El premio a la localización del voto

En los últimos años hemos asistido a un intenso debate sobre el concepto de democracia y representación política. Los sistemas electorales son los mecanismos que articulan esa relación representativa, pues su función es la de transformar los votos en escaños. Esta transformación depende de su diseño, y no es lo mismo estar ante un sistema electoral mayoritario que ante uno proporcional o uno mixto. Como tampoco resulta indiferente cómo se configuren los distintos elementos que componen el conjunto del sistema (tamaño del parlamento, tipo y magnitud de circunscripción, fórmula electoral, barrera electoral, forma de la candidatura). Todos estos factores interactúan en esos asombrosos artefactos reductores de la complejidad sociopolítica que son los sistemas electorales: las preferencias políticas de millones de personas expresadas a través del sufragio se simplifican en torno a la distribución de unos pocos escaños parlamentarios entre candidatos de distintas fuerzas políticas que concurren a las elecciones.

Si la idea de representación política, según la cual los representantes se encargan de tomar las decisiones que afectan al conjunto del pueblo como si dichas decisiones hubiesen sido adoptadas por el propio pueblo, ya tropieza de por sí con importantes objeciones; los distintos modos en que se realizan las operaciones para convertir los votos en escaños también afectan a las distintas dimensiones de la representación, pues los sistemas electorales son instituciones llamadas a satisfacer múltiples objetivos, no siempre conciliables entre sí.

En España, el sistema electoral ha sido tachado de desproporcional, pues el porcentaje de escaños que obtienen los partidos suele alejarse bastante de su porcentaje de votos. La principal fuente de desproporcionalidad del sistema es la baja magnitud media de las circunscripciones electorales (las provincias). Asimismo, posee un segundo foco de desproporcionalidad, relacionado con la desigualdad del voto entre los electores de las distintas provincias y con el hecho de que la geografía electoral española es heterogénea: los habitantes de las provincias menos densamente pobladas tienden a apoyar en mayor medida algunos partidos que a otros. Pues bien, esos partidos que reciben un mayor porcentaje de votos en las circunscripciones de la España interior se ven beneficiados por el sistema electoral por partida doble: primero, porque en las circunscripciones sobrerrepresentadas por el sistema electoral los votos son más valiosos; segundo, porque en esas circunscripciones los partidos mayoritarios, al haber pocos escaños en juego, reciben una jugosa bonificación. Como los principales partidos beneficiados por este fenómeno han sido la UCD y el PP, a este fenómeno se le ha denominado sesgo conservador.

Pues bien, a falta de ley electoral propia, las elecciones en Cataluña se rigen en lo esencial por la normativa electoral estatal, de forma que las cuatro provincias catalanas actúan como circunscripción y se emplea también la fórmula D`Hondt y una barrera electoral del 3%. ¿Significa esto que en las elecciones autonómicas catalanas se reproducen los mismos efectos que en las elecciones generales? No exactamente. En realidad, el sistema electoral catalán, al igual que el español, tiene un claro sesgo partidista, pero en este caso la localización del voto favorece a las partidos nacionalistas, mientras que penaliza a las no nacionalistas. Así sucedió en las elecciones autonómicas de 1999 y 2003 en las que CiU, con menos votos que el PSC, obtuvo sin embargo más escaños. Veámoslo más detenidamente con varios ejemplos.

La Tabla 1 muestra, por un lado, el porcentaje de votos a partidos nacionalistas en Barcelona y su área metropolitana frente al resto de municipios catalanes en las elecciones autonómicas de 2010, 2012 y 2015;y, por otro lado, se hace lo propio con los partidos no nacionalistas. Para ello hemos utilizado el recuerdo de voto ofrecido por los estudios postelectorales del CIS en cada uno de esos comicios –dicho recuerdo de voto sobredimensiona a CiU (2010 y 2012) y JxSí (2015), aunque para los objetivos de este articulo podemos obviarlo–. Así, la tabla muestra que existen diferencias muy significativas en el apoyo a formaciones nacionalistas en función del territorio. Mientras que fuera del área metropolitana barcelonesa los partidos nacionalistas superaron de forma holgada el 50% de los votos en todas las elecciones, en el interior el porcentaje es muy inferior, y solo alcanza el 50% en las de 2015 (comicios en los que ERC y CIU concurrieron bajo las mismas siglas, concentrando el voto y evitando que algunos electores, debido a la magnitud de distrito, pudiesen desperdiciarlo). Por el contrario, los partidos no nacionalistas recibieron un mayor apoyo en Barcelona y su área metropolitana. Es más, las diferencias entre el porcentaje de votos que obtuvieron fuera y dentro del área metropolitana son, en todas las elecciones, superiores a los 10 puntos.

En la Tabla 2 se hace un ejercicio similar al de la Tabla 1, pero comparando el apoyo a partidos nacionalistas y no nacionalistas en función del tamaño del municipio. Así, mientras que el porcentaje de votos que las formaciones nacionalistas obtuvieron en municipios de menos de 50.000 habitantes roza el 80% en 2012 o 2015, en aquellos que tienen más de 50.000 habitantes su número de votos se queda cerca del 50% en las elecciones de 2010 y 2015. Distinta suerte corrieron las formaciones no nacionalistas, cuyo porcentaje de votos es notablemente superior en los municipios de más de 50.000 habitantes.

A la luz de este ejercicio habría quedado claro que el voto de los partidos que concurren a las elecciones catalanas no es uniforme, pese a que todos compiten en los mismos territorios. Esto, sumado a los efectos que genera el sistema electoral, es un sesgo partidista claro: en condiciones iguales, los partidos no obtienen lo mismo. Las últimas encuestas pronostican un resultado muy ajustado, en el que los cuatro partidos más votados (ERC, JxCat, Cs y PSC) podrían moverse en un margen de menos de dos puntos. Es precisamente por ello por lo que, de confirmarse ese escenario de gran igualdad, existiría la posibilidad de que por efecto del sistema electoral se produjesen resultados no monótonos, es decir, una situación en la que el orden de los partidos en función del número de votos sea diferente a su orden en cuanto al número de escaños que consiguen. En definitiva, el sistema electoral catalán premiará o castigará a los partidos en función de la localización de su voto.  

Autoría

1 Comentario

  1. Daniel Pacharan
    Daniel Pacharan 12-15-2017

    La division que s ehace entre partidos “nacionalistas” y “no nacionalistas” es mas que discutible. Tanto PSC como IC (y su derivada comuns) son partidos con una complejidad interna que no se puede reducir a esta variable, este modelo ignora toda la gama de matices que existen tanto en los partidos como entre sus votantes. Y por otro lado… perdón, pero defnir a PP y C’s como partidos no nacionalistas, bueno, debo enteder que el autor del artículo los define como internacionalistas proletarios?

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