Protestas en Irán: un estallido de cólera, no una revolución

La ola de protestas que ha sacudido Irán durante la última semana es la más importante desde el Movimiento Verde de 2009, pero su naturaleza es muy diferente. Las movilizaciones de entonces, que comenzaron como reacción a la reelección fraudulenta del conservador Mahmud Ahmadineyad, estaban lideradas por intelectuales reformistas y reflejaban las reivindicaciones políticas de las clases medias; las actuales carecen de liderazgo y comenzaron expresando los agravios económicos de los más desfavorecidos. En 2009, centenares de miles de personas marcharon en las calles de Teherán y otras grandes ciudades, en general de forma pacífica; las acciones de los últimos días, a menudo más violentas, se han extendido a docenas de poblaciones de todo el país, pero la participación en las mismas ha sido mucho menor.

Las protestas comenzaron el día 28 de diciembre en Mashhad, al noreste de Irán, aparentemente debido a la incitación de predicadores locales. La ciudad debe su importancia a la presencia del santuario del Imán Reza, el más importante del chiismo iraní, y es un bastión de los conservadores; el director de la institución que gestiona el santuario no es otro que Ebrahim Raisi, que perdió ante Hasan Rohaní en las elecciones presidenciales del pasado mayo a pesar de contar con el apoyo del líder supremo, Alí Jameneí. En cualquier caso, la ira popular no tardó en propagarse a otras localidades y franjas demográficas. Al día siguiente los disturbios más importantes tuvieron lugar en la ciudad kurda de Kermanshah, donde un terremoto dejó centenares de muertos y miles de heridos en noviembre y muchos consideran inadecuada la respuesta de las autoridades a la catástrofe. No obstante, los activistas del Movimiento Verde, que apoyaron al moderado Rohaní en su reelección, han preferido mantenerse al margen.

Las movilizaciones populares por motivos económicos son relativamente frecuentes en la República Islámica. El desencadenante inmediato de las actuales ha sido el encarecimiento del pollo y los huevos como consecuencia de un brote de gripe aviar. Fue la gota que desbordó el vaso; años de sanciones han afectado gravemente a la economía iraní, resultando en una inflación que ronda el 10% y una tasa de paro de casi 12%, según cifras oficiales (entre los jóvenes, más del doble). Durante su campaña electoral, el presidente Rohaní había asegurado que el acuerdo sobre el programa nuclear que firmó con las potencias mundiales en 2015, y al que se oponían los sectores más duros del régimen, conduciría a una bonanza. La recuperación ha sido más modesta de lo esperado –en parte a causa de la belicosa actitud del presidente estadounidense Donald Trump, que intranquiliza a los inversores internacionales–, y ello ha generado sentimientos de frustración. Los más pobres, además, se han visto especialmente perjudicados por los recortes con los que el gobierno ha intentado equilibrar las finanzas públicas, que las medidas populistas de Ahmadineyad habían dejado en un estado lamentable.

Los eslóganes de los manifestantes expresan su cólera contra aquellos a quienes juzgan responsables de sus dificultades económicas, pero también su descontento con el sistema político: Al inicial “Muerte a Rohaní” pronto se añadió “Muerte al dictador”, en referencia a Jameneí, y “Reza Shah, descansa en paz”, en honor al fundador de la dinastía real depuesta durante la Revolución Islámica de 1979. También se han coreado consignas denunciando el poder de los clérigos (“Mientras el pueblo mendiga, los mulás se comportan como Dios”), condenando la corrupción generalizada (“Detened un solo caso de malversación y nuestro problema estará solucionado”), y criticando la costosa política exterior (“Olvidaos de Siria, pensad en nosotros”). El radicalismo de las protestas –que han incluido asaltos a comisarías, presuntamente para obtener armas– contribuye al recelo de los reformistas, que estiman que lo último que Irán necesita es otra revolución y favorecen el gradualismo.

El presidente Rohaní se ha mostrado conciliador, afirmando que los iraníes tienen derecho a manifestarse pacíficamente, pero no a cometer actos de vandalismo, y describiendo las movilizaciones como “una oportunidad, no una amenaza”. Su postura contrasta con la severidad de los conservadores: el líder supremo Jameneí ha acusado a los enemigos de la República Islámica de fomentar los disturbios con “dinero, armas, política y espionaje”, y el secretario de Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Alí Shamjani, ha identificado a dichos enemigos como los EEUU, Gran Bretaña y Arabia Saudí. Por su parte, el presidente del Tribunal Revolucionario de Teherán, Musa Ghazanfar-Abadi, ha advertido que algunos de los arrestados (que superan el medio millar) podrían enfrentarse a cargos de moharebah, o guerra contra Dios, que acarrea la pena de muerte. No obstante, hasta el momento la actuación de las fuerzas de seguridad ha sido relativamente comedida.

Ante esta situación, los líderes mundiales han preferido reaccionar con cautela… a excepción de Donald Trump, que a través de Twitter ha expresado su apoyo al “gran pueblo iraní, hambriento de comida y libertad”. Sin embargo, el presidente estadounidense no es popular en Irán, al que ha incluido en su polémica lista de países cuyos ciudadanos tienen prohibida la entrada en EEUU, y sus tuits sirven los intereses de los sectores más duros en Teherán, puesto que parecen substanciar la tesis de la conspiración extranjera.

En realidad, es muy poco probable que las protestas cuajen en un movimiento coherente que constituya una seria amenaza contra el régimen. Incluso podrían terminar unificando y reforzando a sus elementos más conservadores contra Rohaní y sus aliados reformistas, quienes sin duda representan la mejor apuesta de futuro tanto para Irán como para el resto del mundo.   

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