¿Por qué Donald Trump?

Las elecciones en los Estados Unidos concentraron una enorme atención a lo largo y ancho del mundo. Nada nuevo, ha sido así  siempre. Quien accediera al Despacho Oval nos incumbe por la trascendencia de su poder y su influencia en los demás países. Sin embargo, en esta ocasión la particularidad del debate y la de un candidato (el finalmente elegido, Donald Trump) ha suscitado una mayor atención.

Mucho se ha dicho sobre cómo un personaje tan pintoresco, extravagante, radical y odiado y amado en cuotas tan equivalentes se haya convertido finalmente en el 45º presidente de los Estados Unidos. Los politólogos han dedicado mucho tiempo y esfuerzo en tratar de explicar cómo esto ha sido posible apoyándose en argumentos de todo tipo, algunos sostenidos en interesantes estudios y consistentes análisis.

Sin embargo, dichos análisis sobre las razones del éxito de Trump no son tan recientes como podríamos imaginar. Por el contrario, son muy anteriores a la carrera electoral de 2016, incluso mucho antes de que presentara su candidatura. La polarización de la vida política en los Estados Unidos, de la cual Trump es digno hijo e incluso forjador, viene sucediendo desde hace ya algunas décadas. La existencia de un mayor distanciamiento entre los partidos, sus propuestas y sus mensajes no es algo que venga generándose en los últimos años, sino que profundiza sus raíces en periodos más lejanos de los que pudiéramos considerar.

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Así, y por ejemplo, en un trabajo realmente interesante, Michael Barber and Nolan McCarty  muestran que la polarización política en los Estados Unidos podría haberse iniciado durante los años 60, y ya antes de las elecciones que llevaron a Ronald Reagan a la Presidencia era considerado como un hecho más que evidente. Sin solución de continuidad, y desde entonces, la brecha que separa a ambos partidos no ha dejado de aumentar en cada llamada a las urnas de los estadounidenses.

Por esta razón, las teorías sobre las causas de la polarización política tienen una ya larga tradición en este país. No es extraño encontrar trabajos en los años 60 que tratan esta cuestión. No obstante, la constatación más reciente de que está alcanzando cotas jamás observadas ha impulsado de un modo innegable la cantidad de estudios, hipótesis y evidencias al respecto.

La principal pregunta que cualquier analista y académico desea responder cuando se enfrenta a este hecho es de dónde proviene y cómo se forja esta polarización de la política norteamericana. Concretamente: ¿proviene de un incremento en las diferencias sociales de los electores que se transmite hacia unas preferencias electorales más radicalizadas o, por el contrario, de la radicalización, esta vez, de las posturas defendidas por los distintos partidos y que incide sobre un electorado que debe optar por radicalizarse?

Respecto a la primera posibilidad, una posible explicación sería que la polarización de los votantes exija a los partidos distanciarse entre ellos, acentuar sus diferencias, hacerlas más evidentes. Los votantes ideologizados son más capaces, sienten mayores preferencias cuando eligen entre partidos que son más distantes en el espectro político; por ejemplo, derecha e izquierda. Así pues, podría estar ocurriendo que ciertos elementos ajenos a la política estén influyendo en el electorado de tal manera que éstos se estén ideologizando, obligando así a los partidos a hacerlo a su vez (van der Eijk et al., 2005; Lachat, 2008).

En cuanto a la segunda posibilidad, puede ocurrir que los partidos decidan polarizarse al pretender identificarse más claramente a los votantes. Esta mayor polarización partidaria, en particular a través de una identificación más agresiva con ciertos tipos de problemas que afectan a la población, puede influir asimismo desde arriba en la polarización del votante.

Al parecer, ha existido un cierto consenso de que son los partidos, más que los votantes, los que han causado parte de esta polarización. En particular, lo que la evidencia parece mostrar es que una parte no desdeñable del aumento de aquélla pudiera explicarse mediante un asimétrico efecto composición dentro de los propios partidos. Así, por ejemplo, de nuevo Michael Barber and Nolan McCarty observan que el avance del conservadurismo del partido republicano puede explicarse por una polarización en sus posiciones políticas tanto en los estados del norte como en el sur de los Estados Unidos. Sin embargo, en el partido demócrata parece avanzar y profundizar más en su ideología de izquierdas en los estados del sur, paradójicamente cuna del tradicional conservadurismo norteamericano, lo que podría venir explicado por la mayor relevancia racial, el mayor peso de los votantes de raza negra.

Unido a este efecto composición dentro de los propios partidos, Poole y Rosenthal (1996) y McCarty, Poole, y Rosenthal (1997) afirman que la disminución de la heterogeneidad ideológica en cuestiones clave como los derechos civiles, aborto, políticas económicas, armas, etcétera dentro de los mismos partidos ha llevado a éstos a distanciarse más entre ellos. Es decir, la reducción de las diferencias intra-partidos ha aumentado la distancia o diferencias entre-partidos.

En este sentido, muchos consideran que este distanciamiento entre los partidos republicano y demócrata ha facilitado el posicionamiento del electorado tanto ideológico como en preferencias de voto. A medida que se han distanciado los partidos, y se han aclarado sus divergencias internas, ciertos estudios señalan que ha habido, efectivamente, un ordenamiento más claro de los votantes sobre el espectro ideológico en el que los partidos se posicionan. Por lo tanto, una primera explicación sería que los partidos y sus preferencias y posiciones sobre los problemas prácticos y morales del país han facilitado al electorado tomar posiciones claras en cuanto al lugar ideológico en el que quieren situarse. Nunca antes estuvo tan relacionado identidad ideológica con voto efectivo (aquí y aquí).

Pero, ¿ha existido a su vez una mayor polarización del votante por razones ajenas a los partidos? Desde los años 60 existe evidencia de que los representantes de los ciudadanos en las diversas ediciones del Congreso y Senado de los EE.UU. están más polarizados que los votantes que los eligen. Esto puede tener sentido dada la existencia de una cierta auto-selección de los propios representantes. Si éstos destacan entre sus iguales es porque sus ideas y valores sociales, éticos y políticos los tienen más depurados e intensos hasta tal punto que consideran de utilidad su participación en la vida política. Lo que se está argumentando no es, pues, si ha existido sólo un aumento en la polarización de estos políticos y de sus valores declarados, sino si lo acaecido es más coherente con la reducción de la brecha entre el votante y su representante previamente polarizado, motivado por elementos ajenos a la propia política.

Recientemente, David Autor, David Dorn, Gordon Hanson y Kaveh Majlesi han publicado un trabajo donde muestran los efectos que, sobre la polarización política, ha podido tener la globalización económica en los Estados Unidos. Estos autores encuentran que en los distritos donde es intenso el efecto de las importaciones chinas sobre la economía local, los representantes moderados casi han desaparecido. Es más, en aquellos distritos donde la mayoría racial es blanca, la tendencia ha sido sustituir a anteriores representantes por otros mucho más conservadores dentro del partido republicano. Por el contrario, el efecto de la globalización en los distritos con mayoría racial no blanca han buscado sus sustitutos entre candidatos más ligados a posiciones liberal-demócratas. No sólo es, pues, importante dónde vives para explicar el sentido de tu voto, sino además las consecuencias de los cambios económicos recientes en las zonas donde vives.

Pero es que incluso no sólo la globalización puede explicar la polarización de un electorado y la eliminación de la brecha que lo separa con unos representantes cada vez más distanciados unos de otros. Por ejemplo, en las actuales presidenciales muchos análisis se han centrado en entender cómo un candidato como Donald Trump ha podido llegar tan lejos. Uno de Gallup muestra cómo existen ciertos grupos poblacionales homogéneos donde el apoyo a Trump es significativamente elevado: en particular, los tenedores de hipotecas, en especial aquellos para los que el peso de los gastos en intereses son elevados si se comparan con sus ingresos.

Es evidente, por tanto, que puede existir una importante influencia entre lo que podríamos llamar el estrés económico, ejemplificado en este post por la globalización y su influencia en las economías locales o por los elevados costes financieros de las hipotecas, y la polarización del votante. Esta polarización parece finalmente encuadrar mejor con una polarización de partidos que no es reciente, pero que sí parece encontrar más acomodo actual en un votante cuya confrontación económica se está traduciendo, a través de sus preferencias, en una mayor confrontación política. El resultado: Trump en la Casa Blanca.

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