Puritanismo punitivo

Hay un sinfín de ideas potentes en el libro The righteous mind (Penguin Books, 2013) de Jonathan Haidt. Ideas ya esbozadas de formas más ambiguas en textos de Martha Nussbaum, Drew Westen o, incluso, vislumbradas en los hallazgos de Daniel Kahneman, Amos Tversky o Richard Thaler. Algunas de ellas aparecen puestas en práctica en discursos que cambiaron la historia y consiguieron que muchas personas hicieran lo que no querían pero era necesario hacer. Eran ideas transmitidas por quienes conocían el alma de aquellos que debían cooperar necesariamente para su realización. Podemos analizarlos uno por uno pero, en este libro, Haidt hace la labor del ingeniero que sistematiza y depura.

El resultado es realmente provocador.

Haidt logra que asumas que no es tu razón la que gobierna tus actos y domina tus pasiones, sino que su misión fundamental es dar soporte racional a tus intuiciones previas. Y tras ello, resume los principales fundamentos morales que, según sus investigaciones, provocan el click: mueven nuestras intuiciones sin que muchas veces seamos conscientes de ello.

No a todos nos apelan todos los fundamentos, no en el mismo sentido y no con la misma intensidad. Esas diferencias, o indiferencias, nos predicen mucho más allá de lo que probablemente nos gustaría.

Los fundamentos morales que establece son cinco: “Cuidado(s)”, “Equidad”, “Lealtad”, “Autoridad” y “Santidad” (al final añadirá el sexto, “Libertad”). Dime cuánto puntúas en cada etiqueta y sabré a qué quieres dedicar tus impuestos, votar, renunciar, prohibir, castigar…

Estas identificaciones más o menos individuales tienen consecuencias profundas debido a nuestra doble naturaleza: somos individuos egoístas, pero también somos seres sociales. Y es en el grupo, en nuestra capacidad de actuar de manera coordinada, en grandes números y de modo flexible donde radica nuestro éxito como especie. Por eso el capítulo dedicado a analizar por qué somos tan “gregarios” resulta irresistible. ¿Cuáles son los resortes que nos hacen agruparnos, formar equipo, crear un nosotros contra ellos, un enemigo exterior o un aliado?

Me detendré en el poder de la ofensa. Haidt se pone a sí mismo como ejemplo (los ataques terroristas del 11S y la imperiosa “necesidad” que sintió de mostrar públicamente su patriotismo americano), y es inevitable hacer la transposición a otras situaciones.

Pocas cosas cohesionan más un grupo humano que sentir que ha sido atacado injustamente por un otro. Es tal el poder del agravio que a veces no es necesario siquiera que sea injusto para que produzca su efecto llamada. Numerosas veces el enemigo exterior ha parecido la solución a los desajustes internos de las naciones, de los partidos políticos, de los grupos religiosos y, en general, de cualquier organización humana de cierta entidad.

Es una de esas ideas que resulta obvia una vez que ha sido enunciada.

Pensemos en el Brexit (en cómo Cameron, jugando esa carta, perdió y cómo la UE creyó perder y puede que acabe ganando cohesión), o en el independentismo catalán (y la sucesión de ofensas que ha ido agitando, como si de un silbido se tratase, a lo largo del tiempo hasta formar un acervo completo, un relato de daños infligidos por el otro). Pensemos en los nichos que encuentran los partidos políticos para activar a sus votantes; más aún, para atraer nuevos votantes. Encuentra la ofensa latente y aglutinarás a los agraviados.

Esa característica del ser humano, esa necesidad de pertenencia al grupo y, como consecuencia, esa reacción de adhesión ante el ataque, cobra en los últimos años un tinte extravagante. Es, de algún modo, una ofensa posmoderna. Un mecanismo en el que se elimina el contenido original, pero se mantiene el envase. Copiamos los gestos, como dijo Daniel Gascón, pero no siempre disponemos de la acción que los provoca.

Nos unimos cuando nos sentimos agredidos. Ahora pareciera que nos ofendemos para sentirnos unidos, para pertenecer. Son lazos débiles que cualquier matiz deshace porque el grupo no existía previamente, relaciones fulgurantes y apasionadas propias de una inmadurez social. Con la misma velocidad que se crean desaparecen ante la menor trivialidad. Con la misma intensidad buscamos la aprobación y sensación de pertenecer al grupo, y para lograrlo también nos hacemos víctimas de agravios ajenos.

¿Cuántas identidades necesitaremos crear para ver satisfecho nuestro anhelo de pertenencia? ¿Cuántos otros agresores? ¿Cuántas causas meritorias enfangaremos? Y lo que resulta más inquietante: ¿a cuántas víctimas reales insultaremos para colmar ese deseo narcisista?

Si esto fuera así tenemos configurada la demanda, y por tanto la oferta, de policies de consumo rápido. Al populismo habitual de incentivos económicos se le incorpora el punitivo. El de las medidas que señalan culpables, agresores que desconocías o que no eran suficientemente castigados. Puritanismos tradicionales y ahora también penales.

Ofensas que no eran percibidas como tales por nadie antes se mezclan con causas justas.

Y es que toda anécdota es susceptible de adquirir estatus de categoría en la sociedad adolescente permanentemente ofendida.

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