y, de nuevo, el enorme enfado provocado por cómo éste había abordado la crisis económica durante una segunda legislatura de infausto recuerdo acabaría por propiciar la mayoría absoluta del nada carismático Mariano Rajoy.

La historia parece repetirse ahora por cuarta vez; pero en esta ocasión, corregida y aumentada. Al fin y al cabo, las alternancias de 1996, 2004 y 2011 se realizaron tras sendas victorias electorales y con programas de investidura que abrían nuevas etapas. No es el caso. Pedro Sánchez no ha anunciado en estos días un plan de gobierno, ni tampoco tiene mucho tiempo por delante. Más que nunca, y de manera además explícita (por retirada de la confianza tras una censura parlamentaria que nunca antes había prosperado), el poder lo ha perdido quien lo ostentaba. Ciento ochenta diputados de ocho formaciones parlamentarias distintas han coincidido en que tenían que hacer caer inmediatamente al presidente Rajoy, pero menos de la mitad de éstos lo han hecho ilusionados por su recambio.

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¿Por qué ha sido tan arrollador ese deseo de echar al ya ex presidente? ¿Tan nefasto era y tan insostenible su situación? ¿Será muy severa la Historia con su etapa de gobierno? Sin duda, es pronto para responder a esas preguntas. En estos momentos, los primeros análisis subrayan lógicamente los elementos que le han llevado a perder el poder: por encima de todo, la reciente sentencia judicial que considera probada la existencia de un “auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional a través de mecanismos de manipulación de la contratación pública” en el PP y la desconsideración como “no verosímil” del testimonio realizado por Rajoy ante el tribunal.

Ése ha sido el principal desencadenante de su derrota, pero ni mucho menos su único punto débil. El indisimulado entusiasmo de sus detractores en esta hora y el escaso fervor que recibe de los suyos (en el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas sólo el 36% de los votantes del PP consideraban buena su gestión y un tercio de ellos ocultaba haberle votado) hace pensar que podríamos estar ante un desastre sin paliativos. A Rajoy hoy se le denigra desde la izquierda (a causa de los duros ajustes impulsados cuando España aún sufría recesión, o del deterioro de las libertades), se le vilipendia por el nacionalismo catalán (como símbolo de la represión al independentismo), se le repudia por gran parte de su propia base electoral (por las subidas de impuestos o por ser acomplejado con los adversarios) y, en fin, los analistas en teoría neutrales le desprecian y le caricaturizan como “un señor de Pontevedra” mediocre, perezoso, timorato, sin habilidades idiomáticas y falto de imaginación.

En esas críticas tan severas hay parte de razón. Cualquier experto en comunicación y cualquier politólogo especializado en estudios de liderazgo concluirá que Mariano Rajoy no es sofisticado, ni brillante (salvo, a ratos, desde la tribuna del Congreso) ni tiene un estilo proactivo o mucho menos transformacional. En un interesante estudio de los profesores Olmeda y Colino se confirma esa semblanza inicial de un político mal dotado para la comunicación, aficionado a procrastinar, nada seductor, más bien tecnocrático y adverso al riesgo. Pero luego, cuando los autores aplican la metodología del Leadership Capital Index (LCI), la conclusión no le deja en mal lugar, sobre todo por comparación con Rodríguez Zapatero. Rajoy se muestra entonces como un político experimentado (que conoce bien las instituciones y sabe controlar su partido), pragmático (en vez de ideologizado), ordenado (capaz de priorizar), eficiente (a la hora de sacar adelante las reformas que se propone), previsible (alejado de ocurrencias), incremental (sin impaciencias ni oscilaciones bruscas en sus políticas) y buen medidor de sus fuerzas (conservando su no demasiado alto capital político). En el fondo, como dice Archie Brown, es muy dudoso que los liderazgos “fuertes” sean los más exitosos.

Rajoy, que sin duda sale poco favorecido en el plano largo, gana en cambio cuando se observa de cerca, con detalle y comparando con otros, tanto su legado en el partido como sus políticas concretas. Muchos, por ejemplo, se precipitarán a decir que ha dilapidado la hegemonía del PP en el centro-derecha español, ahora amenazada por Ciudadanos, pero basta con mirar al entorno inmediato para cuestionar ahí un juicio demasiado severo. Piénsese que el referente del Partido Popular Europeo era la fuerza claramente mayoritaria en los parlamentos de Francia (Sarkozy), Italia (Berslusconi) o Portugal (Passos Coelho) cuando Rajoy llegó a la Moncloa. Hoy en los dos primeros países Les Républicains y Forza Italia se arrastran por los sondeos para no ser testimoniales mientras que el centro-derecha portugués no tuvo tras las elecciones en 2015 la habilidad de su vecino y pasó a la oposición tres años antes. Tampoco, pese a su dominio histórico hasta hace muy poco en Bélgica o Países Bajos, la democracia cristiana gobierna hoy en ni uno solo de los países del Benelux, y ni siquiera la todopoderosa CDU de Merkel le saca ahora mismo al PP muchos puntos en los sondeos. Seis años y medio después, Rajoy tiene un partido debilitado pero en bastantes mejores condiciones que casi todos sus socios. Y sin una fuerza xenófoba o euroescéptica que le carcoma desde su derecha.

Si a continuación se analiza la sustancia de sus políticas, y se seleccionan las tres dimensiones seguramente más relevantes (economía, política exterior y Cataluña), el balance es indiscutiblemente polémico pero de nuevo, visto con calma, mucho menos funesto de lo que se deriva de una mera mirada impresionista. En política económica, las reformas estructurales, los duros ajustes presupuestarios y el rescate bancario pueden ser criticados por su indudable impacto sobre la desigualdad y la precariedad; pero si se enjuicia a partir de los objetivos con que fueron diseñados (embridar el déficit, sanear las cajas de ahorro, relajar la prima de riesgo y crear empleo), no se les puede negar cierto éxito. Basta comparar en todos esos indicadores con los demás países del sur. Incluso la reputación que Rajoy se supo ganar en Berlín y Bruselas, de gestor ortodoxo y obediente, le permitió un margen de flexibilidad en política fiscal que, junto a la ayuda del Banco Central Europeo, facilitó recuperar la senda del crecimiento a partir de 2014.

La política europea, y por extensión toda la política exterior, es otro ámbito en el que el ex presidente queda mejor en la distancia corta. Aun sin desempeñar protagonismo alguno, la España de estos últimos seis años y medio ha recuperado poco a poco influencia en la UE, ha sabido mantener las buenas relaciones bilaterales con todos sus socios estratégicos (los europeos, los latinoamericanos –con la razonable excepción de Venezuela-, con Marruecos y hasta con los EE.UU. de Trump) y, pese al lamentable desplome de la ayuda al desarrollo, ha mejorado su perfil en la gobernanza multilateral, incluyendo un bienio en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Finalmente, por lo que se refiere a la política territorial, Rajoy podrá de nuevo ser acusado de tendencias recentralizadoras (muy condicionadas por el control del gasto) o de inmovilismo leguleyo en el conflicto catalán. Sin embargo, nadie discutirá que fue paciente con las provocaciones independentistas, que no inflamó el nacionalismo español y que gestionó de manera sabia la aplicación del artículo 155 cuando tantos auguraban su fracaso.

Rajoy ha sido, es obvio, un presidente conservador y por ello podrá criticársele desde la legítima discrepancia ideológica. Pero, pese a su estilo gris, objetivamente no ha sido un mal dirigente de partido ni un mal jefe de Gobierno. Tampoco es un personaje antipático. De hecho, pese a su primera imagen distante e insensible, casi todos reconocen su ironía, su calma y sencillez tras intimar un poco. Incluso Artur Mas, tras el fracaso de la reunión que en septiembre de 2012 desencadenó el procés independentista, dijo que “en el trato personal todo ha ido bien porque con Rajoy es imposible enfadarse”. Alguien dirá que, siendo todo eso posible, lo que no se puede negar es que Rajoy tendrá siempre el lastre de la corrupción, de la sentencia. Pero, aun cuando el oprobio para el PP es claro, ni siquiera en ese aspecto es tan clara la condena al mismo Rajoy.

El mejor resumen que se puede hacer de un político corrupto es aquel cartel electoral del Estados Unidos de los años 70 que, bajo la imagen del turbio Richard Nixon, preguntaba: «¿Compraría un coche usado a este hombre?». No parece que la respuesta sea tan demoledora en el caso de Rajoy como en el del presidente norteamericano. Los españoles aborrecen la corrupción que amparó en su partido, pero la mayoría seguramente cree que su coche tiene los papeles en regla y ha pasado todas las revisiones.

Autoría

5 Comentarios

  1. Carlos López
    Carlos López 06-03-2018

    Gracias por el análisis, sereno y lleno de detalles interesantes.
    A mí me faltarían dos cosas.

    Una, resaltar más el verdadero valor de Rajoy, el ser constructivo en vez de cizañero como todos los anteriores.
    Rajoy, dos errores y una carencia http://pajobvios.blogspot.com/2018/06/rajoy-dos-errores-y-una-carencia.html

    La otra, incorporar el verdadero motivo de por qué ha caído. La erosión llevada a cabo desde los medios de la derecha.
    Frankenstein… empezó en 2012 http://pajobvios.blogspot.com/2018/06/frankenstein-empezo-en-2012.html

  2. Andrés Antillov
    Andrés Antillov 06-03-2018

    A la hora de entender la política, la diferencia fundamental estriba, a mi juicio, entre una concepción de ésta como tarea de administración y otra como ejercicio de transformación. Rajoy es un típico político conservador post consenso de Washington: obsesionado con el manejo económico y la tecnocracia. Desde este punto de vista, cumplió correctamente su labor, como buen y obediente funcionario que es. El punto, sin embargo, que esta corrección sin duda no le alcanzó para estar a la altura de los nuevos desafios históricos. Las circunstancias exigen un figura distinta, superior en este caso a la mediocridad que encarna Rajoy.

  3. Gloria
    Gloria 06-05-2018

    Creo que se le pueden hacer muchos reproches, yo le hago uno sobretodo y es que ha sido pusilánime con los que se han comportado contrarios a la Constitución y tienen como tarea principal destrozar España, partirla, apropiarse de algunos territorios como si fuera su casa, lo único que es suyo cuando todo lo que hay en ella, el arte maravilloso, las playas, los montes, las carreteras, los puentes, los pueblos, es propiedad de todos y cada uno de los españoles. Nadie le ha acusado ni le puede acusar de dictador, ha sido un hombre tranquilo, templado, educadísimo, el mejor parlamentario del Congreso, con finura dialéctica y una sorna muy propia de su tierra. Los españoles somos cainitas, especialmente las izquierdas, que destrozan lo que no es de su gusto, lo hicieron con el enorme político que fue Adolfo Suárez, eso sí cuando se murió todos en posición de alabanza los muy hipócritas. Ningún respeto, eso sí, enterramos mejor que nadie. Igual pasará con Rajoy.

  4. Jose Cervi
    Jose Cervi 06-05-2018

    Un escrito equilibrado y inteligente. En este momento en que del arbol caído todos sacan leña, es refrescante leer una opinión en la que igualmente se ponen en evidencia luces y sombras de un personaje que ha gestado con dignidad un difícil periodo de la história de España. Lástima por el lastre inaceptable de la corrupción

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