¿Puede el partido del Gobierno en España ser irrelevante en Cataluña?

La convocatoria de elecciones para el 21 de diciembre anunciada por el presidente Rajoy pone de manifiesto hasta qué punto el movimiento soberanista ha dejado perder la iniciativa política tras cinco años marcando el calendario del proceso.

Una jugada maestra para muchos, pero que no evita la mayor de las paradojas que se darán el 21-D: el éxito de Rajoy será haber convocado unas elecciones en las que su partido cosechará un pobre resultado. Uno más. Si la CUP no se presenta, podría ser incluso el partido con menor representación de un Parlament hiperfragmentado.

Para algunos, la suerte del PP puede parecer un aspecto menor. Y no lo es. Más bien al contrario: la posición de debilidad parlamentaria que ha acabado relegando al PP en Cataluña es uno de los factores que más han obstaculizado una acomodación efectiva de la cuestión catalana en el marco del Estado autonómico actual. Y mientras se mantenga esa extraña situación en la que el partido más importante de España sea testimonial en Cataluña, las opciones para encauzar el asunto resultarán poco creíbles. Un PP débil en Cataluña, con un electorado escorado hacia la derecha y el españolismo, tendrá más dificultades para ejercer el papel de rótula integradora que sí ha sabido ejercer en otros casos. De modo que el 21-D podría devolvernos algunas casillas atrás en el conflicto, pero difícilmente alterará su eje.

Para entender este razonamiento, hemos de prestar atención a un fenómeno relevante en países con gran extensión territorial o con una identidad plural y cuestionada: que los partidos políticos tiene un protagonismo esencial, igual o incluso mayor que el de las Constituciones o los ejércitos, para favorecer la unidad y la integración de un Estado democrático con fuertes heterogeneidades internas. Pueden hacerlo de diferentes formas, favoreciendo la integración de intereses o la segmentación de los mismos. A veces porque los partidos interiorizan esa pluralidad nacional o cultural y la fomentan entre sus votantes. En otras ocasiones, porque se organizan para reducir las tensiones entre el centro y la periferia. Un modelo extremo, como el del Quebec, ha favorecido la existencia de partidos distintos para las elecciones provinciales y para las federales. En cambio, en Bélgica, los partidos se rompieron y se dividieron según comunidades lingüísticas. Dos modelos distintos que han dado lugar a dos formas muy diferentes de garantizar la integridad del Estado puesto en cuestión.

Hasta ahora, los grandes partidos españoles habían ejercido esa función de integración de forma muy distinta. Fíjense en el PSOE. Su resurrección electoral en la Transición se debió, en muy buena medida, a representar diversas sensibilidades políticas en el terreno de la identidad e hilarlas con un programa común en cuestiones de izquierda/derecha. En Andalucía, robándole la bandera del andalucismo a los propios andalucistas. En la Comunidad Valenciana, antes de adoptar esta denominación, fusionando españolismo de izquierda y valencianismo catalanófilo, de forma similar a lo que haría en Galicia. Y en Cataluña, apoyando una fusión entre el obrerismo no comunista y el catalanismo de centro-izquierda dentro del PSC. Resultado: durante años, la base electoral del PSOE reunía ocasionalmente desde jacobinos españolistas hasta independentistas moderados.

Y, para el caso que nos ocupa, esto tuvo un papel (a mi humilde entender) esencialmente positivo para la relación entre Cataluña y el resto de España. El PSOE facilitó canalizar buena parte de las demandas de reconocimiento y autogobierno expresadas en Cataluña, a la vez que el PSC favorecía la lealtad hacia el Estado dentro del catalanismo. Es posible que aquí salten de su asiento muchos lectores, en desacuerdo con lo uno o con lo otro, y quizá con razón. Como sucede en este tipo de relaciones, nadie podía mostrarse plenamente satisfecho: la actuación del PSC como lobby federalista dentro del PSOE podía en ocasiones ser tan molesta para este como los sapos que aquel se tenía que tragar en ocasiones apoyando medidas de Ferraz incómodas para una amplia parte del electorado catalán. No se trata de juzgar aquí esas políticas (sean cuales sean), sino llamar la atención sobre los efectos estabilizadores de ese modo de canalizar el conflicto territorial. Un modo puramente partidista. El Partido Laborista británico, con una fórmula organizativa distinta, desempeñó un papel parecido durante la etapa de Toni Blair. Para no extenderme, solo mencionaré que en el espacio comunista se produjo una articulación similar entre el PCE y el PSUC, aunque la fortuna le restaría relevancia política en la Cataluña autonómica. Y Podemos trata de seguir ese esquema de forma más sofisticada.

Pero, ¿qué sucedía mientras tanto en la derecha? Una evolución muy distinta. Durante los primeros años de la democracia, la UCD – tratando de integrar el espacio centrista del catalanismo- fue la principal opción para el electorado catalán moderado.

Y aquí llegó un momento clave, cuando el hundimiento de UCD favoreció electoralmente a CiU y AP, pero de forma asimétrica: mientras la primera se quedaba con el electorado más centrista, AP se convertía en la receptora del votante más conservador y españolista. Y más importante aún, CiU conseguía hacerse con buena parte de la red territorial de lideres locales construida por UCD desde el poder. A partir de ahí, la Generalitat hizo el resto, convirtiendo a CiU en el receptor natural, entre otros, de aquellos votantes catalanistas de centroderecha y de identidad dual.

Esta evolución dejó una fuerte impronta en la evolución del PP catalán: le convirtió electoralmente en el partido del españolismo de derecha (un espacio con límites estables y restringidos, que sitúa al partido en torno al 10% de los votos en elecciones autonómicas) y en una organización débil y fuertemente subordinada ante Génova.

También tuvo importantísimas consecuencias para el PP nacional: en períodos de gobierno, Cataluña se convirtió para el PP en un Grupo Parlamentario (CiU) que completaba o reforzaba su mayoría en el Congreso de los Diputados; y cuando estaba en la oposición, Cataluña era el talón de Aquiles del PSOE adónde se debían dirigir todas las flechas.

No es difícil deducir las implicaciones de esta situación para la política en Cataluña: las principales demandas de una parte importante de la sociedad catalana, no representada por el PSC o ICV, se canalizaron a través de CiU, lo que contribuiría al alejamiento emocional entre la dirección nacional del PP y la mayoría electoral catalana. Esto ha sido especialmente manifiesto en las cuestiones de identidad, donde el PP catalán ha quedado lejos de la posición que ese partido ha adoptado en otras lugares como Galicia o, antes del período Bauzá, en las Baleares, donde la españolidad de su discurso no estuvo reñida con notables dosis de regionalismo.

Esto también ha condicionado en numerosos momentos la política del PP respecto al autogobierno en Cataluña. Muchos se acuerdan de la recogida de firmas contra el Estatut o del recursos ante el TC, pero olvidan un instante quizá más determinante para la deriva posterior: cuando Génova forzó la retirada de Josep Piqué de la ponencia parlamentaria para la reforma del Estatut en 2004, rompiendo las opciones para que Maragall pudiera contar con un contrapeso con el que contener la inminente subasta al alza que ya se intuía entre CiU y ERC. Aquella subasta que no dejaría de elevarse hasta concluir en una DUI el pasado 27 de octubre.

Sin un PP fuerte en Cataluña –y para ello, penetrado dentro del electorado catalanista- es más difícil el Estado gane la empatía necesaria para afrontar con fuerza el pulso del soberanismo a largo plazo. Pero también reduce su capacidad de influencia en Cataluña para actuar en las cuestiones más divisivas de la sociedad catalana.

¿Podrían haber sido las cosas distintas? ¿Podrían ser distintas?

Mientras CiU mantuvo el predominio en la política catalana, el PP careció de opciones reales para convertirse en un partido de gobierno, incluso a pesar del momento Vidal-Quadras en 1995.

Consciente de esa limitación, Aznar planeó aprovechar un momento idóneo -la jubilación de Pujol y la pérdida del gobierno por parte de CiU- para propiciar una operación de entente entre el PP y una parte de CiU, más allá del ámbito estrictamente parlamentario. Una UPN catalana. Pero la excepcionalidad de las elecciones de 2004 tumbó esos planes y el Estatut hizo el resto para alejar el escenario.

Ahora surge una nueva ventana de oportunidad, para que el PP enmiende su papel de los últimos 40 años en Cataluña y busque una posición de mayor relevancia en el espacio político catalán. Las elecciones del 21-D pueden dejar el catalanismo de centro-derecha definitivamente noqueado frente a ERC, mientras que el Gobierno central va a necesitar de aliados catalanistas que le permitan ampliar el consenso a favor de un arreglo constitucional que encauce la crisis catalana hacia un nuevo punto de equilibrio. En cualquier caso, el sistema de partidos podría experimentar un nuevo vuelco.

Por supuesto, se dan algunos obstáculos que no existían hace una década y media. No solo el descrédito de este partido por sus problemas de corrupción. Tras la llegada de Ciudadanos, el PP ya no es ni siquiera la opción principal para el electorado de identidad predominantemente española. Además, algunos actuales líderes del PP catalán, empezando por su actual Presidente, representan una opción poco propicia para personalizar un discurso moderado de amplias fronteras en Cataluña.

Todo ello hace bastante difícil, incluso inverosímil, imaginar cualquier tentativa para que el PP participe en una reconstrucción del catalanismo de centroderecha. Pero con ello también se complican las opciones para una solución a esta crisis política que no desemboque en una Cataluña belga, partida en dos comunidades. ¿Podrá Ciudadanos tomarle el relevo?

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1 Comentario

  1. Carlos López
    Carlos López 10-31-2017

    ¡Totalmente de acuerdo! ¡Eso es lo esencial, que el PP exista en Cataluña!
    Yo lo argumento algo distinto pero es la misma idea. Mientras se pueda conseguir que el PP sea marginal en Cataluña+País Vasco, más de un 20% del electorado, la tentación de unirse el resto contra él será demasiado grande.

    “Deconstruyendo el nacionalismo” http://pajobvios.blogspot.com.es/2017/05/deconstruyendo-el-nacionalismo.html

    Y la colaboración de izq con nacionalismo para arrinconar al PP es la base del problema. Lo que ha hecho que el prejuicio anti-España de los nacionalistas fuese apoyado por la izquierda. Lo que ha hecho que desde la izquierda se fuese permisivo con los incumplimientos de la ley por parte del nacionalismo.

    “Un nacionalismo consentido” http://pajobvios.blogspot.fr/2017/09/un-nacionalismo-consentido.html

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