Por qué los jóvenes reciben más que los mayores de la sociedad (pero no del Estado)

Las acusaciones dirigidas contra la generación de los baby boomers por acaparar demasiada riqueza y manejar demasiado poder gris en una época de gerontocracia se han vuelto un lugar común en toda Europa. En el centro de este debate se encuentra la cuestión de qué recursos se transmiten las diferentes generaciones entre sí -y qué es justo-.

Pero en un nuevo trabajo de investigación sobre transferencias intergeneracionales, los demógrafos Robert Gal, Lili Vargha y yo sostenemos que la visión de que las personas mayores reciben más que los jóvenes del conjunto de la sociedad es engañosa.

Las demandas de justicia intergeneracional a menudo se basan exclusivamente en el análisis de cuánto dinero público se gasta en las personas en diferentes etapas de sus vidas. Hay muchos datos disponibles sobre estas transferencias del Estado, lo que las hace fácilmente analizables. Pero al poner el foco en las transferencias públicas, los expertos suelen ignorar la enorme cantidad de recursos, de dinero y de tiempo, que las familias transfieren entre sus miembros pertenecientes a distintas generaciones.

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Una de las cosas que descubrimos es que cuando se incorpora al análisis la cantidad de tiempo y dinero que las personas en edad de trabajar transfieren a sus propios familiares, en realidad son los más jóvenes los que más reciben de la sociedad –pero sobre todo de sus padres, no del Estado-.

Se gasta mucho tiempo valioso dentro de las familias en el trabajo doméstico no remunerado, como por ejemplo criando a los hijos y cocinando y limpiando para ellos. Un tiempo que a menudo también se emplea cuidando de los abuelos o bisabuelos cuando se vuelven más frágiles.

En ese trabajo, analizamos tanto las políticas públicas de transferencias estatales como las transferencias familiares de tiempo y dinero a comienzos del siglo XXI en 10 países europeos, incluyendo Francia, Alemania, Italia, España, Finlandia, Suecia y el Reino Unido. Descubrimos que, en efecto, el gasto de los estados de Bienestar está sesgado hacia los mayores. El Estado destina significativamente más recursos per cápita a los mayores que a los jóvenes.

Pero una vez incorporamos también las transferencias familiares de tiempo y dinero, la imagen cambia completamente. En realidad, las sociedades europeas transfieren más del doble de recursos ‘per cápita’ a los niños que a las personas mayores en promedio. Dicho de otra forma: Europa es un continente de estados de Bienestar pro-ancianos, integrado en sociedades compuestas por familias fuertemente orientadas hacia los niños. España es un caso particularmente interesante a este respecto. Los niños españoles reciben hasta cuatro veces y media más recursos de la sociedad que los mayores. Pero esto se debe, de nuevo, a la generosidad del esfuerzo que realizan las familias, no el Estado. De hecho, el Estado de Bienestar español es el menos generoso tanto con los mayores como con los niños del conjunto de la muestra de nuestro estudio.

El tiempo es la clave

Las transferencias de tiempo neto de una generación a otra son más altas entre los recién nacidos. De forma bastante natural, los niños demandan la mayor cantidad de cuidado intensivo de tiempo. Durante su primer año de vida, los bebés europeos reciben en promedio más tiempo de cuidado per cápita que lo que una persona gana en la flor de su vida laboral. En otras palabras, los niños reciben en transferencias de tiempo de cuidado el equivalente a más de lo que un trabajador de entre 30 y 49 años percibe como salario en ese país.

Esas transferencias de tiempo disminuyen luego, pero siguen siendo sustanciales durante un largo periodo. Sólo en transferencias de tiempo, los niños de cinco años todavía reciben el equivalente a más de siete meses de salario medio del trabajador de entre 30 y 49 años. Los niños aún siguen recibiendo más de un tercio de ese salario a los 10 años, y más de un 20% a los 15. Los europeos sólo comienzan a dar tiempo, principalmente a los niños, a partir de los 25 años.   

Los mayores contribuyentes de tiempo neto los encontramos en la gente de entre 30 y 40 años. Ésta es la conocida hora punta de nuestra vida, cuando muchos adultos se encuentran al mismo tiempo en el punto más estresante de sus carreras y también llevan a cabo las tareas más pesadas de cuidado familiar. Los adultos en Europa siguen dando, en lugar de recibir, tiempo desde los 25 hasta los 79 años. Esto es un reflejo de las tareas domésticas, el cuidado a nuestros mayores y otras actividades de la vida social y civil que desarrollan los europeos de entre 60 y 70 años.  

La infancia dura hasta los 26

Cuando combinamos los tres tipos de transferencia intergeneracional -políticas públicas financiadas por impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social, y transferencias de tiempo y dinero de las familias-, podríamos calcular el saldo neto completo de todos los recursos recibidos en cualquier etapa de la vida.

En general, los niños desde que nacen hasta que cumplen los nueve años reciben el equivalente al sueldo medio de entre 12 y 17 meses en su país. Esto es más incluso que lo que recibe una persona de 90 años. Los jóvenes europeos siguen recibiendo más del 75% de este sueldo medio hasta que cumplen los 17 años, muy cerca ya de la edad oficial para votar.

Nuestra metodología nos permite definir etapas del ciclo de vida de acuerdo con lo que llamamos dependencia total neta de recursos, entendida como los recursos totales que las personas consumen menos sus contribuciones o aportaciones a la sociedad. Lo que descubrimos cuestiona fuertemente la idea convencional de que la infancia dura hasta los 18 años y la vejez comienza a los 65. Nuestro trabajo, al contrario, muestra que la infancia dura en promedio hasta los 25 años, mientras que la vejez comienza a los 60 de media en Europa, mientras que en España la infancia dura hasta los 26 y la vejez comienza a los 61.

La pregunta clave entonces es: ¿por qué los estados no tienen un rol más importante en ayudar a las familias a criar a los niños? Al fin y al cabo, los niños son bienes públicos. Sus futuros impuestos, innovaciones y demás contribuciones beneficiarán a toda la sociedad, incluso a quienes no sean padres.

Desde comienzos del siglo XXI, los políticos europeos han proclamado cada vez con mayor insistencia la inversión estatal en el capital humano como paradigma de la política social. El discurso de la UE sigue así enfatizando la importancia de la inversión social entre sus estados miembros.

Sin embargo, a pesar de la retórica política, la inversión real en los niños sigue siendo comparativamente pequeña en la mayor parte de la UE, excepto en los países escandinavos. En mi trabajo sobre la inversión en capital humano infantil, muestro que en la primera década del siglo XXI el gasto público medio en educación y cuidado de la primera infancia es solo un 0,6% del PIB en los estados occidentales de la UE y un 0,4% en los de la Europa del Este. Esto es un gasto muy pequeño si lo comparamos con lo que el Estado dedica a desempleo, pensiones o salud.

Recuerden que los niños son bienes públicos. En la medida en que, además de públicos, son cada vez más escasos en sociedades crecientemente envejecidas como las nuestras, existen más razones si cabe para aumentar la inversión en la formación de sus capacidades y capital humano.

Este artículo forma parte del proyecto Genera. Foro Intergeneracional de la Fundación Felipe González

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