¿Por qué tiene sentido que Weber sea el candidato del Partido Popular Europeo?

El Partido Popular Europeo (PPE) elegirá en noviembre en Finlandia a la persona que sucederá a Jean-Claude Juncker como candidato de este partido a presidente de la Comisión; si el PPE resultase de nuevo, como en 2014, vencedor de los comicios al Parlamento Europeo de mayo próximo, remplazaría igualmente al luxemburgués al frente de la Comisión Europea durante los cinco años siguientes. El Tratado no obliga a los partidos políticos a nombrar candidatos a presidir la Comisión, y es formalmente el Consejo Europeo quien elabora y remite al Parlamento la propuesta de presidente. Sin embargo, desde la reforma de Lisboa, en vigor desde diciembre de 2009, la Eurocámara es quien le elige por mayoría no ya de votos sino de sus miembros, teniendo en cuenta los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo.

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En un contexto de caída de la confianza en las instituciones europeas (de la Unión y nacionales) con la Gran Crisis, se consideró oportuno politizar y europeizar la campaña de los comicios a la Eurocámara a través del adelanto del nombre de los candidatos a presidir la Comisión Europea; así, se limitaba por encima de las exigencias del Tratado la capacidad de decisión sobre el nombre de este presidente que pudiera tener el Consejo Europeo con posterioridad a la celebración de las elecciones. El Parlamento Europeo había adoptado en 2012 una resolución que contenía esta recomendación a los partidos. De acuerdo con el nuevo sistema de los ‘Spitzenkandidaten’, en 2014 Jean-Claude Juncker (PPE), Martin Schulz (Partido Socialista Europeo), Guy Verhofstadt (liberales), Ska Keller (compartiendo con José Bové la candidatura del Partido Verde) y Alexis Tsipras (Izquierda), discutieron los programas de sus partidos en debates a cinco y presentaron sus propuestas en distintos medios de comunicación nacionales y en redes sociales.

De cara a las elecciones a la Eurocámara de 2019, Manfred Weber quiere cuatro cosas: 1) el atril de Juncker en la campaña de la próxima primavera; 2) dar continuidad al mecanismo de los ‘Spitzenkandidaten’, el cual no ha dejado de cuestionarse; 3) avanzar en la politización y europeización de los comicios al Parlamento Europeo; y 4) dar un pequeño empujón al proceso de ‘parlamentarización’ de la Unión. Todo esto, que hace cinco años nos habría parecido de una ambición desmesurada, hoy únicamente muestra las habilidades de un líder político más a escala europea.

En las distintas reformas de los tratados, sobre todo, desde la década de los 1990, se fueron dando pasos hacia una mayor intervención del Parlamento no sólo en la producción normativa, empoderamiento del que se habla con mayor frecuencia, sino también en la composición y control de la Comisión Europea. La configuración institucional de la Unión sigue siendo compleja, pero cada vez es más visible el armazón de fondo de un Ejecutivo conformado fundamentalmente por el Consejo Europeo -como jefe de Estado colectivo- y la Comisión Europea, y un Legislativo bicameral compuesto por el Consejo de Ministros (cámara de representación territorial) y el Parlamento Europeo.

En buena lógica, la quinta ambición de Manfred Weber [por dar ideas] sería poder conformar un colegio de comisarios igualmente acorde con el resultado de las elecciones a la Eurocámara. Para esto tendría que esperar a la reelección en 2024 y explicarlo desde mucho antes. Aunque los tiempos son otros, seguro que se recuerda que el primer presidente de la Comisión (1958-67), el también alemán Walter Hallstein, tuvo que enfrentarse a una crisis de la silla vacía o que ayudar a gestionar la pataleta de Charles de Gaulle causada por la visualización de la pérdida de derecho de veto; del francés y de los demás gobiernos.

Na ja, pues este análisis empieza y termina sin particular atención a la nacionalidad del candidato Manfred Weber ni a su eventual apoyo por parte de Angela Merkel. Para la política de la Unión, implicarían que el próximo presidente del Banco Central Europeo definitivamente no sería alemán, como llegó a especularse, y que la Unión Socialcristiana bávara (CSU) de Weber se habría anotado un punto de partido que la tranquilizaría. Hace tiempo que Alemania dejó de renunciar a una posición de liderazgo en la UE; a veces, como argumentó Ulrich Beck en Una Europa alemana, mal comprendida desde los demás estados miembros. Lo contrario, dada la extensión de las competencias de las instituciones de la Unión, lo mismo que para Francia, Italia o España, sería un sinsentido.

El propio discurso de presentación de Manfred Weber contiene todas las claves. El aspirante pretende recuperar para el PPE (y para el proyecto político europeo) cualquier espacio posible a su derecha tras la salida del Reino Unido de la Unión y, con ella, del Partido Conservador británico y del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) del Parlamento Europeo. Esto es, debilitar (más) a escala europea a los partidos euroescépticos. Asimismo, anticipa que nos va a recordar (a todos los europeos) lo mucho que tenemos en común, por qué los valores que compartimos importan, así como lo necesarios que somos, colectivamente, para ordenar la política global en nuestros días Que acierte en el cómo es cosa distinta.

Se está dirigiendo a nosotros (al conjunto de los ciudadanos de la Unión) no un ex político nacional de retirada de la vida política de su país, escogido por sus pares, los líderes de los estados miembros, para servir durante unos años como presidente de la Comisión; sino un político europeo, con credenciales de diestro negociador en uno de los grandes grupos de la Eurocámara, perfil alto dentro de su partido a escala europea y parlamentario a los 29 años. A los 46, quiere presidir la Comisión Europea; ¿de verdad son precisas más pistas?

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