¿Por qué la socialdemocracia decepciona cuando gobierna?

Del reformismo avanzado a la adaptación resignada

Desde los años ochenta del siglo pasado es perceptible un viraje “centrista” generalizado de los partidos socialdemócratas europeos al socaire de la hegemonía del conservadurismo liberal. La socialdemocracia ha perdido credibilidad ya que si alcanza el gobierno se adapta casi de inmediato a los requerimientos de los “mercados”  globalizados y mantiene en lo esencial políticas económicas gratas a la derecha de modo resignado y pasivo, asumiendo el célebre “TINA” (There is Not Alternative) acuñado en su día por Margaret Thatcher. En este sentido,, parece que la socialdemocracia ha renunciado a lo que fue su razón histórica de ser: redistribuir para disminuir las desigualdades sociales y regular el capitalismo con estrategias reformistas.

En tiempos de la “guerra fría” fue posible un vigoroso Estado del bienestar en casi toda Europa occidental por la existencia del bloque soviético, una concesión “provisional” de las grandes corporaciones empresariales y financieras durante los “treinta gloriosos” (1945-1975). Un modelo fuertemente intervencionista y muy asistencial que controló en buena medida los desequilibrios del mercado y redujo las desigualdades como nunca antes, según ha  puesto recientemente de relieve Thomas Piketty.

El declive del desarrollismo desde 1974 y el ascenso del neoliberalismo desde 1979 ( y su clamoroso triunfo en 1989 tras la caída del Muro de Berlín) acabarían afectando profundamente a la socialdemocracia que no ha sabido encontrar un nuevo espacio específico (Kitschelt, 1996). De un lado, el neoliberalismo ha reducido notablemente la capacidad de la socialdemocracia para mantener sus estrategias tradicionales, y de otro, lo más paradójico ha sido constatar la asombrosa asunción de las nuevas recetas dominantes por parte de aquella. Por tanto, la socialdemocracia claudicó ante el triunfo ideológico y material del neoliberalismo que se vio como un hecho objetivamente intocable. Este viraje ha conducido a la socialdemocracia a perder nada menos que cuatro elecciones europeas consecutivas ( 1999, 2004, 2009 y 2014) puesto que sus políticas de gestión resignada ( y apenas paliativas) han reducido su base social en un proceso que no deja de agravarse, sin que se haga nada para corregirlo (Bailey y otros, 2014).

La “tercera vía” (formalizada con Tony Blair y Gerhard Schröder) supuso aceptar la desregulación de los mercados y la subordinación de la redistribución, a la vez que optar por el crecimiento como única receta eventualmente correctora. A principios de los años ochenta, Felipe González y Laurent Fabius fueron los primeros artífices de esta línea cuando aún no se denominaba “tercera vía”, una estrategia que se generalizaría en la socialdemocracia en lo sucesivo. Se trató de hacer políticas económicas gratas a los “mercados”, con ciertos elementos asistenciales, un híbrido “socioliberal” que sólo funcionó en parte en tiempos de “vacas gordas”. Esta reorientación fue presentada como “modernización” ideológica, siendo de hecho una renuncia a toda política de reforma del capitalismo y de control  sobre el mismo. La “tercera vía” apostó por el recorte del gasto público social, la reducción de impuestos a las grandes fortunas, las liberalizaciones, las desregulaciones y las privatizaciones (las nacionalizaciones quedaron totalmente descartadas) , siendo la “competitividad” el gran mantra en detrimento de la igualdad.

Uno de los errores de la socialdemocracia europea fue el de creer que aquí se podría importar el modelo de los Estados Unidos de América, algo inviable en la Unión Europea (UE) por su tan diferente arquitectura institucional y competencial y por los límites estructurales del Banco Central Europeo.  Además, la paradoja es que los partidos socialdemócratas empezaron a tener un entendimiento mucho más fluido con empresarios y financieros que con los sindicatos, éstos últimos, por cierto, cada vez más débiles. Por todo ello, la “tercera vía” debe ser evaluada como un claro viraje derechista: desde los años noventa empíricamente se  ha comprobado un desplazamiento medio de los programas y las políticas socialdemócratas europeas de doce puntos hacia el centro (en algunos partidos el porcentaje de ese viraje fue aún mayor) (Przeworski/ Sánchez-Cuenca, 2012). 

La tan grave  crisis de 2008 y el serio aumento de las desigualdades debería haber empujado a la socialdemocracia hacia la izquierda y, sin embargo, no ha sido así ( más allá de leves reajustes simbólicos). Por tanto, se ha perdido una oportunidad única para relanzar políticas de cambio de rumbo que revirtieran la actual correlación de fuerzas tan favorable a los “mercados”.  Esto significa que la socialdemocracia ha sido incapaz de capitalizar a su favor la actual coyuntura, siendo el fracaso de François Hollande el paradigma más representativo al respecto.

Causas de la crisis socialdemócrata

Son varias las causas del actual impasse de los partidos socialdemócratas, unas objetivas y otras subjetivas (Urquizu, 2012). Entre las primeras, cabe destacar las siguientes: 1) el cambio de hegemonía del capitalismo industrial en favor del financiero especulativo ha implicado el fin del crecimiento continuo y la imposibilidad de aplicar políticas neokeynesianas a nivel nacional, con lo que la capacidad redistributiva interna es hoy menor que antaño; 2) los cambios en la estructura de las clases sociales con la pérdida de centralidad y cohesión de la vieja clase obrera industrial y la mayor diversificación sociolaboral. Esto significa que la socialdemocracia ha perdido en buena medida sus bases tradicionales de apoyo ( trabajadores industriales y empleados) ; 3) el actual proceso neoliberal de integración europea liderado por las derechas complica extraordinariamente opciones genuinamente socialdemócratas toda vez que la unión económica y monetaria en curso implica una muy seria restricción para políticas neokeynesianas. Es el actual sistema dominante en la UE el que dificulta estrategias de reformismo fuerte; 4) el Estado-Nación , aunque sigue siendo el principal marco político de referencia para los ciudadanos, tiene hoy una capacidad “soberana” más reducida que en el pasado y la crisis de las democracias nacionales está a la orden del día (retroceso de la party identification, aumento de la volatilidad electoral, desafiliación); 5) hay cambios culturales que también inciden en los problemas de la socialdemocracia (valores postmaterialistas, pulsiones participativas no convencionales, ausencia de claras identidades). De un lado, la derecha se aleja del centro y éste es ocupado en parte por la socialdemocracia que deja entonces a buena parte de la izquierda huérfana de representación (los partidos a su izquierda casi nunca consiguen rellenar ese espacio).

Entre las segundas, pueden señalarse estas: 1) la aceptación incondicional del actual rumbo de integración europea hace que la socialdemocracia haya asumido una UE cada vez más disfuncional en lo institucional y con serios y crecientes problemas de legitimidad social. La socialdemocracia es incapaz de invertir el actual proceso, pero lo más criticable es su completa sumisión fáctica  a los inflexibles imperativos de la “troika” ( aunque esta denominación se ha archivado, en la práctica las “recomendaciones” de sus instituciones siguen siendo obligatorias); 2) la calidad del liderazgo socialdemócrata ha empeorado en comparación con los “treinta gloriosos”, sobre todo por la generalización de la política de “puertas giratorias” que ha cooptado en empresas y círculos financieros a numerosos dirigentes socialdemócratas. Esto significa que la mentalidad pro-mercado y business friendly es mayoritaria en las élites socialdemócratas, de ahí que sus eventuales impulsos reformistas sean retóricos;  3)  aunque puede haber deficiencias en la comunicación (ésta es una típica explicación oficialista en el seno de esta familia ideológica), el problema no es de forma, sino de fondo. Lo esencial es que la socialdemocracia hoy no resulta atractiva y su oferta es vaga y poco visible.

La impotencia del tacticismo

Si  el único objetivo es ganar las elecciones, la “tercera vía” fue- de entrada- una buena opción, pero ¿ganar para hacer qué? El centrismo a ultranza con disolución de viejos referentes “obreristas” es cortoplacista puesto que, una vez en el gobierno, los socialdemócratas ceden ante los imperativos de los “mercados”, de ahí la decepción subsiguiente de muchos de sus votantes. Cuando la socialdemocracia está en la oposición parece rectificar y entonces recupera algunos valores y estrategias clásicos, pero si alcanza el gobierno todo eso se archiva de inmediato. En este sentido, los gobiernos socialdemócratas resultan frustrantes porque se adaptan del todo a las exigencias de la actual europeización liderada por la derecha y de la globalización neoliberal  (Paramio, 2012).

Intentar reeditar la “tercera vía” en tiempos de crisis es una pésima idea ya que con ello la socialdemocracia ni consigue penetrar con fuerza en sectores centristas ni mucho menos retener a sus bases tradicionales más escoradas  a la izquierda, de ahí la dispersión  y el retroceso de sus apoyos electorales. El centrismo es un factor muy coyuntural como estrategia y muy inestable, además de contraproducente en tiempos de crisis puesto que con ello la socialdemocracia pierde atractivo general.  De un lado, los electores centristas puros son muy volátiles, y de otro, es un error creer que las elecciones se ganan siempre en el centro, algo incluso menos plausible si no se consigue hacer antes el pleno de los “propios” (De Sio, 2011).

La socialdemocracia actual rehúye el conflicto social, idealiza la “estabilidad” y se aleja de los sindicatos y los movimientos sociales. Con ello, se produce una aproximación al mundo de los negocios de tal suerte que sus diferencias con la derecha son inapreciables y parece formar un todo indiferenciado con ella (el establishment) al servicio de los poderosos (Lavelle, 2008).

Si los gobiernos  socialdemócratas no pueden cambiar nada relevante, la democracia se formaliza puesto que da igual quién gobierne si ciertos intereses y líneas son intocables. La mera gestión managerial del neoliberalismo (con leves reajustes sociales paliativos) socava las bases socialdemócratas (lo que implica retrocesos electorales) y favorece objetivamente la irrupción de movimientos espontáneos de protesta al margen. Un Estado del bienestar residual no es alternativa deseable y es totalmente insuficiente aferrarse a la expansión de derechos civiles para diferenciarse de la derecha (aborto, matrimonios gais) si las políticas económicas van a ser continuistas.

Esta aceptación resignada del statu quo de la socialdemocracia hace que muchos sectores sociales desfavorecidos busquen otras opciones de protesta, hoy mayoritariamente lideradas por formaciones de la derecha radical populista en varios países europeos, con raras excepciones de izquierda (Grecia). Por tanto, contra más se desplace al centro en tiempos de crisis y austeridad a ultranza, menos posibilidades tendrá la socialdemocracia como opción mínimamente atractiva y no dejará de perder apoyos sociales.

¿Hay estrategias de futuro?

Ahora algunos partidos  socialdemócratas europeos reconocen que la austeridad no es la mejor receta para superar la crisis, pero los gobiernos que presidieron suscribieron todos los pactos de competitividad y estabilidad presididos por tal fórmula. Se empiezan a elaborar tímidas propuestas reguladoras y redistributivas, pero con escasa concreción y coordinación, lo que da pábulo a evaluarlas como mera táctica electoralista.

Si la socialdemocracia quiere recuperar credibilidad como opción defensora de los desfavorecidos debe cambiar de rumbo estratégico y, sobre todo, de modos de actuar desde el gobierno. Es cierto que la actual UE dificulta tal rectificación, aunque ello no debe llevar al repliegue nacionalista (como propugna la extrema derecha). Las claves son romper definitivamente con el neoliberalismo, apartarse pública y autocríticamente de la “tercera vía” e impulsar otras políticas desde el gobierno para atacar a fondo las causas de la actual crisis que están en el aumento de las desigualdades. Más exactamente, la socialdemocracia debe tomarse en serio la democracia, reforzar mucho más los vínculos supranacionales a nivel europeo (incluso con acuerdos ejecutivos mancomunados), conectar con los perdedores, atreverse a regular los mercados desde el gobierno e impulsar la redistribución.

Ahora bien, siendo hoy imposible un keynesianismo nacional un programa así sólo sería factible si fuera impulsado por una mayoría de gobiernos europeos a fin de revertir el actual rumbo, un escenario improbable a corto plazo, sobre todo por la hegemonía conservadora en Alemania, el motor económico de la UE.  En suma, la socialdemocracia europea debería mostrar voluntad real de cambiar de rumbo y capacidad decisoria para llevarlo a cabo desde el gobierno. Esto exige hoy una clara apuesta por la supranacionalidad, sin la que es imposible una revigorización de la socialdemocracia. Por tanto, para salir de la impotencia, tendría que tomarse en serio la opción de ser un verdadero europartido- hoy virtual-, con alta coordinación ejecutiva paneuropea y una inequívoca opción estratégica reguladora y redistributiva. Mientras el Partido de los Socialistas Europeos carezca de una más sólida articulación y visibilidad, al margen de un claro programa con medidas concretas en la línea apuntada, el futuro de los partidos socialdemócratas nacionales será cada vez más sombrío e incluso residual en muchos casos.

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